Andrés Calamaro está por cumplir ocho años sin publicar un disco de inéditas, pero eso no significa que haya renunciado a la creación. Hace tiempo que trasladó buena parte de su impulso creativo al escenario: sus recitales son un espacio de experimentación y su repertorio un territorio que siempre admite una nueva lectura.
Lo demostró este domingo en el Antel Arena, en su cuarta presentación en el estadio cerrado montevideano. Con la gira Como cantor, un título que le hace justicia a un artista hoy más interesado en cantar que en polemizar con el público, el argentino recorrió distintas etapas de una obra monumental sin conformarse con reproducirla. Cambió arreglos, alteró melodías, desplazó acentos y encontró nuevas formas de habitar canciones que el público conoce de memoria.
Si Agenda 1999, el espectáculo que presentó en Montevideo hace dos años, estaba concentrado en el universo de Honestidad brutal, esta vez el foco estuvo puesto en un recorrido más abarcativo por su obra. Hubo lugar para su etapa en Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez, los clásicos del consagratorio Alta suciedad y varias canciones de sus discos de este siglo, con La lengua popular como uno de los ejes de esa sección del repertorio.
Para esa tarea de revisitar su catálogo, la banda fue decisiva. Ahora ampliada a siete integrantes, incluyó tres guitarras en escena —la de Calamaro y las de Brian Figueroa y Julián Kanevsky—, además de una sección de vientos compuesta por trompeta y saxo tenor.
El resultado fue un sonido más amplio y flexible, capaz de abrir nuevos espacios dentro de canciones ampliamente conocidas. Los vientos reforzaron el pulso de clásicos como “Sin documentos” y “Output Input”, mientras que los coros a cinco voces ayudaron a renovar el color de varios arreglos.
Calamaro se repartió entre la guitarra y el teclado en un show de casi dos horas que reveló dos formas distintas de abordar su repertorio. Frente a clásicos inoxidables como “Flaca”, “Loco”, “Alta suciedad” o “Mi enfermedad”, optó por intervenciones sutiles: desplazó acentos, modificó las melodías y alteró algunos fraseos sin alterar el corazón de las canciones.
En cambio, en piezas menos sagradas dentro de su catálogo, se permitió transformaciones más profundas. Lo hizo casi desde el comienzo con “Carnaval de Brasil”, a la que vistió de tonos soul. Más adelante condujo “Mi gin tonic” con un fraseo arrastrado que por momentos remitió a Bob Dylan.
En esa línea, “Tres Marías”, aquella cumbia villera grabada junto a Vicentico, mutó en un latin jazz que desembocó en una versión de “Mil horas” sostenida sobre un pulso reggae. Algo similar ocurrió con “Bohemio”, que acentuó su raíz tanguera, y con una notable lectura de “Garúa”, donde la voz de Calamaro encontró uno de sus mejores momentos de la noche, arropada por el trabajo de los vientos.
Cuando llegaron los himnos, la respuesta del público fue inmediata. “A los ojos”, de la época de Los Rodríguez, provocó un tímido pogo en las primeras filas, mientras que “Costumbres argentinas” encontró un aliado inesperado en la pantalla gigante. Precedida por el estribillo del clásico country “Take Me Home, Country Roads” e ilustrada con imágenes de Diego Maradona en México ‘86 e Italia '90, la canción se convirtió en uno de los momentos más logrados de la relación entre música y visuales.
Esa búsqueda tuvo otro punto alto en “Crímenes perfectos”, acompañada por imágenes de la célebre secuencia de la Cabalgata de las Valquirias de Apocalypse Now. Más adelante, durante “Los chicos”, Calamaro abandonó los habituales homenajes a colegas fallecidos para dedicar la canción a los caídos en la guerra de Malvinas y a las Madres de Plaza de Mayo, en una secuencia que combinó material de archivo y herramientas de inteligencia artificial.
Sobre el final del espectáculo —que también incluyó imágenes de corridas de toros y de carreras de galgos y caballos—, el argentino logró, casi de forma involuntaria, el momento de mayor comunión con el público. Ocurrió durante el estribillo de “Paloma”, cuando el Antel Arena empezó a cantar por su cuenta. Sorprendido, Calamaro se sacó los lentes oscuros por única vez en la noche, hizo un gesto a la banda y dejó que miles de voces se apropiaran de la canción durante casi un minuto.
El coro volvió a aparecer en “Estadio Azteca”, que cerró con una cita al Martín Fierro que resumió el espíritu de esta gira: “Gracias le doy a la Virgen, gracias le doy al Señor, porque entre tanto rigor y habiendo perdido tanto, no perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor”.
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