Era la década de 1950 cuando una niña de Santo Amaro, en el corazón de Bahía, entró por primera vez a un teatro y tuvo una certeza. “Cuando vi un espectáculo por primera vez, pensé: yo soy eso. No sabía si era cantando, actuando o iluminando, pero tenía la certeza de que mi vida estaría en el escenario”, recordaría décadas más tarde en una entrevista con Globo.
Aquella intuición resultó ser una de las profecías mejor cumplidas de la música brasileña. La niña era Maria Bethânia, una de las artistas más influyentes del país vecino y que este jueves cumple 80 años.
Fue su hermano mayor, Caetano Veloso, quien la bautizó, en homenaje a una canción compuesta por Capiba, uno de los grandes nombres de la música nordestina e interpretada por Nelson Gonçalves, una de las voces más populares de Brasil en el siglo XX.
Crecieron en una familia de ocho hijos conformada en el Recôncavo Baiano, la región histórica que rodea la Bahía de Todos los Santos. Su madre, Claudionor Viana Teles Veloso —Dona Canô—, sería figura tutelar en la vida de ambos.
A los dieciséis Bethânia subió por primera vez a un escenario profesional, para cantar en el musical Boca de Ouro, del dramaturgo Nelson Rodrigues. Pero la consagración llegó de manera inesperada dos años después.
En febrero de 1965, la cantante Nara Leão —musa de la Bossa Nova— tuvo que retirarse del espectáculo Opinião por problemas de salud. Bethânia fue convocada para reemplazarla en el teatro del mismo nombre, en Río de Janeiro. Lo que sucedió esa noche cambió la historia de la música brasilera. Con la canción “Carcará”, de João do Vale y Zé Ketti, Bethânia no simplemente cantó: denunció. La pieza era una descripción brutal del hambre y la miseria, y ella la lanzó al público con una ferocidad que parecía surgir de las entrañas del Nordeste (ver recuadro). El impacto fue inmediato. El público la ovacionó y aquella joven baiana con voz de contralto y presencia de actriz se convirtió en estrella.
El reconocido cineasta brasileño Glauber Rocha llegó a definirla como “la Maria Callas del sertão”, una comparación que intentaba explicar la fuerza dramática y la intensidad interpretativa que ya exhibía sobre el escenario.
El mismo año firmó con RCA Records y publicó su primer álbum homónimo. Pero el éxito trajo una trampa: la industria quería reducirla a “cantante de protesta”. Bethânia rechazó el encasillamiento. Volvió a Bahía y solo regresó a Río cuando le garantizaron libertad para elegir su propio repertorio.
Hacer su camino fuera de los moldes
Lo que siguió fue una carrera marcada por la negativa a dejar que otros definieran quién debía ser. Y aunque suele aparecer entre los nombres asociados a la Tropicália, siempre sostuvo que no formó parte del movimiento que revolucionó la MPB con guitarras eléctricas y provocación estética. Bethânia siguió construyendo un camino propio, menos preocupado por las vanguardias y más atento a la fuerza de la interpretación.
En Brasil abundan los compositores célebres, pero ella logró algo distinto: convertirse en la gran intérprete de varias generaciones. Cantó a Chico Buarque, Dorival Caymmi, Caetano, Gil, Vinicius de Moraes y decenas de otros autores. Muchas veces, sus versiones terminaron eclipsando a las originales.
También reinventó el espectáculo musical. Cuando otros artistas llegaban al escenario para cantar, ella construía ceremonias. Entre tema y tema aparecían poemas, textos literarios, referencias religiosas, fragmentos de discursos y silencios cuidadosamente calculados. Cada recital parecía más cercano al teatro que al formato tradicional de concierto.
Además, Bethânia rechazó las imposiciones de una industria que intentó suavizar su imagen, cambiarle el pelo o volverla más convencional. Mantuvo la melena larga, la voz grave y una presencia escénica que escapaba a los modelos femeninos de la época. Tan celosa ha sido siempre de esa autonomía que, ha contado en algunas entrevistas, hasta hoy se corta ella misma su pelo, sin peluqueros ni estilistas de por medio.
En un Brasil mucho menos tolerante que el actual, vivió su lesbianidad con una naturalidad poco frecuente entre las figuras públicas de su generación, sin convertirla en bandera ni esconderla.
