Neurocientífica advierte cómo el estrés crónico impacta el cerebro y reduce la productividad laboral

La exposición prolongada al estrés altera la regulación del sistema nervioso, afecta la atención y la toma de decisiones, y puede derivar en burnout. Terrie Hope analiza sus efectos y plantea estrategias para gestionarlo.

Hombre estresado. Foto: Pixabay
Hombre estresado. Foto: Pixabay

El estrés crónico no solo genera cansancio: puede modificar el funcionamiento del cerebro y afectar de forma directa el desempeño laboral.

Así lo sostiene la neurocientífica canadiense Terrie Hope, quien estudia cómo la regulación del sistema nervioso influye en la función cognitiva y la resiliencia emocional.

Según la especialista, existe un tipo de agotamiento que no desaparece con pausas breves y que deteriora progresivamente la atención, la paciencia y la creatividad. Cuando finalmente se advierte, muchas personas ya funcionan en “piloto automático”: están presentes físicamente, pero desconectadas a nivel interno.

Mujer estresada
Mujer estresada con sobrecarga de tareas.
Foto: Freepik.

Hope identifica este fenómeno como estrés crónico. Con experiencia en la industria farmacéutica y en investigación en neurociencia aplicada desde 2010, ha centrado su trabajo en analizar cómo los cambios en la coherencia neural y la regulación del sistema nervioso inciden en la capacidad de concentración y en el rendimiento.

Trayectoria y mirada sobre el rendimiento

La neurocientífica integró el equipo de Joe Dispenza y lideró el primer estudio destinado a evaluar la efectividad de las access bars, técnica manual creada por Gary Douglas en 1995. Esta práctica se asocia con mejoras en la coherencia cerebral y disminución de ansiedad, depresión y estrés.

En la actualidad, Hope ofrece conferencias internacionales y trabaja con líderes corporativos y atletas de élite para optimizar el rendimiento y revisar modelos productivos. “No estamos frente a un problema de motivación. Estamos viendo el límite de un modelo que exige sin recuperar”, afirma.

También cuestiona la idea de que el cerebro sea el único conductor de la conducta: “La persona. El ‘ser’. Es lo que nos impulsa y lo que toma las decisiones”, señala. En su visión, el estrés no es una enfermedad en sí misma, sino el resultado de la interpretación individual del entorno. El cerebro se adapta hasta alcanzar un punto crítico, conocido como burnout, que actúa como un freno de emergencia.

Comer trabajando, estrés
Mujer come mientras trabaja, estresada.
Foto: Freepik.

Consecuencias neurológicas y físicas

La exposición prolongada al estrés mantiene activado el sistema nervioso de forma constante, afectando la amígdala y aumentando la reactividad. Esto puede generar inflamación crónica en el cerebro y en el sistema circulatorio, incrementando el riesgo de enfermedad coronaria.

El impacto también se traslada al ámbito laboral. “El estrés ‘secuestra’ la función ejecutiva. Esta se ralentiza en la corteza prefrontal, dificultando el pensamiento”, explica Hope. Estudios citados indican que el cerebro puede reducir su tamaño ante la exposición prolongada al estrés y que solo alrededor del 30 % de las personas están plenamente presentes en su trabajo, cifra que disminuye a lo largo de la semana.

Para la especialista, muchos problemas de salud asociados al estrés se vinculan con la forma en que se vive y se gestiona la rutina diaria.

Estrategias y abordajes

Hope ha investigado las access bars, una técnica no invasiva que consiste en aplicar toques en 32 puntos específicos de la cabeza con el objetivo de liberar bloqueos mentales y estrés. Los estudios realizados en personas con ansiedad, depresión o estrés crónico registraron mejoras en la coherencia cerebral y reducciones de ansiedad que oscilaron entre el 76 % y el 84 % tras una sesión de 90 minutos.

“Mi interpretación de lo que sucede es que activando estos puntos de la cabeza se logra una especie de reseteo neurológico, facilitando mayor conciencia, relajación y claridad mental. El sistema nervioso central se calma”, sostiene.

Finalmente, la neurocientífica recomienda identificar los patrones que afectan el bienestar y actuar sobre ellos. “Que se vuelva más consciente de las cosas que le funcionan y las que no. No sigas en piloto automático. Pensá en cómo podés cambiar ese patrón que te hace mal”, aconseja. Y resume: “Podríamos prosperar —en lugar de sobrevivir— si en vez de hacer cosas que nos cuestan y drenan, hiciéramos cosas que nos honran”.

En base a La Nación/GDA

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