El Papa tenía una noticia personal. Y decidió darla él mismo. El 11 de octubre, al terminar el Ángelus, León XIV anunció que le habían detectado un nódulo en el pulmón y que iba a operarse. Después, la Iglesia informó sobre su recuperación y su agenda. El día 26, la Santa Sede confirmó su viaje a Uruguay, Argentina y Perú.
La voz personal y la comunicación institucional cumplieron funciones diferentes. Esa distinción importa también en una empresa: un fundador se separa o un conflicto familiar llega al directorio. Son situaciones del ámbito privado, pero sus consecuencias pueden alcanzar a otros.
Cuando algo personal afecta la conducción, mi primera pregunta es qué cambia para quienes dependen de las decisiones del líder: quién queda a cargo durante una ausencia, cómo se resolverá un conflicto entre socios.
En enero de 2019, Jeff Bezos y MacKenzie Scott anunciaron su divorcio. Meses después, el acuerdo precisó el reparto de sus acciones de Amazon y los derechos de voto.
Los motivos de la ruptura pertenecían a la pareja. Sus consecuencias para la propiedad tenían relevancia empresarial.
En una crisis, esa diferencia se desdibuja: se discute cuánto revelar del fundador mientras no se explica cómo funcionará la empresa el lunes.
La confianza necesita claridad sobre las consecuencias. La curiosidad pide los detalles.
La elección de contar
Una investigación de 2022, en la que participó Leslie K. John, de Harvard Business School, encontró que revelar debilidades personales podía aumentar la autenticidad percibida del líder y el deseo de trabajar con él cuando la revelación era voluntaria, en comparación a cuando era exigida.
El estudio no abarcó todas las formas de intimidad. Mi lectura es que compartir algo personal puede acercar; exigirlo es otra cosa.
Hay decisiones de exposición que responden a un propósito. En 2014, Tim Cook, CEO de Apple, hizo pública su orientación sexual en Bloomberg Businessweek. Explicó que había sopesado su privacidad frente a la posibilidad de ayudar a otros.
No debía una explicación para ejercer el cargo, sino que eligió usar su visibilidad con ese propósito. Exigírselo a todos sería quitarle a ese gesto lo que le daba sentido: la libertad de hacerlo.
Ante una situación personal, el líder tiene derecho a cerrar la puerta a su intimidad.
La chacra y la vida cotidiana de José Mujica formaron parte de su imagen pública. En enero de 2025, al contar al semanario Búsqueda que su enfermedad había avanzado, pidió que dejaran de solicitarle entrevistas. «El guerrero tiene derecho a su descanso», dijo.
Contó lo que le pasaba y marcó hasta dónde quería hablar. La cercanía no convierte a las personas ni a sus familias en contenido disponible para siempre.
Qué dejar resuelto
Si nadie puede decidir cuando falta el fundador, el problema está en cómo se gobierna la empresa. La preparación empieza en la calma, entre el líder y el directorio o los socios. Hay cuatro definiciones que conviene acordar:
1. Qué activa el protocolo. Las consecuencias para la empresa: una ausencia prolongada, un conflicto entre socios o un cambio de control.
2. Quién decide y quién habla. Un reemplazo para la toma de decisiones, voceros definidos y mensajes consistentes. La persona comparte lo personal si quiere; la empresa explica cómo sigue funcionando.
3. A quién se informa y cuándo. Identificar quién necesita actuar y coordinar la comunicación con equipos, socios, clientes y proveedores, contemplando las obligaciones de información que correspondan.
4. Qué se dice. Lo confirmado, lo que todavía no se sabe y cuándo habrá novedades. Un «todavía no lo sabemos» puede sostenerse. Un «está todo bien» usado para ganar tiempo compromete la credibilidad del próximo mensaje.
A quién lidera le corresponde explicar lo que afecta a la organización. A quienes lo escuchamos nos corresponde aceptar que habrá cosas que no nos cuente.
La confianza también se mide ahí: ¿podemos seguir confiando en alguien que decide reservarse una parte de su vida?
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