Marga & Betty: la historia del dúo que fue furor en "Discodromo Show", se reía de la fama y conquistó festivales

Marga Fuentes, una de las integrantes de Marga & Betty, narra la historia del dúo al que Alfredo Zitarrosa le compuso “Adagio en mi país” y que grabó un clásico con la ayuda de Federico García Vigil.

El dúo Marga y Betty.
El dúo Marga y Betty.
Foto: Archivo El País.

Marga Fuentes está sorprendida. Habla desde Colmenar Viejo, a 35 kilómetros de Madrid, y no termina de entender del todo el renovado interés por el dúo que integró con su hermana Beatriz a fines de los sesenta: Marga & Betty, figuras habituales de Discodromo Show y ganadoras de varios festivales de la época.

El punto de partida fue una historia lateral que, de pronto, pasó al centro. En el aniversario número 90 de Alfredo Zitarrosa, una nota publicada por El País reconstruyó el origen de “Adagio en mi país” y se detuvo en la vida trunca de la canción: había sido pensada, en un principio, para que la interpretara el dúo en la primera edición del Festival OTI de la Canción, en 1972.

Apoyada en material de archivo y en un registro del ensayo a primera vista —rescatado por el Archivo Zitarrosa y subido luego a YouTube por la propia Marga—, la historia adquirió una vida inesperada. Pero había un problema: no era fácil dar con ellas. Para esa nota, de hecho, no se había logrado establecer contacto.

Al día siguiente, en Quién te dice, el programa de Del Sol que conducen Pablo Fabregat, Majo Borges y Gonzalo Delgado, leyeron el artículo. Mientras las voces del dúo volvían a sonar en la radio, empezaron a llegar mensajes: oyentes que las recordaban en la televisión, que cantaban “La Tía Paca”, que jugaban a ser ellas.

Y entonces, gracias a un oyente, apareció Marga. “Estoy contenta de que sepan que hemos cantado una vez en Uruguay y que hemos existido”, dijo días después, cuando la entrevistaron en Del Sol. Ahora, en diálogo con El País, reafirma su sorpresa: “¿Por qué tanto interés en hacerme una entrevista después de tanto tiempo? ¡Es increíble!”, dice, entre risas.

—El origen de todo esto fue “Adagio en mi país”. Ahora que pudimos comunicarnos, ¿cómo fueron aquellos encuentros con Zitarrosa?

—Todo empezó porque íbamos a presentarnos a la preselección de la OTI, que se hacía en Canal 12. Llamamos a Zitarrosa, a quien conocíamos de Discodromo, para que nos escribiera una canción. Él iba seguido al programa —no tanto como nosotras— y era un hombre sagrado, que imponía respeto. Igual, nos animamos a llamarlo. Vino a casa una tarde, Beatriz le tocó un estudio para guitarra de Fernando Sor, dijo que le gustaba y empezó a tocar en el piano. Así empezó la historia. Después nos llamó a su casa, en el Prado, y nos mostró el “Adagio en mi país”.

—Contaste que, mientras escuchaba el demo, se le escapaban las lágrimas a Alfredo…

—¡Le corrían los lagrimones por la cara! Estaba muy conmovido. Fue un ensayo a primerísima vista: nos hizo escuchar la canción dos veces y después, a cantar. En ese audio se escucha el silbido de mi padre, que había ido con nosotras. Y cuando nos fuimos, antes de subirnos al auto, dije: “Si cantamos esta canción, vamos en cana”. Lo dije así porque era verdad. Había una represión muy grande en Uruguay. No se podía hablar por teléfono, no se podía levantar la voz. Estábamos muy tocados, y con Betty no teníamos ganas de terminar en la cárcel por una canción. Alfredo nunca supo por qué no nos habíamos presentado al festival.

—Ya que lo mencionás, ¿cómo recordás la dinámica de trabajo en Discodromo Show?

—Era muy simple. Rubén Castillo nos llamaba en la semana y nos decía: “La semana que viene cantan ustedes”. No había escenografía: los camarógrafos nos indicaban dónde pararnos y listo. Todo era en vivo. A veces Rubén nos hacía una entrevista antes de cantar. Fue una experiencia fantástica. Y él era un hombre muy profesional, con un conocimiento enorme de teatro; se aprendía mucho a su lado. El ambiente era precioso: éramos como niños de escuela. Casi todos los domingos, después del programa, terminábamos en casa comiendo ravioles, éramos un batallón (se ríe). Así se armó una amistad muy grande con Leticia, que cantaba, y con Rosario Castillo, que presentaba los lanzamientos de discos.

—Ustedes no llegaron a grabar un álbum, pero sí varios simples. Un artículo de la época cuenta que consiguieron un contrato a partir de una actuación en Parque del Plata. ¿Cómo se dio ese salto?

—Yo tenía 16 años y trabajaba en el departamento de contabilidad de United Artists. Le comenté al gerente que cantaba con mi hermana y nos invitó a una cena del Club de Leones, en Parque del Plata. Cantamos ahí; esa noche estaba el director de Philips, que nos propuso grabar un simple. Entonces, viajamos a Buenos Aires e hicimos dos canciones en los Estudios ECO.

—Debe haber sido un cambio grande pasar del Club de Leones a un estudio en Buenos Aires.

—¡No éramos conscientes de nada! (se ríe) Nos reíamos de la fama. Estábamos en la pavada, pensábamos en el amor; lo demás era secundario… (se interrumpe) Bueno, en realidad mi obsesión era ensayar y que nos dejaran tranquilas. En eso yo siempre estaba detrás de Betty, que era más bohemia (se ríe).

Marga y Betty.
Marga y Betty.
Foto: Archivo El País.

