"La belleza de ser un eterno aprendiz”, canta Jorge Drexler en “¿Qué será que es?”, tomando prestada una frase del brasileño Gonzaguinha. La línea funciona casi como una clave de lectura de Taracá, su nuevo disco. Y, en buena medida, de su obra. En esas siete palabras se condensa una de las máximas que atraviesan su trayectoria: aprender, moverse, volver a empezar. Esa pulsión ya estaba en “Cinturón blanco”, de Tinta y tiempo, y encontraba una formulación casi programática antes, en “Movimiento”, que abría Salvavidas de hielo: “Si quieres que algo se muera, déjalo quieto”.
A esta altura de su carrera, Drexler podría haberse instalado con comodidad en la fórmula refinada que hizo de discos como Eco, 12 segundos de oscuridad o Amar la trama referencias inevitables de la canción latinoamericana reciente. Su oído melódico y su precisión como letrista le alcanzarían para sostener un público fiel. Sin embargo, su trayectoria parece impulsada por la dirección contraria: la del artista que se obliga a cambiar de método para no repetirse. Canciones recientes como “Tocarte”, con C. Tangana; “La duda”, con Juan Campodónico; y “Me desperté”, con Bhavi, lo reflejan. Es en ese territorio —entre la curiosidad y el juego artístico— donde eligió darle forma a Taracá.
En aquellas colaboraciones, el acercamiento era hacia la música urbana e incluso en "Me desperté" se animó a rapear. En Taracá, en cambio, la exploración toma otro rumbo: volver a la raíz, dialogar con los géneros que forman el ADN de la música uruguaya. La decisión también tiene una dimensión personal. El propio Drexler lo explicó a El País en diciembre: la construcción de su casa en La Serena, la llegada a los 60 años, las tres décadas desde que se instaló en Madrid y, sobre todo, la muerte de su padre. En ese contexto, grabar en Uruguay parecía la única forma de encontrarle sentido a todos esos desplazamientos.
La frase que abre “Toco madera”, la canción que inaugura el disco, reafirma esa necesidad: “Tu geolocalizador / dice que estás alejándote, / tu punto se mueve, pero… / ¿hacia dónde? / ¿y hacia quién?”. El candombe en Taracá es el barco en el que Drexler navega ese mar de preguntas. El momento es el indicado. Dejar de ser hijo para ser solo padre y entrar en la sexta década vital mueve cimientos. Las preguntas más profundas —las que nunca terminan de responderse— acechan. Insisten.
No es casual, entonces, que tres de las once canciones del disco adopten la forma de una pregunta: “¿Cómo se ama?”, “¿Qué será que es?” y “¿Hay alguien A.I.?”. Esta última, centrada en el avance vertiginoso de la inteligencia artificial, formula la inquietud más amplia del álbum: “¿Qué es lo que hace a un ser, ser un ser humano?”.
La búsqueda se viste con el ropaje de lo colectivo, que tiñe a Taracá de un clima festivo y bailable. El candombe es la vía perfecta para hacerlo. En canciones como “Toco madera”, la clave de tambores dialoga con una electrónica sutil y con guiños al funk brasileño. “¿Cómo se ama?” deja filtrar ecos del trap, mientras que “Las palabras” combina la cadencia del candombe con el coro murguero y arreglos sinfónicos.
Acompañado por figuras de la nueva escena local como Facundo Balta y Tadú Vázquez; colaboradores históricos como Carlos Casacuberta y Lucas Piedra Cueva; y el aporte crucial de la Rueda de Candombe y la SUSI dirigida por Ignacio Algorta, Drexler suma nuevas joyas a su repertorio. Y, luego de casi 35 años de carrera, no es un dato menor. Taracá también se inscribe en una corriente de discos que vuelven la mirada hacia sus raíces para proyectarlas hacia el mundo, como El madrileño de C. Tangana o DeBÍ TiRAR MáS FOToS de Bad Bunny.
La lista tiene varios puntos altos, pero hay una parada obligatoria en ese recorrido: “Ante la duda, baila”, a la que el uruguayo definió como una “canción-ensayo”. Con el candombe como punto de partida, recita cinco episodios en los que el poder prohibió el baile, desde la zarabanda en 1583 hasta el reggaetón en 1995. Todos comparten un mismo punto de contacto: el miedo, el pudor ante la liberación del cuerpo y ante aquello que se percibe como impuro. La conclusión vuelve sobre una idea que atraviesa buena parte del disco: ante la duda, baila.
“El tambor chico” ofrece otra de las respuestas clave a las preguntas que recorren el disco. De allí surge también el título del álbum: Taracá, una aféresis de “estar acá” y, al mismo tiempo, un guiño al pulso del tambor chico. La idea explicita una postura vital. Es, también, un abrazo al presente: “Allá va el chico dando guerra, / media corchea después de la tierra, / con su cadencia tocadora, / que te hace estar acá y estar ahora”.
Sobre esa misma mirada se construye “Amar y ser amado”, una canción bellísima que propone una posible respuesta a otra de las grandes preguntas del disco: la que plantea “¿Cómo se ama?”, una de las letras más honestas del álbum. “El amor va por su propio espacio/tiempo, / el amor no puede ser ni errado ni cierto (...) / Amar y ser amado, / y poco más”.
La reflexión alcanza su punto más profundo en “¿Qué será que es?”, la versión de Drexler del clásico de Gonzaguinha. Acompañado nuevamente por la Rueda de Candombe, vuelve sobre la pregunta más elemental: qué es la vida. Y en ese cruce entre baile, canto colectivo y celebración del presente, Drexler parece encontrar su respuesta. La resume en la frase de un niño: “Es la vida, ¡es bonita y es bonita!”.
En este camino de cuestionamientos y ensayos de respuestas aparece también “Nuestro trabajo/Los puentes”, que con el aporte de Américo Young vuelve sobre el sentido de cantar en tiempos inciertos. “Se preguntarán qué es lo que hacemos cantándole al amor, / mientras el mundo se va al carajo. / Ni más ni menos que nuestro trabajo”.
El cierre llega con un golpe íntimo. Dedicada a su padre, en "Las palabras" Drexler se encuentra con la murga Falta y Resto para una despedida serena. Allí aparece una frase que funciona como síntesis de todo el recorrido: “La gente pasa, pero las palabras quedan”.
Así se completa la intención de Taracá: volver a empezar, abrazar las raíces, dejar las reflexiones por escrito para quien las necesite y, sobre todo, seguir haciéndose preguntas para celebrar la belleza de ser un eterno aprendiz.