Es un año de celebraciones para Martín Buscaglia. En junio festejó las dos décadas de El evangelio según mi jardinero, un parteaguas en su discografía. Este jueves y viernes en Sala Rondeau será el turno de Llevenlé, su álbum debut de 1996.
Con 23 años, llegó al sello Orfeo con un casete que tenía cuatro canciones. Tres quedaron en el disco, la cuarta, producida por Juan Campodónico y llamada "Montevideo la loca", sonará en las celebraciones de manera inédita. Las entradas están disponibles en Redtickets desde 1170 pesos.
Con solo tres días para grabar, Buscaglia logró hacer un álbum con 14 canciones y participaciones que van desde Samantha Navarro a Ruben Rada. Ante todo, definió su sonido y voz por el resto de su carrera. "Nunca pude ser otro. Nunca pude tocar una canción de Los Redondos cantando como el Indio Solari. Me es mucho más fácil ser yo que intentar ser otro", dice en diálogo con El País.
30 años más tarde y con un nuevo disco en camino, el músico define sus discos como boyas en el camino, que se mantienen en el mismo lugar por más que uno navegue a otros lados. Ve los puntos en común entre ambos trabajos: el que hizo cuando comenzó con su carrera y el que va a lanzar próximamente.
En ese plano de casualidades y causalidades, en los shows de Sala Rondeau lo acompañará una banda compuesta por músicos jóvenes cuyo promedio de edad es 23, la misma edad que él cuando grabó Llevenlé. Ellos son Facundo Guiondjian (bajo), Juana Buscaglia (voces), Santiago Alves (guitarra), Mauro Rodríguez (percusión) y Tomás Nieves (guitarra), Lorenzo Azcárate (batería).
El tiempo en función de la música aparecerá varias veces en la conversación, ya sea para explicar cómo su función es intentar encapsular momentos o para afirmar que la segunda te permite dominar la primera.
Sobre esto, el proceso compositivo de Llevenlé y más, conversó con El País.
—Grabaste Llevenlé en tres días...
—Y mi nuevo disco lo voy a grabar más o menos en la misma cantidad de horas que hice Llevenlé. Hay un Uróboro en el que volvés a pasar por el mismo lugar, pero sos otro. Lo estoy haciendo como hice Llevenlé, a la antigua, juntándome con los músicos, mirándonos las caras, haciendo dos o tres tomas, y la que queda, queda. Es algo muy clásico que, con el tiempo y el advenimiento de los homestudios y la tecnología, se fue alejando.
—Entonces, ¿por qué tanto Llevenlé como este disco nuevo llevan la misma cantidad de horas de grabación?
—Por motivos diferentes. En el caso de Llevenlé, porque no había un mango. Fui con un casette con cuatro temas al sello Orfeo. El disco entero se mezcló en una noche. ¡Quince temas en una noche es una locura! Este lo voy a hacer en ese poco tiempo porque hace 30 años que me relaciono con la música y con los estudios de grabación y ya sé cómo disponerme y prepararme para llegar a donde quiero en pocas horas. En estos tiempos en los que hay una náusea de la computadora, de las redes, de la tecnología que te esclaviza, el hacerlo así es una libertad y capturás un momento. Entonces, pocas horas y tracción a sangre.
—Es una especie de retiro espiritual...
—Perdonáme que te hablo del disco nuevo, pero sí, hay puntos de contacto. Desde que estoy con esto no puedo escuchar música. En general, soy muy melómano, pero desde que me metí en lo del disco nuevo y en lo de reaprender Llevenlé, cualquier otra música es como una polución. Hay excepciones muy puntuales: Chico Buarque y Ruben Rada. En estos días estuve con un disco que escuchaba en la época de Llevenlé, y que nunca más escuché, que es Tchokola, de Jean-Luc Ponty.
—¿Qué te llevó a sacar tu primer álbum?
—Sentí que algunas canciones eran mías y de nadie más. Me pasó con “Baby Blue”, con “Llevenlé”. Grabar “Samantha Brown” fue un descubrimiento. Vos tenés pequeñas epifanías con la música: una canción que te emociona porque la escuchaste en determinado momento, la cantaste con tus amigos, o por la letra. Hay canciones que me emocionan si las toco en vivo, yo solo en mi casa, o que me encanta cómo quedaron grabadas. Hay otro rubro que son las canciones que me encanta cómo fueron grabadas. Con “Samantha Brown” me pasa eso. Estábamos Urbano y yo en una cabina chiquita, cantando y tocando a la vez. Hay algo que se da —no sé si tiene que ver con la física, el esoterismo o con ambas cosas— en un ambiente puntual que no es criogénico, no es algo que lo podés transportar y abrir en otro lugar y va a pasar lo mismo.
— “La Sambambaia”, por ejemplo, que es una versión en vivo.
—El disco ya estaba mezclado y no incluía ese tema. Hice un toque en el teatro de la Gaviota con mi banda y, en un momento dado, presenté ese tema nuevo. El arreglo era que yo tocaba el tema con la guitarra y el baterista me acompañaba con percusión. Le bajó el santo, no estaba preparado ni nada a eso, y cantó esa interpretación mucho mejor que yo. Por suerte quedó grabado y se capturó ese momento. Capaz que es lo que más buscás intentando hacer canciones lo más poderosas posible. Te pasás la vida intentando hacer que una sensación perdure. La música fue inventada para lograr eso.
—Más allá de que vos tenías 23 años, es un disco que tiene tu sonido insignia. Eso no pasa siempre.
—Nunca pude ser otro. Nunca pude tocar una canción de Los Redondos cantando como el Indio Solari. A otras personas les pasa al revés. Me es mucho más fácil ser yo que intentar ser otro. Concuerdo que eso ya está en el primer disco. Con los años creo que toco, canto y compongo mejor. Pero hay algo que ya está ahí presente a lo que vuelvo siempre. En el disco nuevo, me interesa que se note que hace 30 años que estoy haciendo música, pero estoy grabándolo de manera similar a como grabé el primer disco.
—Además de estar acompañado por músicos que grabaron Llevenlé, van a participar jóvenes. ¿Por qué?
—Noté que hay toda una generación de músicos nuevos en Uruguay que conectan con Llevenlé. Les gustan otros discos pero con ese hay un mini auge. Entendí que tenía que tocarlo con gente que tuviera la energía del disco. Esta banda existe solo para estos shows y el promedio de edad es de 22 años y medio, mi edad cuando lo grabé. Va a ser interesante ese combo de estos chiquilines tocando temas que son más viejos que ellos y yo cantando canciones que compuse hace mucho tiempo y que canto mejor ahora.
—Algo intergeneracional.
—Me parece que es algo que la música te invita a hacer. Ya lo hacía en esa época, como en “El candombe de Marte” que toqué con chiquilines y con mi viejo y Rada cuando tenían la edad que tengo ahora. La música te permite dominar el tiempo por un ratito, al menos por los tres minutos que dura un tema.
—”El candombe de Marte” es sumamente ecléctica, ¿tenías esa idea en mente antes de grabarla?
—Mi viejo fue el que me llamó y me dijo que había escrito una cosa que le sonaba a un rap. “Vení al estudio mañana que tengo hora”, le dije. Rada había vuelto a vivir en Uruguay y más allá de mi relación cercana con él y con su familia, es el primer ídolo uruguayo que tuve yo y tantos otros músicos de acá. Me acuerdo, que se abrió la puerta y ver a Rada subiendo por la escalera como un mesías negro en cámara lenta. Y era impactante.
—Este año también celebraste los 20 años de El evangelio según mi jardinero. Algo de todo esto tiene que impactar en el proceso creativo del próximo disco.
—También lo siento, por eso digo que no puedo escuchar más música. Estoy en un estado de percepción y de emoción muy grande y lo estoy disfrutando mucho. Quizás tiene que ver con la edad y en cada década tenés diferentes maneras de relacionarte con el mundo y con la música, que es mi labor. Te ves en distintas situaciones. Hacer discos es como dejar boyas, dejás algo y seguís navegando, pero sabés que allá está.