Bruno Rodríguez Parodi
Un gurí de 50 años tocando con un grupo de adolescentes puso a bailar a una Sala Rondeau constelada por niños, jóvenes, adultos y ancianos: todos al son del Llévenle.
22.6 promedio de edad tiene la banda que Martín Buscaglia eligió para celebrar los 30 años del disco que lo vio nacer. Dentro de ese grupo de gurises se encuentra la columna vertebral de la joven banda, “La Sub 20”, una integración que reinterpreta canciones de música popular uruguaya, y también Juana Buscaglia, la hija de Martín. Una elección de banda que parece querer realizar una oda al momento de su vida en que el disco vio la luz: un grupo de gurises talentosos a los que se les notaba desde kilómetros de distancia que se estaban divirtiendo por encima de todo.
Repasando todos y cada uno de los temas del disco, en orden, y agregando algunos más, con las manos en los bolsillos, casi sin esfuerzo, Buscaglia fue el líder de un viaje alucinógeno que solo podría dar un hombre de pelo canoso con actitud jovial acompañado de una banda de gurises atrevidos. Todos más jóvenes que el propio disco.
Los amigos de entonces y ahora, los que ya no están, los ídolos del pasado y los héroes del futuro, todo eso celebró Martín Buscaglia. Con una guitarra —herencia de Canciones Para No Dormir la Siesta— cuyo swing parecía pegarse más que la arena cuando salís del mar. Un bajo que obligaba al pie a levantarse, una batería que imprimió el funk de manera perfecta y una percusión que comenzó en el Barrio Sur y pasó por tierras brasileñas.
Además, estuvieron presentes su hermano, Paolo Buscaglia; Marcelo “Sapuca” Terra y Vittorio Bacchetta, todos amigos y colegas de aquel Martín de la década del 90. Pero también, finalizando la noche, se hicieron presentes dos figuras celestiales cuya presencia emocionó a toda la sala. Llegando al final de la interpretación de "El Candombe de Marte", la sala se quedó en completa oscuridad para presenciar la aparición de Horacio “Corto” Buscaglia —padre de Martín— y Rubén Rada, que a través de un parlante se hicieron presentes para retratar la versión original de la canción.
Reggae, candombe, funk, rock y de todo un poco, eso es Martín Buscaglia. Lo dejó en claro un 10 de setiembre de 1996 y lo dejó claro 30 años después en una noche fría montevideana. Y es que la música de Buscaglia tiene eso: parece haber salido años adelantada, parece no tener tiempo. En una era donde la identidad escasea, lo comercial reina y la inteligencia artificial quiere comenzar a irrumpir en donde no le corresponde, Martín Buscaglia —como siempre lo hizo— brinda una bocanada de frescura a la música uruguaya.
Buscaglia tiene algo claro, lo pidió en la decimoprimera canción de su primer disco, Samantha Brown, y también lo pidió en la Sala Rondeau: la gente tiene que divertirse, porque si no, ¿para qué está la música?
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