La inteligencia emocional y nuestra relación con el dinero: un diálogo necesario para la prosperidad

Gastar de más o privarse de lo que se tiene refleja emociones que influyen en nuestras finanzas. La inteligencia emocional permite comprenderlas y tomar decisiones más conscientes y equilibradas.

Dinero. Foto: Pixabay

Pagar el mínimo de la tarjeta, comprar ropa que no necesitás solo para sentirte mejor un rato, pedir delivery en lugar de cocinar, o mirar con culpa cada gasto por miedo a “desperdiciar” dinero. Otros ejemplos más sutiles: negar un gusto por tacañería, discutir con la pareja por centavos, o ahorrar compulsivamente sin disfrutar lo que se tiene. Situaciones que vimos o vivimos alguna vez, que muestran que a veces gastamos más de lo que podemos, nos privamos de disfrutar lo que tenemos y, en el medio de esos extremos, hay muchas otras situaciones. Con eso vienen emociones: miedo de no llegar a fin de mes, culpa, ansiedad al revisar tus cuentas y sentir que nunca alcanza.

En un mundo donde las decisiones económicas parecen regirse por cálculos fríos, la inteligencia emocional se convierte en la clave para entender y gestionar nuestra relación con el dinero.

El psicólogo Christian de los Santos explica que la inteligencia emocional es, en esencia, “la capacidad de pensar las emociones”, un diálogo entre nuestro universo emocional y el racional que incide en muchos ámbitos de la vida.

Libretas y dinero, pesos uruguayos
Ordenar los billetes por denominación puede ser un TOC.
Foto: Estefanía Leal

El origen de un concepto revolucionario: qué es la inteligencia emocional

Contrario a lo que muchos podrían pensar, el concepto de inteligencia emocional no nació en clínicas, hospitales o consultorios, sino en el mundo laboral. Desde la década de 1990, cuando empezó a discutirse en el ámbito académico, distintos estudios comenzaron a analizar su impacto.

De los Santos señala que el término surgió de “estudios longitudinales realizados en convenios entre universidades y empresas” que detectaron pérdidas económicas vinculadas a la gestión del capital humano. Las pérdidas se reflejaban en licencias por enfermedad, ausentismo y en la necesidad de capacitación y reclutamiento, dejando en evidencia que un alto coeficiente intelectual (CI) no era suficiente para el éxito gerencial. Se observó que personas con un CI elevado a menudo carecían de inteligencia emocional, lo que les impedía ser buenos líderes, comunicarse asertivamente o comprender las emociones de los integrantes de sus equipos. El cambio de paradigma propuso valorar la inteligencia emocional para fomentar un liderazgo más efectivo.

La diferencia entre emoción y sentimiento.

Para comprender la inteligencia emocional, es crucial diferenciar entre emoción y sentimiento. De los Santos habla de la base para entenderlo: las emociones duran unos pocos minutos, pero cuando una emoción se sostiene en el tiempo, influenciada por el pensamiento, se transforma en un sentimiento. “Alguien puede estar triste, experimentando una emoción de tristeza, y eso no debería durar más de tres minutos, según la neurociencia. Pero si esa emoción de tristeza empieza a sostenerse en el tiempo, entonces se puede transformar en un sentimiento de angustia”, explica.

Dinero. Foto: Pixabay

La ansiedad, por ejemplo, es una respuesta fisiológica que a menudo esconde un miedo. La gestión emocional implica que nuestra conciencia se dé cuenta de que existe una especie de “observador” interno capaz de pensar de manera diferente al pensamiento primario, permitiéndonos desidentificarnos de esas emociones y pensamientos que nos atrapan. Comprender emociones y sentimientos nos prepara para reconocer cómo influyen en decisiones concretas de la vida.

El miedo: el gran artífice de las decisiones financieras

La relación entre emociones y dinero es innegable, y el miedo juega un papel protagónico. De los Santos cita al psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002, quien demostró que todas las decisiones económicas están atravesadas por el miedo. Un ejemplo claro es su famoso experimento de la moneda: proponía a un grupo de personas un juego en el que si caía número se ganaban $100 y si caía cara se perdían $50. A pesar de que las chances de ganar eran altas, muchos no quisieron participar por miedo.

Aquel experimento mostró que “la emoción fue más intensa cuando perdían que cuando ganaban”, evidenciando que el enojo y la tristeza por perder $50 eran más fuertes que la alegría por ganar $100. Esta premisa es fundamental en el neuromarketing y las ventas, donde se busca crear necesidades que apuntan a las emociones.

Factores que moldean nuestra relación con el dinero

Nuestra forma de relacionarnos con el dinero está moldeada por una diversidad de factores, entre ellos se incluyen:

Información epigenética: “programas mentales y memorias emocionales que se heredan en los genes” de nuestro clan familiar, que condicionan nuestras actitudes en varios aspectos, incluyendo la relación con el dinero.

Hechos y acontecimientos: eventos de vida, como la forma en que nacemos, separaciones familiares o experiencias traumáticas, pueden dejar una marca emocional.

Educación: tanto la crianza en casa como la educación formal, que a menudo carecen de alfabetización emocional, influyen en cómo gestionamos nuestras finanzas.

Procesos de subjetividad: la cultura y el contexto de la infancia y adolescencia moldean nuestra percepción del mundo y del dinero.

Teniendo en cuenta estos factores, es posible intervenir de manera consciente para mejorar la relación con el dinero.

Recomendaciones para una relación más consciente con el dinero

A partir de este enfoque, De los Santos propone algunas acciones:

1. Acceder a información confiable. “No todo lo que circula en internet es malo. Hay muy buen contenido que puede ayudar a organizarse y a ver cosas que antes no estabas viendo”, señala.

2. Organizar ingresos y gastos. Separar primero lo necesario para cubrir gastos básicos y luego administrar el dinero disponible.

3. Vivir con coherencia. Alinear lo que se gana con el estilo de vida y planificar compras de manera estratégica.

4. Revisar las conductas individuales. Analizar si impulsividad, compulsividad o tacañería tienen raíces emocionales o experiencias de vida.

5. Comprender que el dinero es una creencia: está condicionado por cultura y experiencias personales.

6. Enfocarse en el sustento más que en el dinero. “Cuando alineamos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos, empezamos a construir una relación más saludable con el dinero”.

7. No hacer todo exclusivamente por dinero. “Si lo que hacés tiene sentido para vos, el dinero muchas veces termina llegando como consecuencia”.

La inteligencia emocional invita a reconocer que “no hay nada que no esté atravesado por la dimensión emocional de la persona”. Al comprender y gestionar nuestras emociones, podemos transformar nuestra relación con el dinero, pasando de decisiones impulsadas por el miedo a una gestión más consciente y alineada con el bienestar personal.

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