Las elecciones de este domingo en Brasil, en las que el mandatario Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro se disputan uno de los comicios más apretados de la historia del gigante sudamericano, son muy importantes para el Frente Amplio. Cruciales, podría decirse, porque está en juego la continuidad o no del proyecto progresista del líder del Partido de los Trabajadores, fuerza política con la que la coalición de izquierda tiene un vínculo estrecho —intercambian información y cooperan, de un modo u otro, en los procesos electorales de cada uno—. Y porque el gobierno de Yamandú Orsi ve en Lula, inexorablemente, uno de los pocos socios políticos —el único importante, quitando a la mexicana Claudia Sheinbaum— que les van quedando en la región.
Dirigentes de primera línea del Frente Amplio no han escatimado adjetivos al momento de describir la relevancia de esta elección, y los comités de base que funcionan en las fronteras atraviesan horas de trabajo intenso que continuarán durante este fin de semana, señalaron a El País fuentes del partido de gobierno.
"Uruguay necesita una región con estabilidad política y democrática, independientemente del signo político. Lo que representa Bolsonaro es un tipo de proyecto político que es de romper todo, porque en realidad hoy no tenemos claro cuál es el modelo que Bolsonaro le plantea a Brasil", reflexionó al respecto la senadora del MPP Bettiana Díaz el pasado lunes, entrevistada por En Clave País.
A lo que alude Díaz —que resaltó que tampoco significa que el oficialismo analice con "tremendismo" el escenario adverso que parece ir configurándose— es, también, de alguna manera, parte de los temores que hay desde hace días tanto en la Torre Ejecutiva como en el Palacio Santos. Es que han visto con moderada preocupación las referencias del propio Bolsonaro a la visión que tiene sobre el Mercosur y una eventual salida de Brasil, algo sobre lo cual fue consultado el canciller Mario Lubetkin por el diario brasileño Folha de S.Paulo el pasado 12 de octubre —y en donde el ministro respondió que esperaba que Bolsonaro se diera "cuenta" de lo "impracticables" que son las "declaraciones" de ese tenor que suelen hacerse en campaña electoral.
No obstante, y como indicó El País horas después de conocida la primera vuelta brasileña —en la que el hijo de Jair Bolsonaro dio el batacazo y se impuso al mandatario por casi dos puntos porcentuales—, tampoco hay desazón en el equipo de Orsi, ni mucho menos, ante la posibilidad de que este domingo se dé una ratificación del candidato liberal —que, por otra parte, es lo que esperan que suceda en la Cancillería, más allá de la "sorpresa" por la "remontada" que Lula mostró en esta última semana, de acuerdo a las mismas consultoras que fallaron en sus mediciones 20 días atrás.
Está claro que la preferencia en el gobierno de Orsi es que Lula —con el que conversó por última vez hace un mes, en Nueva York, en una de las reuniones más importantes que mantuvo el presidente uruguayo durante su participación en la Asamblea General de ONU— logre su cuarto mandato y Uruguay pueda seguir reforzando un vínculo de evidente armonía personal e ideológica con una figura que, ya lo ha demostrado, busca además construir un liderazgo regional y mundial, y de oposición a la política exterior del estadounidense Donald Trump.
Pero de no ocurrir eso y confirmarse la victoria de Bolsonaro, la idea que circula por estas horas en el Ejecutivo es la de asumir, sin resignación y con pragmatismo, la necesidad de volver a "construir agenda" con el país más grande de Latinoamérica y socio comercial clave de Uruguay, al igual que Orsi y Lubetkin vienen haciéndolo —en varios casos mediante encuentros bilaterales— con los otros mandatarios identificados con la derecha política que se han ido imponiendo en los distintos países del continente en las últimas elecciones.
“Cualquiera sea el resultado, Uruguay tiene que tener la mejor relación con ese gigante que es más que un país, es casi un continente”, se limitó a decir Orsi en la tarde de este viernes.
Sin polarización
A todo esto, en el gobierno tampoco se tiene la percepción de enfrentar un drama si el bolsonarismo recupera el poder de Brasil, en la medida en que no se observan fenómenos de "polarización" entre los líderes de los distintos países de signo liberal o progresista. Lo que está predominando, observan, es la vocación de integración o "asociación" sobre diversos temas que competen al continente, como por ejemplo la inseguridad o el avance del crimen organizado. Lo que no hay es un escenario de confrontación o cruces mediáticos como era habitual, por ejemplo, cuando Gustavo Petro estaba Colombia o Gabriel Boric en Chile.
"Si en estos 10 meses de cambios electorales no se ha visto una polarización con Uruguay y México, ambos progresistas, ¿por qué debería haberla si gana Bolsonaro?", se preguntó un integrante del Ejecutivo.