En un contexto marcado por debates cada vez más polarizados —especialmente en redes sociales—, el psiquiatra y neurocientífico Iain McGilchrist propone volver a una habilidad tan básica como olvidada: escuchar de verdad.
Durante su participación en el ciclo BBVA Aprendemos juntos, el especialista planteó una idea concreta: incorporar en la educación una técnica tomada de la terapia de pareja. El ejercicio es simple, pero revelador. Una persona habla sin ser interrumpida y, al terminar, quien escucha debe repetir lo que entendió. El resultado, según McGilchrist, suele ser sorprendente: muchas veces, lo que se escucha no coincide con lo que el otro quiso decir.
“Uno escucha lo que quiere oír, no lo que el otro está diciendo”, señaló. Esta distorsión —que se vuelve especialmente visible en discusiones online— no solo dificulta el diálogo, sino que erosiona la posibilidad de construir vínculos más empáticos.
Desde su enfoque, esta dificultad no es solo cultural, sino también neurobiológica. McGilchrist, reconocido por sus investigaciones sobre el hemisferio derecho del cerebro, sostiene que esta parte del cerebro cumple un rol clave en la capacidad de comprender al otro. Mientras que el dolor propio se experimenta en ambos hemisferios, la capacidad de percibir el dolor ajeno —es decir, la empatía— se vincula especialmente con el hemisferio derecho.
Por eso, advierte, no se trata solo de “querer” ser empáticos, sino de cultivar activamente esa capacidad. “Necesitamos hacer ejercicios en los que escuchamos y somos capaces de ver el punto de vista de la otra persona”, afirmó. Y fue contundente: “Sin esa capacidad, somos crueles”.
La reflexión conecta directamente con el bienestar emocional y social. Escuchar implica algo más que oír palabras: requiere silencio, atención y una disposición genuina a correrse del propio punto de vista. En una cultura donde predomina la inmediatez y la necesidad de responder rápido, este tipo de prácticas se vuelven cada vez más difíciles, pero también más necesarias.
McGilchrist plantea que una sociedad más empática no surge de manera espontánea, sino que se construye. Y esa construcción empieza por lo cotidiano: aprender a no interrumpir, a validar la experiencia del otro y a tolerar la diferencia sin convertirla en confrontación.
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