Naldo Labrín lleva más de medio siglo unido a la cultura uruguaya. Nacido hace 81 años en Neuquén y marcado también por el exilio en México, el guitarrista construyó una relación silenciosa pero profunda con figuras fundamentales de esta orilla del Río de la Plata. Recuerda sus charlas con Atahualpa Yupanqui sobre la obra de Amalia de la Vega, su amistad con China Zorrilla —a quien llevó a actuar a su ciudad natal y también a México— y su trabajo en Crónica de hombres libres, el disco de Tabaré Etcheverry y Alberto Candeau donde se estrenó “De poncho blanco”.
Pero hay un nombre que aparece una y otra vez en su diálogo con El País: Alfredo Zitarrosa. Labrín conoció al cantor en la Argentina de los años setenta y terminó convertido en su mano derecha. Fue clave para su llegada a México desde España durante el exilio, estuvo detrás de los arreglos de canciones emblemáticas como “Guitarra negra” y “Stefanie”, así como de discos clave como Volveremos y Adiós Madrid, y lo acompañó en los históricos tres conciertos del Estadio Obras de Buenos Aires en 1983, inmortalizados en Zitarrosa en Argentina y convertidos en la antesala de su vuelta a Uruguay.
Este sábado homenajeará esos años de amistad y canciones con una actuación junto a Sanampay, el grupo que formó en México hace 49 años y que acompañó a Zitarrosa en giras y discos. La cita será, naturalmente, en la Sala Zitarrosa, y el repertorio incluirá versiones de clásicos como “Adagio a mi país” y “Stefanie”. También sonará “Alfredianas”, una bellísima milonga candombeada instrumental con aroma a madera, raíz y Zitarrosa.
El concierto recorrerá además parte del cancionero de Sanampay —se recomienda sumergirse en Yo te nombro, de 1978— con clásicos como “Cultivo de Til-Til” y “Gracias a la vida”. Las entradas se venden en Tickantel por 450 pesos, y será uno de los conciertos destacados de este fin de semana.
—¿Cómo fue el momento en que Zitarrosa le mostró “Stefanie”?
—Una noche, después de actuar en Tijuana, Alfredo me dijo: “Tengo un texto de una presunta canción que me parece medio comercialota. Quiero que la escuches y me des tu opinión”. Nos sentamos en su habitación y empezó a leer una hoja escrita a mano. Cuando dijo los dos primeros versos me quedé impresionado: “Stefanie, no hay dolor más atroz que ser feliz”. Esas palabras me golpearon de entrada. Siguió cantando y, cuando terminó, me quedé mirándolo y pensando: “Qué universo de soledad tiene este hombre”. Sobre todo cuando decía: “Ayer estaba solo y hoy también”. Y como no dije nada, él me miró y dijo: “Ya sé, es una porquería”. Arrugó el papel y estaba por tirarlo, pero le dije: “¡Pará, dame eso!” (se ríe). Agarré el esbozo musical de Alfredo, luego le di forma y él quería que la firmáramos juntos. Pero le dije que no correspondía. Era un tema suyo.
—Hay muchas versiones de “Stefanie”, sobre todo en vivo, pero la grabada en México, con esos oboes tan conmovedores, tiene algo especial. ¿Cómo nació ese arreglo?
—Yo sabía que Alfredo escuchaba mucho a Handel y que le fascinaban los oboes. Entonces hice un arreglo con dos oboes, cuerdas, guitarras y guitarrones. Él nunca escuchaba mis arreglos de antemano. Llegaba al estudio y apenas preguntaba: “¿Dónde entro?”. Era increíble. Ese día entró al estudio, empezó a cantar y al rato salió sin terminar la toma. Se sentó en silencio en un sillón, con un cigarrillo en la mano. Después volvió a entrar y a salir, así que le pregunté qué le pasaba. Me dijo: “Esos oboes”. Cuando le dije que los podía sacar me respondió: “No, cuando los oigo me emociono tanto que no puedo seguir cantando. Pero ahora entro y la hago”. Y la hizo toda de un tirón.
—¿Cómo recuerda la escena?
