"Yo soy una niña en un cuerpo viejo, por eso juego a no mirarme al espejo”, recita Vera Sienra. Su voz, aterciopelada, sostiene cada palabra con la convicción de quien revela el secreto de una actitud vital. El verso abrirá Nosotros, en presente, el espectáculo que presentará el domingo 12 de abril en la Sala Zitarrosa, rodeada de colegas.
En el living de la casa de Punta Carretas donde vivió toda su vida —esa que inspiró “Las ventanitas”—, y con té de por medio, la artista de 78 años habla sin apuro. Lo suyo no se limita al arte. Dialogar con Vera Sienra implica entrar en una reflexión sobre el paso del tiempo y la necesidad de sostener la infancia como forma de abrazar el presente.
En el centro de Nosotros, en presente está una frase que funciona como síntesis y declaración de principios: “Arriba los que aman”. La tomó de Gustavo “Tato” Martínez, titiritero de la histórica compañía Gira-Sol, y la convirtió en canción y en uno de los ejes que ordenan el espectáculo.
La propuesta también se construye desde lo colectivo. Con 10 artistas en escena, el espectáculo apuesta a una experiencia compartida, casi como una reunión. La acompañan Colomba Biasco, Guzmán Escardó, Gustavo Di Landro, Gabriela Morgare, Eduardo Yur, Carlos Gómez, Andrea Diez, Sara Petrocelli y Matías Bertinat: un grupo que no solo interpreta, sino que construye sentido en común. Para Sienra, no se trata solo de cantar, sino de generar un espacio donde algo circule entre quienes están arriba y quienes escuchan. “Es importantísimo encontrarse”, dice, en un contexto que percibe cada vez más frío y fragmentado.
Ahí aparece el sentido más profundo de Nosotros, en presente: no como consigna, sino como práctica. La intención es que cada espectador se lleve algo —una imagen, una pregunta, una emoción— y, sobre todo, la posibilidad de revisar su propio recorrido. Porque, para Sienra, ese “arriba los que aman” no es solo una consigna, sino una forma de enfrentar la vida.
Las entradas para el espectáculo se consiguen en Tickantel. En la previa, esta entrevista.
—Nosotros, en presente reafirma algo que atraviesa tu obra: lo colectivo. ¿Cuándo descubriste su importancia?
—Cuando uno se hace viejo aparece una revisión de la vida. Y ese “nosotros” siempre estuvo. El primer disco se llamó Nuestra soledad, en el 69. Con el tiempo ese “nosotros” ha crecido, a partir de la necesidad de amigos y de agruparse para generar proyectos. Los años pueden hacerte evolucionar, crecer interiormente; o cerrarte en ese “yo”. Y siendo viejo, tener amigos es un privilegio, porque estar solo es bravo (hace una pausa). Gracias a Dios, mi historia siempre ha sido en compañía. De pronto no he hecho cosas que lo parezcan, porque son más bien reflexiones. Pero siempre he sido —y no lo he podido evitar— intimista.
—Bueno, la creación artística tiene, necesariamente, un componente intimista, ya sea para componer una letra, escribir un poema o pintar un cuadro. Luego, se puede traducir en algo colectivo.
—Es cierto. Ahí la soledad se volvió una compañera. Mi ambición ha sido encerrarme para hacer una buena canción, concluir un cuadro donde el rojo hable como yo quiero que hable. El intimismo siempre ha estado en mi vida, pero también he compuesto pensando en los demás: “¿Qué pasa con estos humanos?”, “Algo que contar” y “La inconformidad”. El trabajo de los seres humanos hoy es reconocerse. A veces uno mira a la gente por arriba, y es un defecto humano. Pero, ¿qué siente? ¿Cómo es interiormente esa persona? Te lo perdés. Generalmente se pierde en la nebulosa de los saludos.
—En su nuevo disco, Jorge Drexler versiona “¿Qué será que es?” y hay una frase que parece dialogar con tu vida: “La belleza de ser un eterno aprendiz”. ¿Cómo se vive eso a los 78 años?
—Para ser un aprendiz constante tenés que apelar a la infancia (sonríe). Si la dejaste afuera, ¿cómo hacés para recuperar esas ganas, incluso de lo que puede aburrir? Yo estoy contigo: en cualquier quehacer humano tiene que haber un aprendiz que quiera, que se entusiasme.
—En esa línea, no perder la capacidad de asombro parece clave para la creación.
—Sí, porque la vida te va llevando, y hay veces que no podés negarla ni contradecirla. Me acuerdo de cuando hice una canción muy humilde, muy chiquita, “La flor”: fue, justamente, por una flor (sonríe). Ver cómo dura un día junto a la costa oceánica, enganchada en una roquita, florece así, espléndida, y dura un día. Esa belleza del hecho en sí, ese juego entre lo permanente y lo fugaz.
—Y ese acto fugaz que percibiste quedó fijado en una canción...
—Sí, ese es un privilegio que tuve. Viví toda mi vida cerca de la costa, y de pronto ir, ver el agua, los reflejos del sol, y que surja una frase: “Cierta magia de lo transparente da en el agua”, de “Fluyen sentimientos”. Entonces, volví rápido a casa para fijarla en el papel. A veces pasa eso: la vida te proporciona los temas. Me ha pasado muchas veces: escribir por una persona, por la bondad de alguien, por ver crecer a un hijo. Si hago una revisión, todo lo que he hecho está vinculado con la vida.
—¿Qué cosas te emocionan hoy?
—Estoy en un período de muchas emociones, querido amigo. Tantas que a veces me cuesta respirar (suspira y se toma un momento). Me emociona la gente, determinadas personas, cómo sienten, cómo son. Me emociona, con dolor, darme cuenta de que me pierdo cosas. Y también preguntarme: “¿Cómo puede ser que me distraje en esto?”. Porque eso también es una emoción. En el mundo de las emociones están las sublimes y las dolorosas. Me emociona la gente, el mundo animal, un jardín. Seguir viva y poder decir: “Estoy acá”. Me emociona escuchar una buena canción, el dolor del otro y también su alegría. Porque uno tiene muchos defectos —y ha tenido más—, pero la vida me ha permitido revisar e ir mejorando como individuo. Entonces, también se puede trabajar con esas emociones que no nos gustan. Algunas son como un revoltijo; descubrir una parte negativa de uno y enfrentarse a la lucha contra esas emociones jodidas...
—Y luego convertirlas en arte...
—Sí, aunque no hablo solamente del arte. De cualquier manera, te puedo decir que el arte me salvó. Lo pongo con un amigo leal y exigente... por no decir un amante exigente (se ríe). Porque siempre que aparece lo hace con todas sus bondades, pero al mismo tiempo te dice: “No te me hagas la viva. No me extraigas, nada más. Dame algo”. Es como la naturaleza, la gran creadora: te suelta como ser humano, y te toca seguir creando.
—Volviendo al comienzo de la entrevista, ¿qué tan importante es reafirmar el “arriba los que aman” en este momento?
—La frase lo dice, pero no es algo que esté tan presente hoy. El amor es la fuerza creadora de todas las cosas, pero no es solamente que estamos todos para arriba. El “arriba los que aman” también habla del tipo que sufre y sale a flote ayudando a otros, porque sostiene el amor a la vida y a sus etapas. Hay que ser muy desprejuiciado para juzgar una vida: puede meterse en unos líos brutales y, después, sale una flor.