Pasar un día entero sin comer es una práctica que ganó popularidad dentro de los distintos métodos de ayuno intermitente. Aunque suele asociarse con pérdida de peso o “desintoxicación”, sus efectos en el cuerpo son más complejos y comienzan a producirse pocas horas después de dejar de ingerir alimentos.
Durante un ayuno de 24 horas, el organismo atraviesa una serie de cambios metabólicos para seguir funcionando sin recibir energía externa. Primero utiliza la glucosa disponible en sangre y, cuando esta empieza a agotarse, recurre a las reservas almacenadas en el hígado. Más adelante, comienza a usar grasa como combustible para sostener sus funciones básicas.
Este cambio en la fuente de energía es uno de los motivos por los que el ayuno intermitente despertó interés en el ámbito científico. Algunas investigaciones sugieren que puede contribuir al control del peso y mejorar ciertos indicadores metabólicos, como la sensibilidad a la insulina, especialmente cuando se combina con hábitos saludables y supervisión adecuada.
Sin embargo, los especialistas aclaran que no se trata de una estrategia universal ni libre de riesgos. El impacto varía según la edad, el estado nutricional y la salud general de cada persona.
En las primeras horas sin alimentos, el organismo sigue funcionando con relativa normalidad gracias a la glucosa circulante. A medida que pasa el tiempo, entra en una especie de “modo ahorro”, priorizando la energía para órganos vitales y reduciendo procesos menos urgentes. Ese ajuste explica por qué algunas personas experimentan cansancio o debilidad, dolor de cabeza, dificultad para concentrarse y mareos o irritabilidad.
Con el avance del ayuno, el cuerpo aumenta la utilización de ácidos grasos como fuente energética. Se trata de un mecanismo natural de supervivencia que permite mantener la actividad incluso sin ingesta de comida.
Diversos estudios sobre ayuno intermitente encontraron asociaciones con:
- reducción del tejido graso;
- mejoras en algunos marcadores metabólicos;
- mayor sensibilidad a la insulina.
Aun así, los expertos remarcan que estos efectos no aparecen igual en todas las personas y dependen del contexto general de salud, la alimentación habitual y el estilo de vida. Además, ayunar durante 24 horas no necesariamente implica un beneficio automático. En ciertos casos puede generar más estrés físico que ventajas reales, sobre todo si se realiza con frecuencia o sin orientación profesional.
Quienes deciden realizar este tipo de ayuno suelen recibir algunas recomendaciones básicas: mantenerse hidratados con agua o bebidas sin calorías; evitar entrenamientos intensos durante ese día; elegir jornadas de menor exigencia física o mental; retomar la alimentación de forma gradual y con comidas livianas. También se aconseja prestar atención a las señales del cuerpo y suspender el ayuno si aparecen síntomas importantes.
Los especialistas desaconsejan este tipo de prácticas en personas con diabetes, embarazadas, personas con antecedentes de trastornos alimentarios e individuos con determinadas condiciones médicas o bajo peso. En estos casos, dejar de comer durante períodos prolongados puede alterar el equilibrio del organismo y aumentar riesgos para la salud.
Más allá de la tendencia, el ayuno de 24 horas representa una situación de adaptación metabólica en la que el cuerpo cambia progresivamente la manera en que obtiene energía. Aunque puede tener algunos efectos positivos en contextos específicos, no reemplaza una alimentación equilibrada ni funciona igual para todos.
Con base en El Tiempo/GDA