Hace más de 20 años que la felicidad tiene nombre y apellido: Matthieu Ricard. Biólogo molecular convertido en monje budista, se trata de un francés de 80 años de edad catalogado por la ciencia como el hombre más feliz del mundo. Es fundador de Karuna-Shechen, una organización sin fines de lucro que desarrolla y gestiona programas de asistencia médica primaria, educación y servicios sociales para personas en situación de vulnerabilidad en el Tibet, India y Nepal.
A principios de los 2000, un estudio de la Universidad de Wisconsin (Estados Unidos) reveló que el cerebro de Ricard emitía niveles de ondas gamma nunca antes vistos en otro ser humano. La actividad de su corteza cerebral prefrontal izquierda —asociada a las emociones positivas— sorprendió a los científicos y le valió el título del hombre más feliz, que lo acompaña hasta hoy.
Cada 20 de marzo se celebra el Día Internacional de la Felicidad, una fecha declarada por las Naciones Unidas que reconoce la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno. Es una gran oportunidad para recordar los consejos de Ricard sobre cómo ser felices.
El poder de la compasión
A lo largo de los años, Ricard se tomó con humor el título que le dio la ciencia. En una entrevista con The New York Times, explicó que la idea de que existe “el hombre más feliz del mundo” es, en realidad, una simplificación. Según señaló, la neurociencia puede estudiar ciertos patrones cerebrales, pero no medir de manera exacta la felicidad de una persona. De hecho, bromeó con que el apodo probablemente lo acompañará siempre, incluso hasta la tumba.
Más allá del rótulo, el monje —discípulo cercano del líder espiritual tibetano Dalai Lama— plantea que la felicidad no tiene que ver con vivir en un estado permanente de euforia. En la misma entrevista sostuvo que también experimenta momentos de profunda tristeza, especialmente cuando observa el sufrimiento en el mundo. Sin embargo, considera que esas emociones pueden convertirse en un motor para la compasión.
Para él, la felicidad se parece más a un estado de equilibrio interior, una especie de base emocional a la que uno vuelve después de atravesar los altibajos de la vida. En ese proceso, la meditación juega un papel importante porque ayuda a mantener una sensación de profundidad y estabilidad incluso frente a experiencias difíciles.
Ricard también compartió lo que considera uno de los consejos más simples —y a la vez más poderosos— para atravesar los desafíos de la vida: cultivar el deseo genuino de que los demás sean felices. Desde su perspectiva, el desarrollo de la benevolencia no solo beneficia a quienes reciben ese gesto, sino que también es una de las formas más directas de experimentar bienestar personal.
El monje suele cuestionar la idea de que ayudar a los demás sea, en el fondo, una forma de egoísmo disfrazado. Para él, separar el bienestar propio del ajeno es artificial: cuando alguien actúa con verdadera preocupación por los otros, ambas cosas aparecen juntas. Intentar dividirlas sería tan absurdo como pretender que una llama produzca luz sin calor, explicó.
Esa visión coincide con lo que señaló en una entrevista con la BBC, donde resumió el “secreto” de la felicidad en dos conceptos: altruismo y compasión. A su entender, la búsqueda de una felicidad puramente individual suele terminar generando lo contrario: frustración personal y relaciones deterioradas. En cambio, cuando las acciones se orientan a aliviar el sufrimiento ajeno y promover el bienestar de los demás, se produce un círculo virtuoso en el que todos salen beneficiados.
Para Ricard, esa es la verdadera paradoja de la felicidad: cuanto más se intenta perseguirla solo para uno mismo, más difícil resulta alcanzarla. Pero cuando se cultiva la bondad y la preocupación genuina por los otros, el bienestar aparece como una consecuencia natural. Una idea que, cada 20 de marzo, el Día Internacional de la Felicidad invita a poner sobre la mesa.
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