El desamor puede sentirse como una experiencia profundamente personal, casi única. Sin embargo, el arte y la mitología llevan siglos mostrando que es, en realidad, una vivencia universal. “Sea lo que sea que te ha pasado, hay algún artista que lo ha pintado”, afirma el experto en arte y salud mental Pablo Ortiz de Zárate, quien propone mirar hacia la historia del arte para comprender mejor las emociones.
En una de sus conferencias en el ciclo BBVA Aprendemos Juntos, el especialista recurre a una obra clásica para reflexionar sobre el amor no correspondido: Venus y Adonis, del pintor renacentista Tiziano, actualmente en el Museo del Prado.
La escena retrata a Venus, profundamente enamorada de Adonis, quien no corresponde a sus sentimientos. En el cuadro, ella intenta detenerlo antes de que salga a cazar, anticipando su muerte. Lo abraza, le suplica, intenta retenerlo. Pero él, ajeno a ese amor, sigue su camino.
Para Ortiz de Zárate, la elección de ese instante no es casual. La obra no solo narra una historia mitológica, sino que encierra una enseñanza emocional: el amor no puede forzarse. “Ella, simbólicamente, le está pidiendo que la quiera”, explica. Pero la respuesta es una mirada fría, distante. El mensaje es claro: no se puede convencer a alguien de amar.
En ese sentido, el cuadro funciona casi como una metáfora visual del desamor. La insistencia, el intento de retener al otro, la dificultad para aceptar la falta de reciprocidad. Todo eso aparece condensado en una escena que, aunque antigua, sigue resultando reconocible.
Un detalle refuerza aún más esta lectura: en el fondo de la pintura aparece Cupido, dormido. Según el experto, este elemento simbólico sugiere que cuando el amor se suplica, deja de fluir de forma natural. “Cuando mendigas amor, Cupido duerme”, resume.
Desde la perspectiva del bienestar emocional, esta interpretación aporta una clave importante. El dolor del rechazo suele ir acompañado de una tendencia a insistir, a intentar “hacer que funcione”. Sin embargo, el arte —y en este caso la mitología— propone otra mirada: reconocer el límite, aceptar lo que el otro no puede dar y, sobre todo, preservar el propio valor.
En este punto, la historia adquiere un matiz reparador. Entender que incluso Venus, símbolo del amor y la belleza, atravesó una experiencia de amor no correspondido, puede ayudar a despersonalizar el dolor. No se trata de un fracaso individual, sino de una experiencia humana compartida.
“El arte te ayuda a entenderte a ti mismo”, señala Ortiz de Zárate. Quizás ahí radica su potencia: en ofrecer un espejo donde reconocer emociones propias, ponerles palabras —o imágenes— y, en ese proceso, empezar a transitarlas de otra manera. Comprender que no se puede forzar el amor es también el primer paso para dejar de sufrirlo.