El mes pasado, en Dubái, 50 docentes de todo el mundo fueron distinguidos como referentes globales de la educación en el marco del Global Teacher Prize, uno de los reconocimientos más importantes del sector. Entre ellos estuvo el docente y abogado uruguayo Pablo Mollo, especializado en derechos de niños, niñas y adolescentes y con experiencia en contextos vulnerables. “Están transformando vidas a través de la educación”, afirmó la Fundación Varkey, responsable del premio.
La selección de Mollo —entre más de cinco mil postulaciones— se basó en el proyecto que desarrolla en el Club de Niños Los Alfareros, un centro de educación no formal en convenio con INAU al que asisten niños y niñas de entre 5 y 12 años. Allí se desempeña como maestro coordinador, un rol que, según explicó, “funciona como la figura del director”. Tras su paso por Dubái, regresó a Uruguay entusiasmado, con nuevas herramientas y proyectos en mente.
— ¿Por qué es importante para vos tu trabajo en el Club de Niños Los Alfareros?
— Primero, porque me conecta con mi historia; con la resiliencia que siempre tuve, que viene de mis padres y que tiene que ver con salir a trabajar, estar al día, ayudar a otros. Segundo, porque veo cambios reales y siento que tengo una sensibilidad que me permite enaltecer a las familias en lugar de cosificarlas, e impulsarlas a que logren sus metas. Es un trabajo que me invita al desafío de romper con la vulneración de derechos.
— ¿De qué manera?
— Mediante proyectos como el que me llevó a Dubái y también a través de la interacción diaria. Veo que los niños toman más conciencia de sus derechos y de si alguno de esos derechos está siendo vulnerado para empezar a comunicarlo. Esto lleva a algo muy lindo que es romper con la naturalización; es decir, muchas veces no es que los niños no conozcan sus derechos, sino que las prácticas de vulneración se encuentran naturalizadas por generaciones. Violencia física o psicológica, temas de higiene… Son cuestiones que se arrastran de generación en generación y espacios como el club rompen con eso. Ahí empieza el abordaje y el trabajo con la familia; no desde el choque, la acusación o la marginación, sino desde el acompañamiento, desde entender que esos adultos también fueron niños que naturalizaron vulneraciones. Trabajamos mucho para romper esos patrones en los hogares y promover prácticas más saludables.
— ¿Y en la práctica eso se logra?
— Sí, mucho. Es un desafío, pero los cambios son magníficos. A veces los adultos de la familia necesitan revisar su propia niñez y reflexionar sobre cómo fueron sus prácticas educativas y cómo se cuidaron o no sus derechos. Cuando eso ocurre, se logra problematizar lo que está naturalizado.
— ¿De qué se trata el proyecto que te llevó a estar entre los 50 mejores del Global Teacher Prize?
— Se llama ‘Aprender desde lo que somos’. Tanto en el club como en la escuela muchas veces quería enseñarles a los chicos sobre sus derechos, pero ellos no se interesaban o terminaban viéndolos como una lista de conceptos, sin realmente internalizarlos. Entonces, mientras cursaba la Maestría en Diseño de Ambientes de Aprendizaje e Innovación Educativa en la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC), aprendí sobre los fondos de identidad, el conjunto de recursos culturales, experiencias, aficiones y prácticas que los estudiantes acumulan en sus entornos familiares y comunitarios y que sirven como puente para conectar con ellos de forma más profunda. Muchas veces se subestima el conocimiento real que los niños y niñas tienen sobre ciertas cuestiones, pero con el fondo de identidad se hace hincapié en aspectos que conocen de forma innata y que los hace ser quienes son.
