¿Por qué a los jóvenes les cuesta estar en calma y las personas entre 55-75 años disfrutan del silencio?

Un análisis sobre cómo el entretenimiento continuo y las recompensas inmediatas del celular alteran los mecanismos de concentración, memoria y regulación emocional en la actualidad.

Mujer conduce con calma
Mujer conduce su auto con calma.
Foto: Freepik.

El silencio pasó de ser un estado habitual a transformarse, para muchos, en un espacio incómodo. Como explica la psicología, lo que el cerebro considera "normal" varía según el entorno de crianza y la exposición a estímulos. Quienes atravesaron su infancia y juventud sin notificaciones ni pantallas crecieron con más tiempos muertos, trayectos sin auriculares y tardes sin un flujo inagotable de información.

Ese aprendizaje temprano deja una marca. Para los adultos entre 55 y 75 años, el silencio como descanso es una experiencia cotidiana, un momento en el que la mente ordena ideas sin la presión de responder a estímulos externos. En cambio, para quienes se habituaron a un ritmo de entretenimiento continuo, la ausencia de estímulo tiende a sentirse como “falta” y dispara la búsqueda automática de algo para llenar el hueco con música, videos, redes o una pantalla de fondo.

Un cerebro adaptado a la calma, previo a la era digital

La propia discusión sobre generaciones ayuda a ubicar el fenómeno sin convertirlo en estereotipo. No hay una definición oficial e inamovible de dónde empieza o termina cada cohorte, pero se suele hablar de cuatro generaciones humanas que presentan cambios culturales: baby boomers, generación X, millennials y generación Z.

El salto clave es el lugar que ocupó la tecnología en la vida cotidiana. Para quienes nacieron en décadas previas a la era digital, la calma no era un objetivo de bienestar sino una condición del mundo. Eso no significa que una generación sea “mejor”, sino que estuvo expuesta a otros estímulos y, por lo tanto, desarrolló otras formas de concentración y de gestión del tiempo.

Personas con celulares
Personas con celulares
Foto: Archivo El País.

En esa línea, Sigmund Freud hablaba del valor de la pausa: “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”. Esto se presenta como un síntoma cultural, al encontrarnos en un ecosistema de reacción permanente donde el silencio se vuelve un recurso escaso.

Beneficios del silencio y el problema de tolerar la baja estimulación

Los momentos de silencio se asocian a procesos mentales vinculados a memoria, atención y regulación emocional, justamente porque reducen la obligación de responder a señales externas. Por eso prácticas como la meditación o ejercicios de relajación suelen apoyarse en la calma como condición de trabajo mental, no como adorno.

Meditación grupal
Meditación grupal.
Foto: Archivo El País

La dificultad aparece cuando el cerebro se habitúa a una dinámica de recompensas rápidas. El celular y las redes sociales ofrecen estímulos pequeños y constantes que sostienen la activación. Cuando eso se corta, en algunos casos surge inquietud, aburrimiento o impulso de “chequear algo”, como consecuencia de estar hace años acostumbrados a las respuestas inmediatas.

En este punto, las brechas generacionales demuestran cómo el silencio dejó de ser un escenario natural y pasó a depender de la decisión de uno de apagar la pantalla, cortar el ruido o tolerar la baja estimulación. Encontrar esos momentos de calma se ha vuelto cada vez más difícil para las nuevas generaciones y esta comparación arroja luz sobre esta tendencia que no parece cambiar de rumbo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar