Carlos María Fossati: un recital en el Movie para celebrar sus 80 años y la historia de "De poncho blanco"

El cantante de clásicos como "De poncho blanco" y "¡Hasta sucumbir" repasa su carrera, recuerda cómo esquivó la censura en dictadura y revela detalles del concierto que ofrecerá en el Teatro Movie.

Carlos María Fossati.
Carlos María Fossati.
Foto: Leonardo Mainé.

"Tengo 80, pero parezco de 79”, bromea Carlos María Fossati al comienzo de su entrevista con El País. La carcajada llega rápida; la reflexión, enseguida. “¿Cuándo en la vida iba a pensar yo que iba a cumplir 80 años un día?”, dice. Y una cifra así, claro, merece celebración.

En su caso, además, el festejo no podía ser en otro lugar que arriba de un escenario, un lugar que, desde los siete años, se volvió su segundo hogar. “Fue en la kermesse del Seminario”, cuenta. “Me disfrazaron de cowboy, me dieron una guitarra que apenas podía sostener y una pistola de juguete para hacer unos tiros... Pero me falló el fulminante”, relata. “No me olvido más. Me quería ir al diablo, pero tenía que terminar la actuación. Hasta me acuerdo de la canción: ‘Viva el gran Bill, orejitas, el vaquero’”.

El cantante de clásicos como “De poncho blanco”, “¡Hasta sucumbir!” y “De campaña” celebrará sus ocho décadas el jueves 19 a las 20.30 en el Teatro Movie. El espectáculo, titulado Fossati x 80, será un repaso por su trayectoria y una celebración compartida. Como ya hizo en su disco Contrapunto de amigos (2010), estará rodeado de colegas, familiares y músicos cercanos. Las entradas están a la venta en la web y boletería de Movie, y los precios van de 640 a 940 pesos.

Será también una forma de homenajear a uno de los cantores que dedicó buena parte de su obra a rescatar las raíces históricas del país. En la contratapa de su tercer disco, Carlos María Fossati vol. 3, un texto de Washington Benavídes lo definía con precisión: “Carlos María le canta al héroe anónimo del trabajo o de la guerra, y a los creadores de nuestra nacionalidad, como José Artigas, Leandro Gómez, Manuel Oribe y Aparicio Saravia”.

Cuando se le recuerda aquel texto, publicado en 1977, Fossati sonríe. “La verdad es que se pasó”, dice agradecido. “Me acuerdo que me bautizaba como ‘el gaucho-trova’”. El apodo alude a Pablo Luna, uno de los personajes de Soledad, la novela de Eduardo Acevedo Díaz. Y también resume bastante bien la trayectoria de un cantor que hizo de la historia, la tradición y la memoria colectiva el centro de su obra.

Sobre esa historia, esas canciones y los recuerdos que las rodean gira esta conversación con Fossati.

—¿Cuándo descubrió que la música también podía ser una herramienta de memoria colectiva?

—Yo siempre fui apasionado por mi historia, la historia de Uruguay; después no me preguntes nada de otro país porque no sé nada (se ríe). Yo llegué hasta el preparatorio y en las clases de historia saltábamos de la Guerra Grande a la Segunda Guerra Mundial. Lo del medio era todo un agujero negro: no se sabía quién era Timoteo Aparicio ni Leandro Gómez. Por eso me interesaba hablar de ellos. Recién hace pocos años me enteré de que mis temas de índole historicista tuvieron importancia. A veces me encontraba con algún tipo en un festival que me contaba que sus padres lo obligaban a escuchar mis canciones y que así aprendieron quién era, por ejemplo, Gumersindo Saravia.

—En plena dictadura, rescatar a un símbolo de resistencia como Leandro Gómez también tenía una lectura política, ¿no?

—Sí, porque estábamos en dictadura y yo algo tenía que hacer. ¿Y qué sabía hacer? Cantar. Así que tenía que buscarle la vuelta a las canciones para que no tuvieran vuelo corto; que no me las prohibieran antes de abrir la boca. Cuando se nos ocurrió con Enrique Rimbaud, mi poeta de cabecera, cantarle a Leandro Gómez, se la pusimos difícil a los milicos. Muchos años después me lo confesaron. ¿Cómo iban a prohibir una canción como “¡Hasta sucumbir!”, si cuando yo abría la boca cantaba: “Hasta sucumbir, / liberar la patria o si no morir”? (sonríe). ¿Quién te podía prohibir por cantar sobre un héroe de la patria, que todavía era militar? (se ríe). Se las hacíamos difícil… No sabían qué hacer conmigo.

—Y el público entendía enseguida ese mensaje entre líneas, ¿no?

—¡Claro! El disco Heroica Paysandú, que hice unos años antes, en 1976, fue un golazo. Además, en ese momento se dio otra cosa: los cantores de prestigio como Los Olimareños, Zitarrosa, Viglietti, Numa Moraes y Tabaré Etcheverry se habían exiliado porque acá no tenían campo de acción. Entonces éramos pocos los que quedábamos. Estaban, por ejemplo, Santiago Chalar, Carlos Benavídes, Los Zucará… Y había hambre de escuchar. Todo eso ayudó a que nos dieran bola.

—Ya que nombró a Etcheverry, él fue uno de los autores de “De poncho blanco”, su canción insignia. ¿Cómo surgió la idea de grabarla?

—Tabaré es el autor de la música y el poeta Julián Murguía de la letra, que firmó con el seudónimo de Martín Ardúa. Un día apareció Tabaré por casa y me dijo que había grabado “De poncho blanco” en Buenos Aires para un disco llamado Crónica de hombres libres, que tenía recitados de Alberto Candeau. Me dijo que se la habían prohibido y me pidió que la grabara yo. Salió en mi primer disco, y permitió que la gente supiera que yo existía.

—Y se convirtió en uno de los himnos del Partido Nacional.

—Sí, es el segundo himno del Partido. Y la gente, sobre todo la gurisada, se sabe más la letra de “De poncho blanco” que la de la “Marcha de Tres Árboles”… (se interrumpe). Son distintas: con la “Marcha” hay que ser medio ingeniero para aprenderla (lanza una carcajada). Yo soy uno de los que peludea, ¡una vergüenza! (se ríe).

—¿Y cuál cree que es el secreto de la permanencia de “De poncho blanco”?

—Lo primero es que está bien escrita y tiene una buena música. El momento fue clave. La gente quería escuchar algo que le removiera la tristeza de la dictadura. Ese es el secreto.

—¿Cómo se imagina la noche del 19, en ese festejo rodeado de amigos y colegas?

—Rezando para tener resistencia (se ríe). Yo soy, como todos los cantores, una persona sensible. Y bueno, hay que prepararse para aguantar. Con que haya tres espectadores ya va a ser muy emotivo. (hace una pausa) Además, no te voy a mentir: con la edad que tengo, no creo que vuelva a subir a las tablas después de esto…

—Bueno, nunca se sabe…

—Nunca se sabe, macanudo (sonríe). Capaz mañana me llaman de La Scala de Milán… ¡y voy a tener que ir! (se ríe).

—Después de tantos años de canciones y discos, ¿qué significa para usted haber recorrido escenarios de todo el país con su obra?

—No hay pueblo donde no haya estado. Una vuelta alguien se reía de mí porque nunca gané un premio en un festival… Y es cierto. Entonces, ¿qué hice? Al tipo le empecé a nombrar localidades del Uruguay, ninguna cerca de la carretera, y le dije que en cada uno de esos lugares tengo, por lo menos, dos amigos, pared donde rascarme y cueva donde refugiarme (sonríe). ¿Te parece poco premio?

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