—Yo lo miraba desde el otro lado del vidrio, sorprendido. Hay algo que la gente no sabe y es que en esa grabación de México —porque la de España no tiene nada que ver—, en el último “Stefanie”, Alfredo cantó de pie, mirando hacia abajo, mientras las lágrimas le corrían por la cara. Pero no por Stefanie, que creo que fue una casualidad en su vida, sino por el momento que él vivía. Sentí que estaba reviviendo varios recuerdos escondidos. Y en ese “Stefanie” largo del final, la voz le tiembla porque le caían las lágrimas.
—Usted fue clave para la llegada de Zitarrosa a México, donde vivió entre 1979 y 1983. ¿Qué recuerda de aquellos días?
—Con Alfredo tuvimos una gran amistad en Argentina y después nos separamos: yo me fui a México y Alfredo a Madrid. Hasta que un día recibí un llamado de Daniel Viglietti, que era muy amigo mío, y me dijo: “Naldo, Alfredo está muy mal en Madrid. Dice que te quiere mucho y que sos un gran amigo. A ver si podés hacer algo”. Entonces me reuní con Julio Solórzano, el empresario de nuestra grabadora (Discos NCL), y fuimos a ver al ministro de Cultura de México. Ahí se dio un hecho muy gracioso. Julio le dijo: “Estamos tratando de traer a Zitarrosa a México”. Y el ministro respondió: “Muy bien, muy bien… ¿y qué es lo que canta esta señorita?”. Había entendido “Zita Rosa”, como si fueran dos nombres.
—¡Increíble!
—Sí (risas). Después de eso empezaron las actuaciones por todo el país y Alfredo terminó enamorándose de México. Volvió a España para cerrar su departamento, levantar sus cosas y se radicó en México. Ahí empezó una historia muy cercana entre los dos. Llegó también su familia desde Montevideo: Nancy, las nenas. Con mi exmujer terminamos formando una especie de familia. Alfredo se reencontró en México con muchos uruguayos, pero gran parte de sus reuniones, de los asados y de los encuentros cotidianos eran conmigo, en mi casa o en la suya. Era una persona muy retraída. Le gustaba muchísimo jugar al truco uruguayo, aunque yo nunca terminé de entenderlo. Pero me encantaba verlo exaltarse con las jugadas y gritar como un chico. Después era un mutismo total, una cosa que yo siempre respeté mucho, porque sentía que Alfredo era una persona muy hacia adentro.
—Después de hablar de “Stefanie”, me interesa ir a otra obra fundamental de Zitarrosa: ¿cuándo entendió que “Guitarra negra” era algo fuera de lo común?
—La primera vez que la escuché completa fue en México, aunque ya había leído algunos fragmentos en 1975. Y enseguida sentí que estaba frente a algo extraordinario. Para mí, “Guitarra negra” es la mayor autocrítica escrita por un trovador latinoamericano. Tiene una honestidad inmensa, una valentía enorme y un respeto muy profundo hacia su pueblo. Estoy convencido de que es una obra que va a atravesar generaciones. Hay una parte donde dice: “Falta mi cara en la gráfica del pueblo, / Mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, / Mis piernas en la marcha...”. Y claro, él sentía que faltaba todo eso porque no podía estar en su país. Porque si volvía, lo mataban. Y no obstante se hacía una autocrítica por no poder estar junto a la gente que marchaba en Uruguay. Después aparece esa crítica a la frivolidad del artista, incluso sabiendo que muchas veces a él mismo lo acusaban de eso. Esas contradicciones eran parte de él.
—Zitarrosa la interpretó en el Auditorio Nacional de México acompañado por Sanampay. Debe haber sido un momento único...
—Cuando actuó por primera vez en el Auditorio Nacional, le preguntamos qué quería hacer. Nos dijo que “Guitarra negra”. Yo le dije: “Pero Alfredo, esta es tu primera vez en México. Es un texto larguísimo; no es música”. Me respondió: “Mejor, así me doy cuenta si tiene llegada”. Podrás creer que de entrada hicimos “Guitarra negra”, con las cuatro guitarras y Sanampay en los coros… ¡Y funcionó!
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