Su imagen pública también quedó profundamente ligada al universo religioso afrobrasileño. Iniciada en el candomblé en 1981 y considerada hija de Oyá-Iansã, orixá de los vientos y las tempestades, Bethânia incorporó esa dimensión espiritual a buena parte de su obra. Con el tiempo, la asociación se volvió tan fuerte que estudios académicos (Oiá Bethânia: amálgama de mitos o Saravá, Bethânia! – A valorização das religiões afro-brasileiras na obra da cantora Maria Bethânia (1965-1978)) llegaron a analizar cómo la cantante fue construida simbólicamente como una encarnación contemporánea de ese mito femenino, hasta el punto de que para muchos admiradores la frontera entre la artista y el orixá parecía desdibujarse.
Un cuarteto único e irrepetible
En 1976 se reunió con Caetano, Gilberto Gil y Gal Costa para formar los legendarios Doces Bárbaros. El proyecto nació como una gira para celebrar diez años de amistad artística y terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más recordados de la música brasileña. La imagen de esos cuatro baianos juntos sigue funcionando como una especie de retrato de época. El grupo nunca volvió a reunirse de manera formal, lo que transformó aquel registro en objeto de culto.
Pero si hay un momento en que Bethânia reescribió las reglas del mercado musical brasileño, fue en 1978 con Álibi. El álbum la convirtió en la primera cantante brasileña en superar el millón de copias vendidas, un récord impensado para una artista que había construido su prestigio lejos de las fórmulas comerciales. El hito no era solo comercial, era la demostración de que una artista que se negaba a comprometer su visión podía conquistar a las masas.
En 1993, cuando ya era una artista consagrada, grabó As Canções que Você Fez Pra Mim, un álbum integrado exclusivamente por canciones de Roberto Carlos y Erasmo Carlos. Muchos pensaron que era una apuesta extraña, pero el disco superó el medio millón de copias vendidas y terminó convirtiéndose en uno de los más exitosos de su carrera.
La vigencia de su vínculo con el público quedó demostrada recientemente. En 2024, Bethânia volvió a compartir escenario con su hermano Caetano Veloso en una gira que recorrió las principales ciudades de Brasil y se convirtió en uno de los acontecimientos musicales de aquel año. Más que un espectáculo, fue la celebración pública de una relación artística y familiar construida a lo largo de ocho décadas.
En una entrevista con Fantástico, Bethânia explicó la admiración que siente por su hermano: “Creo que Caetano está fuera de lo común. Su inteligencia, la manera en que la conduce y dónde la deposita termina convirtiéndose en algo para todos nosotros. Siempre digo que es el capitán de mi barco”.
Hoy, a los 80 años, y aún subiéndose a escenarios, su legado aparece también en algo menos tangible como haber ampliado la idea misma de lo que una cantante popular podía ser.
Bethânia no necesitó escribir las canciones que interpreta para dejar una huella indeleble. Le alcanzó con algo mucho más difícil: hacer que cada palabra pareciera pronunciada por primera vez. Quizás por eso, seis décadas después de aquella irrupción con “Carcará”, sigue ocupando un lugar único. No como una estrella nostálgica de otro tiempo, sino como una artista vigente que convirtió el acto de cantar en una forma de ceremonia.
En febrero de 1965 la joven baiana de 18 años, prácticamente desconocida fuera de Salvador, subió al escenario del teatro Opinião en Río. Aquella noche, en un Brasil que apenas comenzaba a vivir bajo la dictadura militar, Maria Bethânia interpretó “Carcará” y su vida cambió para siempre.
En su voz la canción adquirió una intensidad inédita. Con una interpretación casi dramática y una presencia escénica poco habitual para la época, transformó la historia de esa ave rapaz del sertón nordestino en una metáfora de resistencia y supervivencia. Críticos e investigadores coinciden en que fue su forma de cantar —más que la canción en sí— la que convirtió a “Carcará” en un fenómeno nacional.
El impacto fue inmediato. El público la ovacionó, la prensa descubrió una nueva estrella y fue invitada a grabar su primer disco. En cuestión de meses, pasó de ser “la hermana de Caetano” a convertirse en una de las voces más poderosas de la música brasileña. El video de aquella presentación puede verse en YouTube y la potencia de su interpretación sigue siendo suficiente para poner la piel de gallina.
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