—En 1969 ganaron el Festival de la Canción de Punta del Este, y al año siguiente repitieron en Parque del Plata. ¿Cómo lo recordás?

—Sí, las dos canciones eran del mismo autor: Alberto Solari. En Punta del Este presentamos “Despertar pobre”, que después grabamos en un sencillo, y en Parque del Plata cantamos “La Tía Paca”. Me acuerdo que Alberto cayó una mañana en casa, nos la cantó y la dejó grabada para que la aprendiéramos. Pero sentíamos que le faltaba algo, así que llamamos a Federico García Vigil

—¿En serio?

—Sí, era amigo nuestro y lo veíamos como otro hombre sagrado. Cuando la escuchó, nos dijo lo mismo: le faltaba algo. Así que se le ocurrió hacer un canon y lo compuso en el momento. Fue una maravilla. La presentamos y ganamos. El premio era de 150 mil pesos: nos dieron un cheque, Alberto subió con nosotras a recibirlo y se lo dimos entero para que lo repartiera con Federico. Después nos enteramos de que le había dado una suma mínima. Fue horrible. El canon era lo que hacía la canción, y él le dio una limosna. Eso nos reventó.

—El dúo siguió cantando hasta 1978, ¿por qué decidieron parar?

—Betty no quiso cantar más. Tenía una presión muy grande y lo llevó muy mal. Para mí fue un golpe fuerte. Después seguí un tiempo como solista, pero duró poco. Más adelante, Betty se fue a vivir a España.

—Tiempo después te hiciste conocida por una publicidad de televisión.

—Sí, la de la picadora Moulinex (se ríe). En la primera decía: “Le voy a contar un secreto: Philippe Junot le regaló una a Carolina de Mónaco cuando se casaron… ¿y usted? ¿Por qué no le compra una a su señora? ¡Malo!”. Salió en los tres canales privados y, cuando los representantes de la marca en Uruguay la vieron, llamaron a la agencia: “¿Quién es esa loca? ¡Sáquenla del aire!”. La levantaron, pero a los dos días se dieron cuenta de que había sido un éxito y volvió. Jugaron conmigo de una manera impresionante...

—¿Por qué?

—Porque a partir de ahí empecé a grabar un comercial detrás de otro, cada vez más loco. En uno salía con un atado de nabos en la mano, los miraba y decía: “Poooobres nabos… Y pobres zanahorias, remolachas y apios, quedan hechos tiritas con la nueva picadora Moulinex”. Y en plena campaña del referéndum del '80, los canales pasaban primero la propaganda por el Sí —para que siguieran los militares— y, enseguida, salía yo diciendo: “Poooobres nabos” (se ríe). ¡Imaginate! Desde la empresa llamaban desesperados para que lo sacaran del aire: “¡Nos van a matar a todos!” (se ríe). Hacía tantas publicidades así, que cada vez que salía a la calle, la gente decía: “Ahí va la loca de Moulinex”; se olvidaron de la cantante. Por suerte, antes de firmar el contrato incluí una cláusula: si me iba al extranjero, quedaba rescindido. En esa época, además, trabajaba como relaciones públicas de Radio Sarandí y estaba disconforme con todo. Como Beatriz ya estaba en España, me fui yo también. Y acá sigo.

Marga y Betty cantando, en la actualidad.
Marga y Betty cantando, en la actualidad.
Foto: Gentileza Marga Fuentes.

—Cuando te fuiste a España, ¿intentaste seguir vinculada al canto?

—En realidad, primero probé en radio. Hice las pruebas y salió todo bien, pero el acento era un problema. Y yo dije: “No voy a perder la personalidad que tengo”. Así que lo dejé. Entonces me volqué a lo comercial: vi un aviso y entré a trabajar en una editorial de revistas del motor, Luike. Me recibieron con tanto cariño que terminé siendo parte de la familia. Pasé años maravillosos ahí.

—¿Y cómo siguió esa etapa?

—Después me casé y me fui a vivir a Granada, pero el matrimonio naufragó. Volví a Madrid y empecé de nuevo: trabajé como secretaria en el Banco Zaragozano, después vendiendo publicidad para revistas de hoteles Meliá, y más adelante volví a Luike, donde llegué a ser jefa del departamento de publicidad. Ahí compré mi primer apartamento. Cuando me despidieron de Luike, viví un tiempo de la indemnización y del paro, y empecé a estudiar shiatsu. Me perfeccioné, me recibí de osteópata y me jubilé como quiromasajista. Después decidí mudarme más cerca de mis hermanas —además de Betty, mi hermana menor vive aquí—, y vivo en Colmenar Viejo, en un piso maravilloso frente al Club de Golf. Estoy feliz.

—¿La música sigue apareciendo en la vida familiar? ¿Se juntan a cantar con Betty?

—No, en ese sentido no. Tengo cuatro sobrinos, y la única mujer se casó hace diez años y tiene dos hijos. Viven en Londres; ahora vienen en abril y después en Navidad. Cuando nos juntamos es con toda la familia, sobrinos y sobrinos nietos, y no da el tiempo para nada, ni para agarrar la guitarra. Además están hartos de oírnos, ¡no les interesa para nada! (se ríe). Tampoco pongo grabaciones nuestras en casa, no se me da por hacerlo. El otro día escuché en la radio el ensayo de “Adagio en mi país” y pensé: “Qué agudas esas voces”. Ahora nos saldría algo más lindo.

—¿Qué te pasa cuando pensás en los mensajes que llegaron cuando te entrevistaron en Quién te dice?

—Primero, emoción. No puedo creer que a esta altura se sigan acordando de nosotras. Y después pienso: “¡Los periodistas no tienen nada nuevo para contar en Montevideo!” (se ríe).

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