El reloj marca la medianoche del domingo y Jorge Drexler sonríe, guitarra en mano, mientras invita al público que llenó el Antel Arena a corear el estribillo de “Me haces bien”. Pero justo antes de que las miles de voces se lancen sobre la canción, desliza una palabra que resignifica el momento: “Montevideo”. De pronto, aquella declaración de gratitud parece dirigida a la ciudad que lo vio crecer.
Lleva más de dos horas y media sobre el escenario y está al frente de la presentación más significativa de la gira de Taracá. Se nota. En lo que dice, en los invitados que convoca, en las risas que se le escapan mientras canta y en la emoción que asoma en varios pasajes del repertorio. Pero también en la concepción misma del espectáculo. El candombe es la columna vertebral de una noche que mira constantemente hacia Montevideo.
No es casual, entonces, que la apertura —al igual que Taracá— sea con “Toco madera”. Como si estuviera hablándose a sí mismo sobre una clave candombera, la primera frase que canta es: “Tu geolocalizador dice que estás alejándote”. Lo que sigue durante casi tres horas suena a respuesta a esa advertencia.
“No saben qué alegría es traer este disco a casa”, dice al público tras “¿Cómo se ama?”, la segunda canción de la noche. La frase funciona como una declaración de intenciones para el resto de la noche.
La constitución de su banda —esta vez un septeto, con vibráfono y contrabajo incluidos— es una primera señal. Tres percusionistas se reparten los tambores que empujan buena parte del repertorio hacia el candombe. No solo las canciones de Taracá, sino también piezas anteriores como las joyas de Eco (2004) “Transporte” y “Polvo de estrellas”.
El gesto más notorio de la primera parte del espectáculo llega con un enganchado que Drexler presenta como “tres candombes en tres décadas”. Arranca con “Bienvenida”, la canción que abría su debut La luz que sabe robar (1992), continúa con “Tamborero”, de Sea (2001), para la que invita al escenario al Lobo Núñez, y desemboca en “Quimera”, de Salvavidas de hielo (2017).
La presencia del Lobo es apenas el comienzo. A lo largo de la noche, Drexler convierte al Antel Arena en un punto de encuentro para varios nombres clave de la música uruguaya. Casi enseguida se suma Falta y Resto. Dirigida por Edú “Pitufo” Lombardo y con referentes históricos como Raúl Castro y Pinocho Routin entre sus filas, la murga aparece para interpretar “Las palabras”, la canción que Drexler escribió para su padre, fallecido en 2024.
Mientras el pulso del candombe se reduce a unos pocos chasquidos, el músico canta frases como “La gente pasa pero las palabras quedan” mientras atraviesa la cancha rumbo a una tarima ubicada frente al primer anillo. Desde allí interpreta la canción con delicadeza, acompañado a la distancia por la murga y los siete músicos de su banda. El silencio atento del público acompaña cada verso.
Desde esa misma tarima hace cantar al público que agotó las dos funciones canciones como “Guitarra y vos” y “Del otro lado del río”, esta última a capella y dedicada a Pepe Mujica y Lucía Topolansky. La tríada de clásicos se completa con “La edad del cielo”, interpretada junto a Balta, coproductor de Taracá y encargado de abrir la noche.
Drexler volverá a ese escenario secundario más adelante para cantar junto a la Rueda de Candombe, el fenómeno cultural que resultó clave para la identidad sonora de Taracá. La elección desemboca naturalmente en “Una canción a Montevideo”, de Mauricio Ubal, y en miles de personas coreando aquel inolvidable “Viene amar, viene amar a este Montevideo”.
Ese tramo concentra varias de las postales más celebradas de la noche. Drexler invita a Lombardo para “Lagartombe” y luego llama a Ruben Rada. Se lanza con “Candombe para Gardel”, pide su clásico “grito de locura” y en cuestión de segundos tiene al estadio en la palma de la mano. El entusiasmo es tal que improvisa “Ayer te vi” y “Las manzanas” junto a Drexler. Durante esos minutos, se siente ese magnetismo de lo que se sale del libreto, de la creación pura frente a miles de personas.
Cuando vuelve a quedar solo al frente de la Rueda de Candombe, el anfitrión interpreta dos de las canciones más significativas de Taracá: “Tambor chico” y “¿Qué será que es?”. Esta última, una versión del samba de Gonzaguinha, encuentra al público cantando: “Vivir y no tener miedo de ser feliz / Cantar, y cantar, y cantar / La belleza de ser un eterno aprendiz”.
La energía se contagia. Drexler reaparece recitando “Ante la duda, baila”, su ensayo musical sobre distintos episodios de censura vinculados al baile. El remate es “Bailar en la cueva”. Drexler baila con soltura. El público también.
Para el bis llegan “Me haces bien” y “Todo se transforma”. El cierre encuentra a Drexler rodeado por los invitados de la noche. Falta y Resto aporta los coros murgueros, los tambores se multiplican entre su banda, la Rueda de Candombe y el Lobo Núñez, y 27 músicos ocupan el escenario mientras el Antel Arena canta: “Cuando pasen recibo mis primaveras / Y la suerte esté echada a descansar / Yo miraré tu foto en mi billetera, / Y que sea, lo que sea”.
La canción suena ahora como una respuesta definitiva a aquella advertencia de “Toco madera”. El geolocalizador ya no marca distancia. La escena es esta: Drexler, de sonrisa amplia, rodeado de colegas, de tambores y de un Antel Arena marcando la clave del candombe.
Está de nuevo en casa.
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