Hay quienes corren, quienes meditan y quienes encuentran concentración absoluta caminando por la playa con un detector de metales en mano. En esos momentos, personas como José Luis Regueiro y Alexander Dos Santos entran en lo que el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi definió como “estado de flujo”: una inmersión total en una actividad capaz de hacer desaparecer la noción del tiempo. Más que un hobby, el detectorismo de metales se convirtió para ambos en una pasión.
“Hace salir al niño interior que todos tenemos”, afirmó Regueiro, que comenzó a practicar esta actividad para pasar más tiempo al aire libre y mejorar su deficiencia crónica de vitamina D. En el caso de Dos Santos, la búsqueda de objetos ocultos le permitió canalizar su curiosidad y su gusto por la exploración.
Meditación en movimiento
No fue un amor a primera vista; al menos, para Regueiro. En su primera salida pasó horas buscando sin éxito y apenas encontró una moneda. “Dije: ‘Esto no sirve para nada, no encuentro nada, no sirvo para esto’”, contó. Frustrado, dejó el detector archivado durante meses en un rincón de su casa, hasta que un día lo vio y decidió darle una segunda oportunidad. Esta vez leyó el manual, aprendió a usar correctamente el aparato y comenzó a obtener resultados. Entre los primeros hallazgos que realmente lo entusiasmaron destacó las chapitas identificatorias de perros, que luego pudo devolver a sus dueños. “Es como un servicio a la comunidad”, afirmó.
Tanto él como Dos Santos señalaron que para empezar solo se necesita contar con un detector de metales. Sin embargo, hay accesorios que complementan y, en muchos casos, facilitan la actividad, como una pala para escarbar o un pinpointer (mini detector de metales), que localiza con extrema precisión la ubicación de un objeto metálico enterrado una vez que el detector principal dio la señal inicial de que el objetivo está cerca. También vienen bien un par de guantes, curitas y desinfectante.
En cada salida, Regueiro suele estar dos o tres horas detectando metales, aunque ha llegado a estar hasta ocho horas de corrido en ocasiones particulares. Disfruta del paisaje, conoce nuevos rincones de la ciudad y, sobre todo, camina: “Hacés ejercicio sin darte cuenta, sin cansarte ni aburrirte”.
Por su parte, Dos Santos contó que, cuando sale entre semana, detecta metales desde que llega del trabajo hasta que anochece, pero los domingos, si el clima acompaña, puede pasar casi todo el día disfrutando de esta actividad. “Te ayuda a despejarte. Salís, te desconectás y te conectás en tu mundo”, afirmó.
Regueiro estuvo de acuerdo: “Estás muy focalizado y te olvidás de tus problemas. Son muchas horas de poner la mente en blanco; quedás muy descansado”.
Metales que cuentan historias
El “gran enemigo” de los detectoristas —dijo Regueiro— es el aluminio. Está en todo: latas de cerveza, tapones de rosca, moldes desechables, etcétera. Por eso, lo que más se encuentra cuando uno sale a detectar metales es basura. Lo otro común son las monedas, actuales o antiguas.
Según Dos Santos, lo más extraño que encontró hasta el momento fue una moneda china, en un parque. Investigó y descubrió que tiene por lo menos 150 años de antigüedad: “Son esas cosas que pensás qué locura, cómo pudo llegar hasta ahí”. Es eso —desenterrar un pedacito de historia impregnado en un trozo de metal— lo que más le satisface de esta actividad.
En cuanto a Regueiro, ha encontrado balas —usadas y sin usar—, relojes —algunos, incluso, funcionando—, un cuchillo con incrustaciones de ágata y hasta un bolso impermeable repleto de latas de sardinas y de atún, sal negra líquida, aceite de oliva en spray y otros productos alimenticios vencidos hace más de cinco años. Muchas veces halla objetos que no sabe qué son, y entonces la afición se convierte en un verdadero recurso didáctico: “Te hace investigar y aprender; es una herramienta muy valiosa también para los niños”.
Ética detectorista
Para Regueiro, detectar metales también implica asumir ciertas responsabilidades. La primera regla —explicó— es dejar cada lugar igual o mejor de como estaba antes de llegar. Eso incluye tapar todos los pozos que se hagan, especialmente en la playa, donde podrían representar un peligro para quienes corren o caminan de noche. Además, suele recoger la basura metálica que encuentra, desde latas afiladas hasta anzuelos oxidados. “Terminás dejando el lugar más limpio que cuando llegaste”, señaló.
Otra regla fundamental tiene que ver con los objetos identificables. “Cuando encontrás algo que tiene nombre o podés ubicar al propietario, no te lo podés quedar porque no es tuyo. No importa si es un maletín con un millón de dólares”, sostuvo. Y recordó un hallazgo que lo marcó especialmente.
Una noche, mientras detectaba metales en la playa de Carrasco, encontró un pesado anillo de oro. Al observarlo con detenimiento, descubrió que tenía grabados el nombre completo de su dueño y la fecha de graduación de una universidad estadounidense. Después de meses de búsqueda y varios intentos frustrados para contactarlo, finalmente logró localizar al propietario: un hombre residente en Estados Unidos.
Regueiro creyó inicialmente que el anillo se había perdido hacía poco tiempo, ya que el oro conservaba un aspecto impecable. Sin embargo, el dueño le reveló que lo había extraviado en 1981. El detectorista lo había encontrado más de cuatro décadas después.
Tras coordinar la entrega con allegados del hombre en Uruguay, ambos pudieron encontrarse personalmente meses más tarde. Aunque el propietario le ofreció una recompensa, Regueiro decidió no aceptarla. “Me quedé contento porque él mismo dijo que ahora se lo regalará a sus hijos como herencia”, recordó.
Así, quienes practican detectorismo insisten en que el verdadero tesoro es pasar unas horas de atención plena, movimiento al aire libre y desconexión de las preocupaciones cotidianas.
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