Por unas horas, la zona de la Plaza Fabini se convierte en el epicentro del festejo Zitarrosa 90, el espectáculo que celebra el legado de Alfredo Zitarrosa. En un escenario montado sobre la Avenida 18 de Julio, a pasos de la sala que lleva su apellido, la propuesta reúne a generaciones en torno a una de las voces más reconocibles de la música uruguaya.
Bajo la organización del Instituto Nacional de Música, la Sala Zitarrosa y la Fundación y el Archivo Zitarrosa, el homenaje convoca a varias cuadras de público que, pese al frío otoñal del viernes, se instala de pie o en reposeras para celebrar un legado imborrable. El show, que reúne a 30 artistas en escena —y a autoridades como el presidente Yamandú Orsi y el intendente Mario Bergara sentados en primera fila—, se graba para su futura edición en disco.
La apertura marca el tono. Un cuarteto de guitarras, liderado por Julio Cobelli, recorre en clave instrumental clásicos como “El violín de Becho” y “Pa’l que se va”. Sentados en semicírculo, Leonardo Delgado, Enzo Fernández, Diego Oyhantcabal y el propio Cobelli sostienen ese entramado de guitarras, el corazón del sonido Zitarrosa. Es ese fraseo reconocible, hondo, que remite a una memoria colectiva y golpea con la misma fuerza que una cuerda de tambores, un coro murguero o el lamento de un bandoneón.
El golpe definitivo llega con “Stephanie”. La voz grabada del homenajeado irrumpe por los parlantes y se trenza con el cuarteto en vivo. Fraseo profundo, canto sin apuro, cada palabra paladeada antes de decirla. “No hay dolor más atroz que ser feliz”. En esa frase se le va la vida. En las primeras filas, en el palco de invitados, asoman algunas lágrimas. Alcanza con cerrar los ojos: por unos minutos, canta Zitarrosa en la Plaza Fabini.
La primera sección se completa con Cobelli como nexo. Malena Muyala, que hace 10 años brilló en el Zitarrosa 80 del Estadio Centenario, repite la hazaña con una conmovedora versión de “La canción quiere” dicha desde el cuerpo. No es solo la voz; es la intención, el pulso, la forma de sostener cada palabra. La elección no es casual. “La canción mía, / siempre porfía, / puede morir, pero quiere / cantarle solo a la vida, / que no la olvida”. En esos versos está el núcleo de su obra.
Luego llega el turno de Chacho Ramos, en formato mínimo, guitarra en mano. A dúo con Cobelli, interpreta una celebrada versión de “Milonga para una niña” y confirma la lógica de esta primera parte. Se trata de un acercamiento apoyado en las guitarras, que dialoga de forma directa con las versiones originales, incluso cuando reduce o ajusta la instrumentación.
Tras el intervalo —con un video que recuerda la vuelta del exilio en 1984 y palabras de autoridades—, el espectáculo cambia de enfoque. La segunda parte amplía el formato y propone otra lectura. Bajo la dirección musical de los guitarristas Juan Pablo Chapital y Jacinta Bervejillo, la banda —con Martín Ibarburu en batería, Julieta Taramasso en bajo y Federico Araújo en teclados y acordeón— reconfigura el repertorio y lo proyecta hacia un sonido distinto.
En ese nuevo marco, el encargado de inaugurar la segunda parte es Numa Moraes, con una excelente versión de “Del amor herido”, donde destacan la batería con escobillas de Ibarburu y el fraseo de la guitarra eléctrica de Chapital. Otros referentes, Washington Carrasco y Cristina Fernández —y qué intérprete Cristina—, hacen lo propio con “La canción y el poema”, ya con un solo de guitarra de Chapital que dialoga con el trémolo del instrumento de Bervejillo.
En esa intención de reimaginar el repertorio de Zitarrosa hay gratas sorpresas: el dúo de Garo Arakelian y Lucía Romero convierte “Recordándote” en el reencuentro de dos voces atravesadas por un amor trunco; Camila Ferrari y Sofía Alvez, dos voces clave de la nueva escena, reescriben “Adagio a mi país” con un contrapunto final de gran intensidad; y Maia Castro, que viene de dedicarle un disco a Zitarrosa y Amalia de la Vega, entrega una versión sentida de “Qué pena”. En la lista también se destaca “Dulce Juanita”, por Eduardo Larbanois y Juan Alberto Rodríguez, y “Pa’l que se va”, por Tabaré Cardozo, donde el acordeón de Araújo cumple un rol clave.
Si de nuevos terrenos se trata, Dani Umpi merece un párrafo aparte. Junto a Shuriken, lleva “Si te vas” hacia un cruce entre electrónica y milonga. A su vez, AVR, Alfonsina y C1080 se encuentran en una versión de casi ocho minutos de “Candombe del olvido”.
Cerca del final, Luana se lleva la ovación más grande con “El violín de Becho”. Su interpretación confirma el crecimiento sostenido de su trabajo como intérprete todoterreno y suena a círculo que se completa. La pieza que sampleó en el inicio de “Você”, de Icónica —su debut solista—, ahora la encuentra cantada por ella, con una dulzura que acentúa su costado más melancólico.
Así como con “Stephanie”, la voz de Alfredo vuelve a tomar el protagonismo en el cierre. Esta vez, a través de un video de una presentación de 1980 en la televisión mexicana, interpreta el candombe “Doña Soledad”. Otra vez, la maestría de su interpretación, los movimientos de las manos, de la cabeza, reafirmando cada frase. Después de los homenajes, la escena adquiere una densidad distinta, más honda.
Mientras tanto, los músicos que participaron del homenaje se reúnen para la foto final. La voz del homenajeado sigue sonando por los parlantes y, en ese cruce, resuena lo que había dicho Washington Carrasco antes de cantar. De frente al público que llenó el lugar, pidió tres “vivas” que fueron repetidos al unísono: “Viva Alfredo Zitarrosa, viva el canto popular y la poesía, viva el Uruguay”.
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