Pedir disculpas de forma constante, incluso por acciones que no requieren justificación, no es necesariamente un signo de buena educación.
Detrás de ese hábito suele esconderse un patrón aprendido en la infancia: el de quienes fueron obligados a justificar cada decisión y crecieron con la creencia de que ocupar espacio o expresar una necesidad podía poner en riesgo el vínculo con los demás, según el psicólogo Alberto Soria.
De acuerdo a lo que expuso el psicólogo en su artículo, cuando el "perdón" se escapa por reflejo —al hablar, al decir que no, al simplemente estar presente— deja de ser cortesía para convertirse en un automatismo relacional. Soria explica que existen dos capas detrás de este comportamiento: una visible, asociada a la prudencia y al deseo de evitar conflictos, y otra invisible, ligada a una pregunta que se repite sin permiso: "¿me van a querer si incomodo?".
El origen del "niño bueno" y su lógica de supervivencia emocional
El psicólogo describe a este perfil como el del "niño bueno", una figura que no responde a una personalidad falsa, sino a un aprendizaje temprano de adaptación. Se trata de un algoritmo de supervivencia emocional: si el niño se adapta, se adelanta a los conflictos y no genera problemas, aumentan sus posibilidades de sentirse a salvo dentro del vínculo familiar.
Ese esquema, sostiene el especialista, suele trasladarse a la vida adulta bajo la forma de pequeñas renuncias cotidianas. Entre los ejemplos que menciona en su artículo aparecen pedir perdón antes de hablar ("perdona, una cosa..."), dar explicaciones de más por temor a molestar, sonreír en situaciones incómodas, tragarse el malestar para luego rumiarlo, y sentir culpa por pedir, necesitar o poner límites.
Soria remarca que este patrón no es una elección consciente, sino un reflejo corporal que se activa para preservar la paz en el entorno. "Si este patrón está en ti, probablemente te funcionó", señala el psicólogo, al explicar que este mecanismo ayudó en su momento a encajar, evitar conflictos y sostener ambientes tensos. El problema, advierte, surge cuando el costo de sostenerlo se vuelve demasiado alto y la persona termina "desapareciéndose un poco cada día".
Cómo se manifiesta en los hombres y qué caminos propone la terapia
El psicólogo dedica un apartado particular a cómo se expresa este automatismo en los hombres. Según describe, en muchos casos pedir perdón en exceso se combina con la idea aprendida de que pedir, dudar o necesitar equivale a "molestar". Frente a eso, aparece una solución silenciosa: adelantarse y disculparse para evitar cualquier señalamiento. Por dentro, agrega Soria, esto suele sentirse como estar permanentemente "a examen", una condición que termina generando agotamiento.
Para revertir este patrón sin caer en la frialdad, el psicólogo propone estrategias concretas. La primera consiste en sustituir el "perdón" por el "gracias" cuando no hubo ningún daño real, transformando así la emoción de base: de la culpa al vínculo. La segunda es practicar lo que llama el "micro-límite", que consiste en comenzar por frases simples como "ahora no puedo", "prefiero esto" o "necesito pensarlo", en lugar de intentar modificar de entrada las situaciones más difíciles.
Como tercer paso, Soria sugiere identificar qué se está evitando cada vez que aparece una disculpa innecesaria, ya sea el enfado ajeno, el rechazo, quedar como una persona egoísta o sentirse "mala persona". El psicólogo plantea que este trabajo de autoobservación puede resultar suficiente en muchos casos, aunque también identifica situaciones en las que conviene abordarlo en terapia: cuando el patrón agota, silencia necesidades genuinas, empuja a vínculos desequilibrados o genera la sensación de no poder ser uno mismo.
Este contenido fue hecho con la asistencia de inteligencia artificial y verificado por un periodista de El País.