Hay hechos que no deberían existir. No es una forma de hablar. Es literal. Hay situaciones que nuestro cerebro no está preparado para procesar sin romper algo en el medio. El asesinato de un bebé de un año en Colón es uno de esos hechos.
Ocurrió en Montevideo, minutos antes de las 20 horas. Un auto, un padre de 24 años, varios disparos. Al menos cinco. El objetivo no era el niño. Era el padre. Pero las balas no distinguen. El bebé murió. El padre sobrevivió con múltiples heridas.
La principal hipótesis habla de un conflicto vinculado al crimen organizado. Un ajuste, una disputa, una lógica que ya venía escalando. El padre había sido atacado días antes. Y en el medio, un niño. Un año de vida.
Cuando la víctima es un adulto, el cerebro intenta entender. Clasifica, compara, juzga. Busca causas. Incluso, a veces, busca responsabilidad. Pero cuando la víctima es un bebé, eso se rompe. Porque hay algo que se activa antes del pensamiento.
Desde la neurociencia, sabemos que los estímulos vinculados a la infancia (rostros, tamaños, fragilidad) activan circuitos muy primarios del cerebro, asociados al cuidado y la protección. No es cultural. Es biológico. Es supervivencia de la especie. Por eso estos casos no solo duelen. Desorganizan.
El sistema nervioso no responde igual. Se hiperactiva. Aparece una mezcla de angustia, bronca e impotencia difícil de regular. Y, sobre todo, aparece una sensación muy concreta: esto no debería pasar.
Pero pasó. Y entonces aparece el miedo. No un miedo racional. No el que se calcula con estadísticas o probabilidades. Sino un miedo emocional, inmediato, que hace que todo se sienta más cerca. Aunque no vivas en Colón. Aunque no tengas hijos. Aunque nunca hayas estado en una situación similar.
El cerebro no evalúa contexto cuando algo toca fibras tan primarias. Generaliza. Y en esa generalización aparece una sensación peligrosa: la de pérdida de control. Porque si un bebé puede morir así, en un auto, en una calle cualquiera, entonces ya no hay lugar completamente seguro. Y esa idea es muy difícil de sostener.
Y cuando se vuelve difícil de sostener, aparece algo más: la desesperación. Una desesperación que no siempre se dice así, pero que se escucha en frases que se repiten una y otra vez: “Alguien tiene que hacer algo.”, “Esto no puede seguir pasando.”, “¿Hasta cuándo?” Es un pedido de ayuda. Es una sociedad que, frente a lo que siente como incontrolable, busca una respuesta urgente que vuelva a ordenar algo de ese caos interno.
Porque el cerebro necesita sentir que hay control. Que hay un límite. Que alguien puede frenar esto. Y cuando esa sensación no aparece, lo que crece no es solo el miedo. Es la impotencia. Hay algo más incómodo todavía. Este caso no es solo un hecho aislado. Es la intersección entre dos cosas que, cuando se cruzan, generan un impacto mucho mayor: la infancia y la violencia estructural.
No fue un acto impulsivo individual. Fue violencia dirigida a un adulto que terminó alcanzando a un niño. Y ahí aparece un punto clave: cuando la violencia se vuelve parte del entorno, deja de ser excepcional. Y cuando deja de ser excepcional, empieza a expandirse.
No porque todos se vuelvan violentos. Sino porque el margen de daño posible se amplía.
Frente a esto, la reacción social suele ir hacia dos lugares: la indignación y la búsqueda de culpables. Ambas son necesarias. Pero no suficientes. Hay algo que no estamos mirando del todo: cómo estos hechos impactan en nuestra forma de percibir la realidad. Después de un caso así, no pensamos igual.
El cerebro emocional gana terreno. Se vuelve más difícil discriminar riesgo real de riesgo percibido. Se endurecen las opiniones. Se simplifican las explicaciones. Y eso tiene un efecto concreto: empezamos a necesitar respuestas rápidas para calmar una angustia que es mucho más profunda.
Pero hay algo que incomoda aún más que el crimen. Y es aceptar que esto no es incomprensible. Es inaceptable, sí. Pero no incomprensible. Porque responde a dinámicas que conocemos: escalada de violencia, lógicas de enfrentamiento, deshumanización del otro, pérdida de registro del daño colateral.
El problema es que cuando esas dinámicas entran en lo cotidiano, dejan de afectar solo a quienes están dentro de ese circuito. Empiezan a afectar a todos.
Entonces la pregunta no es solo qué pasó. La pregunta es qué nos pasa con lo que pasó. Por qué nos impacta tanto. Por qué nos deja sin palabras. Por qué sentimos que algo se quebró.
Tal vez porque, en el fondo, estos casos nos enfrentan con una verdad que cuesta mucho tolerar: que la violencia, cuando crece, no se queda en un solo lugar. Se expande. Y cuando lo hace, no siempre elige a quién alcanza.
Y ahí, lo más inquietante no es solo el crimen. Es la sensación de que hay límites que, una vez que se cruzan, son muy difíciles de volver a trazar. Y que cuando una sociedad empieza a sentir que esos límites ya no están claros, lo que aparece es un grito silencioso, colectivo, urgente.
Un pedido de freno. Un pedido de cuidado. Un pedido a gritos de volver a sentir que hay algo que todavía puede protegernos.
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