Cómo encontrar la motivación para entrenar o empezar un nuevo proyecto, según la filosofía de Aristóteles

En la ética aristotélica, la virtud no es algo con lo que se nace, sino algo que se desarrolla con práctica; lo mismo pasa con la disciplina necesaria para llevar adelante un proyecto.

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Estatua de Aristóteles.
Foto: Wikimedia Commons.

Empezar un entrenamiento, retomar el gimnasio o animarse a lanzar un proyecto personal suele depender de algo que muchas veces parece esquivo: la motivación. Sin embargo, mucho antes de que la psicología moderna estudiara este fenómeno, el filósofo griego Aristóteles ya había reflexionado sobre cómo se forman los hábitos y qué nos impulsa a actuar.

Su conclusión, sorprendentemente actual, es que no necesitamos sentirnos motivados para empezar. Más bien ocurre lo contrario: la motivación suele aparecer después de la acción.

Para Aristóteles, el carácter se construye a través de la repetición de conductas. La famosa idea de que “somos lo que hacemos repetidamente” resume esta visión: los hábitos se forman cuando una acción se practica una y otra vez, hasta que termina integrándose a la vida cotidiana.

Esto significa que esperar a “tener ganas” de entrenar o comenzar un proyecto puede ser una trampa mental. Desde esta perspectiva, lo importante es dar el primer paso, incluso con poca motivación, porque la acción misma empieza a generar impulso.

Por ejemplo, alguien que quiere comenzar a correr puede proponerse algo simple: salir a caminar o trotar durante diez minutos. Esa pequeña acción no solo rompe la inercia, sino que también facilita repetir el comportamiento al día siguiente.

Motivación
Mujer pensativa delante de unos brazos en señal de fuerza y motivación.
Foto: Freepik.

La fuerza de los hábitos y el propósito

En la ética aristotélica, la virtud no es algo con lo que se nace, sino algo que se desarrolla con práctica. Lo mismo ocurre con los hábitos saludables o con la disciplina necesaria para llevar adelante un proyecto. Cada repetición refuerza la conducta, hasta que deja de sentirse como un esfuerzo extraordinario. En otras palabras, la constancia termina siendo más poderosa que la motivación inicial.

Este enfoque también explica por qué muchas metas fracasan cuando se plantean de forma demasiado ambiciosa. Si el objetivo es muy grande desde el principio —por ejemplo, entrenar una hora todos los días sin haber tenido antes una rutina— es más probable abandonar.

Otro aspecto central en la filosofía de Aristóteles es la idea de que todas las acciones humanas buscan algún tipo de bien o propósito. En su obra, el filósofo llamó a ese objetivo último eudaimonía, un concepto que suele traducirse como bienestar o florecimiento humano.

Correr entrenar
Amigos entrenando felices.
Foto: Freepik.

En términos actuales, esto podría entenderse como la sensación de que lo que hacemos tiene sentido. Cuando una actividad está conectada con un propósito —cuidar la salud, desarrollar una habilidad o crear algo propio— resulta más fácil sostener el esfuerzo en el tiempo.

Si algo sugiere la filosofía aristotélica aplicada a la vida cotidiana es que la motivación no siempre aparece como una chispa inicial. Muchas veces surge mientras se está haciendo algo. Por eso, para comenzar a entrenar o poner en marcha un proyecto, puede ser más útil enfocarse en acciones simples y repetibles que esperar el momento perfecto.

Salir a caminar diez minutos, escribir una página, practicar una habilidad durante unos minutos o investigar una idea son pequeños movimientos que, con el tiempo, pueden transformarse en hábitos. En ese sentido, Aristóteles ya había intuido hace más de dos mil años algo que hoy confirman muchos estudios sobre comportamiento: la clave no está en esperar la motivación, sino en empezar.

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