Controlar la presión arterial no depende solo de los medicamentos. En la vida cotidiana, lo que se toma y come a lo largo del día puede jugar a favor o en contra del tratamiento. Para las personas con hipertensión, ciertos líquidos actúan como disparadores silenciosos que dificultan la estabilidad de los valores y aumentan el riesgo cardiovascular con el paso del tiempo.
Por ese motivo, organismos médicos internacionales y sociedades científicas insisten en revisar la hidratación como parte del abordaje integral de esta enfermedad crónica. No se trata únicamente de cuánto se bebe, sino de qué tipo de bebidas se eligen de manera habitual.
Alcohol: un enemigo frecuente del control tensional
El alcohol es una de las sustancias más problemáticas para quienes tienen presión alta. De acuerdo con el sitio especializado Medical News Today, su consumo excesivo se asocia con mayor riesgo de enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares.
Aunque puede producir una baja transitoria de la presión al relajar los vasos sanguíneos, ese efecto es engañoso: luego de un tiempo, los valores tienden a subir por encima del nivel inicial. Además, el alcohol aporta calorías sin valor nutricional, favorece el aumento de peso y puede provocar deshidratación.
Este último punto resulta especialmente relevante en adultos mayores. El National Council on Aging advierte que, con la edad, la sensación de sed se atenúa, lo que incrementa el riesgo de deshidratación y sobrecarga del sistema circulatorio. Por estas razones, los especialistas recomiendan evitar cervezas, licores y cócteles.
Cafeína: no prohibida, pero sí bajo control
La cafeína puede provocar un aumento inmediato de la presión arterial. Según la British Heart Foundation, este efecto suele ser pasajero y se atenúa cuando el consumo es moderado o se reduce de forma sostenida.
No obstante, cada organismo responde de manera diferente, por lo que se aconseja consultar con un profesional de la salud para establecer una cantidad segura. Además, la cafeína no está solo en el café o el té: también aparece en bebidas energéticas, refrescos tipo cola y chocolate, productos que pueden generar picos innecesarios de tensión.
Bebidas azucaradas: impacto directo en el corazón
Las bebidas con alto contenido de azúcar representan otro factor de riesgo. El consumo frecuente de refrescos, jugos industrializados y tés embotellados se asocia con aumento de peso, inflamación y mayor rigidez arterial.
El portal de salud Vimec señala que una dieta rica en azúcares simples puede elevar la presión sistólica y favorecer la resistencia a la insulina. De hecho, una ingesta elevada de azúcar se vincula con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, incluso en personas sin diagnóstico previo.
Sustituir estas opciones por agua es una de las medidas más simples y efectivas. Las infusiones sin endulzar y los jugos naturales, consumidos con moderación, también pueden formar parte de una hidratación saludable.
Hábitos que acompañan el tratamiento de la presión alta
Más allá de evitar ciertas bebidas, el control de la hipertensión requiere un enfoque integral. La actividad física regular, el mantenimiento de un peso adecuado y una alimentación equilibrada son pilares fundamentales del tratamiento.
En este sentido, la dieta DASH se destaca como uno de los planes alimentarios más recomendados. Este esquema propone reducir el sodio diario —idealmente por debajo de los 2.300 mg— y priorizar alimentos naturalmente bajos en sal.
Frutas, verduras, granos integrales, lácteos bajos en grasa, carnes magras y fuentes vegetales de proteína como lentejas, nueces, quinoa y tofu forman la base de esta alimentación. Gracias a su aporte de fibra, antioxidantes y grasas saludables, estos alimentos ayudan a disminuir la retención de líquidos y favorecen la estabilidad de la presión arterial a largo plazo.
Con base en La Nación/GDA
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