Hice una investigación y me di cuenta de que un componente muy arraigado en la comunidad era el fútbol —algo que sucede también a nivel nacional—, así que me propuse trabajar los derechos desde esa mirada. Los chicos construyeron jabones para futbolistas y aprendieron sobre higiene, trabajaron sobre alimentación y nutrición e incluso debatieron acerca de temas como la violencia física, trabajando con situaciones que suceden en los estadios. Fue maravilloso como niños de cinco o seis años traían datos precisos de fechas, jugadores, copas… Un conocimiento que realmente empezó a movilizarlos y que hizo que el aprendizaje fluyera. Era como hablar un mismo idioma.
A partir de este proyecto, cada vez más niños y niñas comenzaron a explicitar vulneraciones de derechos: que en casa pasaba tal cosa, que en baby fútbol pasaba otra. Por un lado, fue un desafío porque se requirió más trabajo, pero, por otro lado, mostraba que ellos habían interiorizado verdaderamente cuáles son sus derechos. Y creció tanto que me llevó a ser finalista del Premio ReachingU al docente uruguayo 2025 y me dio la oportunidad de quedar entre los 50 mejores del Global Teacher Prize y viajar a Dubái.
— ¿Cómo fue para vos obtener estos reconocimientos?
— Quedar entre los cinco finalistas del Premio ReachingU fue muy lindo porque el proyecto se presentó en la Torre de las Telecomunicaciones y nos acompañaron las familias y los niños. Estar todos involucrados en el auditorio fue una manera de reconocer y empoderar a la comunidad. Y esto va más allá de mí: el equipo del club es magnífico. El proyecto es mínimo al lado de lo que hacen los educadores día a día.
En cuanto al Global Teacher Prize, fue una experiencia emocionante y de una magnitud difícil de imaginar. Fui el único uruguayo que quedó entre los 50 seleccionados y pude ir a Dubái a participar de talleres y conocer escuelas con grandes avances tecnológicos. Pero, más allá del lugar, fue maravilloso encontrarme con tantos docentes de todo el mundo y descubrir sus proyectos y desafíos.
— ¿Cuáles fueron los principales aprendizajes?
— Eso: conocer otras realidades. Hice una amistad cercana con el representante de Ucrania —él con un perfil más tecnológico— y estamos craneando un proyecto para el abordaje de los derechos en el que participarán sus estudiantes y los míos, a distancia. También aprendí mucho del manejo tecnológico; no como fusión, sino como complemento. Eso me llevó a idear otro proyecto vinculado a la robótica, la inteligencia artificial y los derechos, vinculado a la sustentabilidad de materiales accesibles.
— En Instagram escribiste que el futuro de la educación no es solo innovación tecnológica, sino humanidad, ciencia y propósito. ¿Qué significa eso?
— Como docentes, sobre todo en países latinoamericanos, tenemos muy arraigada la idea de que lo tradicional es mejor. Siempre fui de creer eso. Y en parte es así: el cara a cara, el lenguaje corporal, ver a los estudiantes en su cotidianeidad es extremadamente importante. En el club hicimos un sondeo con consentimiento de adolescentes y niños que nos mostraban que tenían más de 15 horas diarias de actividad en el celular. Claramente hay un mal uso del medio tecnológico. Pero lo que aprendí es que si utilizamos la tecnología como un complemento, puede ser una herramienta más y de gran significado para los proyectos educativos. El híbrido y el buen uso son unas de las cosas que más me traigo de la experiencia.
Promover el desarrollo y brindar recursos
El Club de Niños Los Alfareros es un centro de educación no formal que funciona en convenio con INAU. Se encuentra en Solymar, Ciudad de la Costa, y abre de lunes a viernes de 12:30 a 16:30 horas. Gestionado por la Asociación Civil Nuestra Señora de Guadalupe, su misión es contribuir a mejorar la calidad de vida de niños y niñas en situación de vulnerabilidad y riesgo social, incentivando el desarrollo social, cultural y educativo, y dándoles los elementos necesarios para la cohesión social y la participación. A su vez, el club busca promover la confraternidad con la comunidad y la articulación de los recursos de la zona para brindar respuestas necesarias.