Francisco Fattoruso recibe a El País en la casa de su padre, Hugo Fattoruso, en La Comercial. Es martes 25 de marzo y no hay pausa. En pocas horas saldrán juntos hacia el Auditorio Nacional del Sodre, donde participarán de un concierto con más de 30 artistas en homenaje a Claudio Taddei. Entre entrevistas, mensajes y compromisos, el bajista ordena una agenda que no afloja.
La escena resume su presente. Acaba de editar Galaxy 4133, su primer disco en seis años, y se prepara para viajar a Perú, donde lo espera el cierre de la gira que marca el regreso de Illya Kuryaki & the Valderramas. Entre un proyecto y otro, su recorrido cruza el funk con el gospel, Montevideo con Estados Unidos, y su camino solista con el trabajo al servicio de proyectos colectivos.
Días atrás, ese cruce tuvo una escala visible. El domingo 22, en la Rambla del Club de Golf, Illya Kuryaki fue uno de los puntos altos del Cosquín Rock Uruguay. Junto al guitarrista Matías Rada, Fattoruso integra una formación que refuerza el pulso funk del proyecto encabezado por Emmanuel Horvilleur y Dante Spinetta, con clásicos como “Abarajame”, “Coolo” y “Jennifer del Estero”.
Ese pulso también se siente desde el escenario. “Me emociona más todavía porque es un show internacional, pero hay algo especial en que estemos dos uruguayos en la banda y tocar acá, para la gente de acá, en un contexto así de grande. Se siente una energía muy fuerte”, dice.
El clima no se limita al vivo. Entre prueba de sonido y camarines, el reencuentro se amplía: técnicos, equipos de otras giras y músicos cercanos. “Te cruzás con todo el mundo: gente de sonido, bandas amigas como Abuela Coca, con quienes trabajé, o La Vela, con quienes tengo muy buena onda. Es un ambiente muy lindo”, resume.
Ese espíritu también define a Martes On Fire, la jam que creó en 2012 y que se volvió un clásico de la escena montevideana. Con el tiempo —y su mudanza a Estados Unidos— el proyecto pasó a tener encuentros más esporádicos, pero no perdió magnetismo. En 2023 tuvo un show en la Sala del Museo que luego se editó como disco en vivo.
“Para mí es superimportante dejar un registro de algo que se dio y se sigue dando en esta era, esa unión de músicos. Fueron como 70 en el show, una locura”, comenta. El concierto condensa esa idea: Fernando Cabrera y Hugo Fattoruso interpretan “El tiempo está después”, Luana hace “Amarte no se olvida”, Santullo presenta “Cable pelado” y Rodra sorprende con “No preguntes”.
Ese mismo impulso —el de pensar la música como encuentro, pero también como exploración— atraviesa Galaxy 4133. Publicado en marzo, el disco propone un viaje de pulso futurista, donde conviven baterías electrónicas, sintetizadores vintage y un bajo siempre en primer plano. El clima va de lo bailable (“Funk in the Machine”, “Laser Vision”) a lo más atmosférico (“Galaxy Blues”, “The View”), con una única excepción vocal en “En tu mirar”, donde el vocoder refuerza la estética futurista del proyecto.
En ese proceso, el punto de partida no fueron las canciones, sino los sonidos. “Quería que los sonidos me llevaran a componer”, explica. El disparador fueron baterías electrónicas generadas con sintetizadores de los años 70, que programó desde el teclado. A partir de ahí, el disco se armó por capas: ritmos, acordes y, sobre todo, timbres. “Dependiendo del instrumento, componés distinto”, resume.
El resultado combina un Moog modular para melodías y vocoder, un Juno 106 para los acordes y un bajo que, en algunos pasajes, nace de una guitarra procesada. “Llegué a esas líneas buscando sonidos”, dice. En esa búsqueda aparece un método: dejar que cada instrumento sugiera su camino.
—Estás a punto de volver a Los Ángeles. ¿Qué planes musicales te esperan allá?
—Cuando vuelva tengo un show con Scott Kinsey, el tecladista que participó en Galaxy 4133. Va a estar muy bueno porque también toca Danny Carey, el baterista de Tool. Estoy supercopado porque, si bien ya tocamos juntos antes, cada vez que pasa no lo puedo creer: es una banda que escuchaba todos los días, así que me sigue emocionando. Además, tengo grabaciones pendientes y toco en un coro de gospel.
—¿Qué tal la experiencia? Debe haber una energía muy especial en cada presentación...
—Es pura energía. Más allá de la iglesia, hay algo muy fuerte ahí. Empecé cuando me mudé a Atlanta, una ciudad donde todo eso está muy presente, sobre todo en las iglesias bautistas y en la comunidad afroamericana. Me fui vinculando con músicos de ese entorno y ellos mismos me llevaron a tocar: no importaba si tenía o no una religión. Me adoptaron enseguida. Fue como una escuela de música; en vez de ir a Berklee, fui a aprender gospel y R&B tocando ahí. Eso me quedó. Entonces cuando me mudé a Los Ángeles, ya era parte de mi lenguaje.
—¿Y cómo es la dinámica? ¿Hay mucho de improvisación?
—Sí, hay bastante. Te pasan música todas las semanas, pero las formas van cambiando y tenés que estar muy atento al director musical, que generalmente es el organista o el tecladista. A veces hay un líder que canta y todos seguimos las señas, porque ellos van manejando la energía. Hay partes que se loopean y el pastor no sale hasta que la gente esté como loca.
—Hay algo que define tu camino: el funk. Es una parte clave de tu trabajo solista, en Martes On Fire o con Illya Kuryaki & the Valderramas. ¿Qué tiene el género que te atrapa tanto?
—Y… fue algo que me fue atrapando de forma bastante natural. Lo primero que escuché con esa impronta, aunque no sea una banda de funk, fueron los Red Hot Chili Peppers, sobre todo en la etapa más vieja, donde estaba esa influencia más marcada...
—Como el Blood Sugar Sex Magik...
—Claro, ahí va. Yo sacaba esas líneas de bajo y por ahí fue una introducción. Después me empezó a llamar mucho la atención la música de Stevie Wonder. A los 17 años, cuando me fui a Estados Unidos, toqué en un grupo que hacía disco, Motown y funk, y ahí conocí a Earth, Wind & Fire y a un montón de artistas que no tenía en el radar. Yo venía por otro lado: me crié con la música de mi padre, con lo que él me enseñaba a tocar, con mi madre cantando bossa nova en casa. Y yo, en realidad, era remetalero. Pero con el tiempo, estudiando música, es imposible no ir abriéndose a otros estilos.
—Y cuando entraste a Illya Kuryaki hiciste un curso intensivo de funk...
—Claro. Yo entré para el disco Leche, que es todo funk, con 19 años, y ahí me quedó esa esencia. Las canciones de Illya Kuryaki tienen arreglos muy elevados, y me encanta tocar en temas como “Chaco”, “Latin Geisha” y “Jugo”, que son tremendos.
—Además, estás reconectando con otra etapa de tu vida...
—Sí, porque me vienen memorias de diferentes años y países. Me genera mucha emoción que suceda este reencuentro y que, además, lo hagan de esta manera, que no es full-time, sino alrededor de las carreras solistas de ellos. Eso permite que siempre pueda estar y ser parte del festejo de lo que lograron. La idea es que cada tanto haya shows y es superemocionante, porque es una fiesta de principio a fin.
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