El día que vio un piano tirado en la basura, Flor Gamba cometió su primer acto de rebeldía. En la Barcelona en la que se había instalado su familia, miró por la ventana y contempló, a lo lejos, un pianito rojo que había sido abandonado. Le gusta esta historia porque guarda algo sagrado: era una niña cuando bajó algunos pisos, cruzó la calle sin que nadie se diera cuenta, rescató, de los descartes, un tesoro. Ese podría ser el comienzo de la historia de la artista que hoy recorre el mundo junto a Jorge Drexler.
Flor Gamba —pelo rubio como de sirena, el hablar atropellado, una certeza vocacional que se reconfiguró tras una crisis reciente— es una de las incorporaciones del cantautor uruguayo para el tour de Taracá, que viene de llenar dos veces el Antel Arena y está en una pausa antes de seguir por América Latina y Europa. En el escenario canta, toca varios instrumentos, baila un poco, aporta su ADN uruguayo para defender un disco bañado de candombe. Tiene un momento protagónico cuando, mano a mano con el propio Drexler, interpreta “Te llevo tatuada”, el delicado tema que grabó la puertorriqueña Young Miko. Sobre todo, descubre. Más bien, confirma.
Hubo un tiempo en el que estuvo perdida. “En un momento empecé a ver la música como un medio para algo: laboral, vital, lo que sea”, confiesa en videollamada desde Madrid. “Pero la música es el fin en sí mismo. Es el fin y es el principio. Es el fin del mundo”.
Por eso, el 21 de abril, el día en que su abuela hubiera cumplido años, lanzó su primer disco: DOCE. Un álbum analógico, grabado en cinta, hecho para escuchar de principio a fin, que de alguna forma homenajea su vínculo con la guitarra y que aunque no refleja hacia dónde irá su proyecto artístico, funciona de recordatorio.
Si alguna vez vuelve a estar fuera de foco, ahora Flor Gamba tiene un lugar a donde volver.
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En su casa en Canelones, la música era “la forma de todo”. Su abuela se la inculcó desde pequeña, le tocó la guitarra, fue fomentando el fuego. Le dijo: “Ay, si te viera el abuelo” una y otra vez, como una forma de invocar al director de orquesta y clarinetista Pablo Gamba, a quien Florencia nunca conoció. “Entonces yo me crié queriendo generar ese recuerdo en mi familia”, dice. “Eso fue un gran motor”.
Estaba en sexto de escuela cuando se enamoró de un vecino y se obsesionaron con tocar canciones juntos. Desde entonces el instrumento —una guitarra familiar, “dura” y “guerrera”, que había que domar con fuerza— la acompañó a todos lados. Armó sus bandas. Compuso sus primeros temas. Un día, su madrina le dijo: “Hagamos una apuesta. Vos terminá el liceo y yo te regalo una guitarra”. Así se abrió otro capítulo.
“Este disco lo hice en homenaje a esa guitarra también. Mucha vida, mucha información, muchos viajes, muchos amores, muchas familias, muchas pérdidas, muchas mudanzas. Y ahí sigue”, dice. “La verdad es que siempre, ante la velocidad de la vida, está ahí. Es como un consuelo, una cuna. Como una sensación de que estoy en casa. Y cuando no la tenés, pasa todo lo contrario. Como que de repente, sin esa herramienta, no significás”.
Hay algo de esa relación que se desprende al escuchar DOCE, más allá de lo que las letras indiquen o sugieran. Una relación íntima, profunda con el instrumento, que tiene que ver con conocer la herramienta y sus infinitas posibilidades.
El inventario esencial de Flor Gamba podría incluir el Archivo 1 de Gustavo Pena, El Príncipe; las obras de Tom Jobim, el repertorio de Erlend Øye de Kings of Convenience, el mundo orquestal y la película La La Land, de Damien Chazelle. Fue por esa obra —por cómo aborda la búsqueda de los sueños— que un día se tomó un avión y llegó a Madrid para empezar de cero. Solo unas horas después, Jorge Drexler entraría a un bar y le diría: “Bienvenida, te deseo toda la suerte”.
Antes, Flor vivió en Montevideo y en un bosque en Maldonado, donde empezó a fantasear con mudarse a España. Ganó una beca para realizar un máster de música para cine al mismo tiempo que la convocaban para componer la banda sonora de un cortometraje. Se llamaba Antes de Madrid. Como para no creer en las señales.
En 2023 dio el único concierto propio de su carrera en Montevideo. Después se subió a un avión, se fue sin plan, llegó a la avasallante Gran Vía, se alojó en un hostel. Esa noche bajó los pisos que la separaban de la calle y entró sola a un bar minúsculo en el que había un concierto con el público repleto de músicos. Y en algún momento llegó Drexler.
Desde entonces se mantuvieron en contacto: “Siempre me preguntaba qué tal la música y me daba consejos increíbles también. ‘Decí verdades’, me decía. ‘Hacé canciones’”.
Este verano, Flor Gamba estaba en Cabo Polonio cuando Jorge Drexler la llamó y le propuso sumarse a su ambiciosa gira.
“Fue un salto grande en mi vida. Bastante grande. Antes de entrar al primer Movistar Arena en Buenos Aires, me dijo: Flor, vení, te voy a decir una cosa. Y me dijo una frase del Tao: ‘Gobierna un gran imperio como freirías un pequeño pez’. Como: ‘vamos a salir a un lugar que está lleno de gente, no te enloquezcas con la inmensidad. Controlá eso como si estuvieses controlando un pequeño pez’. Fue una gran enseñanza, entre tantas que te da, porque aparte es un maestro. Y qué importante poner el foco ahí, en lo sutil, en lo controlable, en nosotros. Para mí el pez pequeño es esa conexión con lo que estás haciendo. La música como un fin”.
Cantar en el Antel Arena fue tan movilizador que terminó escribiéndole una canción a Montevideo. “Fue un antes y un después”, dice. “Tenía un espacio vacío en mi corazón que todavía no se había llenado, y eso lo llenó”.
Hace algún tiempo, Flor se enfrentó a un disco entero que había grabado y se dio cuenta: si mañana se acababa el mundo, no eran esas las canciones que quería dejar. Entonces descartó todo, volvió al proyecto DOCE —abandonado desde que lo mezcló llorando, mientras escuchaba la canción que le escribió a su abuela y que ella nunca pudo oír—, y decidió sacarlo. Ahora está lista para lo que viene: quiere escribir un nuevo álbum en un contexto casi de retiro y arroparlo con su gusto orquestal, lo que más le interesa de la electrónica y la canción de autor, con la voz como estandarte. Quiere hacerlo teatral. Quiere contar una historia.
Tiene 26 años y una idea que la acompaña desde niña: “Yo sentía que todas las aventuras que iba a tener en la vida —profesionales, familiares, de pareja, de amistad, de viajes— iban acompañadas de una guitarra. Sabía que nunca lo iba a abandonar y tenía la certeza de que eso me hacía feliz. Esto soy. Habito el mundo de esta forma”.
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