Diego Torres tiene una propuesta para su sobrino. Dice que se cansó de ser solista y quiere empezar una nueva etapa: el dúo Pedro y Diego. "Necesito que alguien se haga cargo de la parte de los problemas. Es lo que te toca a vos", le avisa. Pedro, que lo acompaña en la guitarra, replica: "Eso no estaba en el contrato". Su tío insiste: “Yo me llevo todas las flores, los chocolates y vos te llevás todas las cuentas”. La carcajada es inmediata.
Es lunes en Artlab, en el barrio porteño de Palermo, y Torres recibe a unos 30 periodistas con tres versiones acústicas de sus últimos hits: "Eres tú”, "Esa mujer" y "Trepando paredes". El motivo es la gira de Mi norte & mi sur, que desembarcará el jueves 3 de diciembre en el Antel Arena.
Antes de las preguntas, quiere "canturrear un poquito en estos tiempos en los que pareciera que el amor no está de moda". Las canciones de amor, agrega, son las más difíciles de escribir. "Acá va una para quien la quiera dedicar", anuncia antes de una versión despojada y sentida de "Eres tú".
Entre canciones, Torres también encuentra humor en los desencuentros amorosos. Recuerda la época en que uno salía de la discoteca con el teléfono que una chica le había anotado en la mano y la ilusión de volver a verla. A veces, cuenta, el número se borraba por la emoción del momento. Otras, al llamar, una grabación avisaba que no correspondía a ningún servicio. Para eso tiene una explicación directa: “Te mintió”.
El humor sigue en la conferencia. Cuando le preguntan cómo hace para mantenerse vigente, responde hablando de impuestos, patente y seguro. Después, ya serio, se detiene en la inquietud que lo lleva a componer, entrar al estudio y trabajar con otros. “No me iría a un lugar que no me corresponde musicalmente”, aclara. La clave, dice, está en renovar el espíritu sin perder la esencia.
Ese entusiasmo viene después de años de búsqueda, de escribir canciones que no sentía para él, hasta reencontrarse consigo mismo y dar con colegas con quienes componer y producir. "No fue fácil, me costó muchísimo", reconoce.
Desde Atlántico a pie (2021) las cosas cambiaron: en cinco años publicó tres discos. Después llegaron Mejor que ayer (2024), que lo acercó a una nueva generación, y Mi norte & mi sur (2025). Ahora prepara uno nuevo y otro proyecto musical paralelo. “Estoy activo y eso me mantiene vivo”.
“Mis sobrinos me renuevan el espíritu”, dice, y la frase le da más fuerza a la escena que acaba de compartir con Pedro. Todavía disfruta del estudio, de las giras y de la gente con la que trabaja. Eso sí, las dudas siguen: hay frases y melodías que necesitan otra vuelta. Pero tiene una condición para publicar: “Si no amo, si no estoy comprometido, si no estoy apasionado con lo que estoy haciendo, no lo puedo defender”.
El espectáculo que traerá a Montevideo —últimas entradas en Tickantel, de 1900 a 6000 pesos— recorre distintos discos y alterna momentos con la banda completa y pasajes acústicos, como el que acaba de compartir con su sobrino.
Elegir las canciones también lo lleva a revisar su historia. Ese reencuentro tuvo un momento clave durante la pandemia: con una guitarra y sin poder salir de gira, volvió a tocar temas de sus comienzos y les encontró otro valor. “Me amigué con mi historia o me reencontré con mi historia”, dice.
Más tarde, en su charla a solas con El País, vuelve sobre lo que los años le enseñaron y trasladó a sus canciones: los afectos, la paternidad y las batallas que conviene dejar pasar.
—Tomo Mi norte & mi sur como una carta de agradecimiento a la gente que te hace bien, pero también a vos mismo: en “Intuición” hablás de confiar en vos. ¿Cuándo sentiste que era necesario agradecer al otro, celebrarlo?
—En este último tiempo me di cuenta de que la vida me ha regalado buenos afectos. En los momentos difíciles reconozco que tengo buenos amigos, buenos hermanos, una buena novia al lado, que son los que te ayudan a enderezar cosas que todos tenemos en la vida. Y también me he dado cuenta de que podemos ser nuestros peores enemigos.
—Lo mencionás en una de las canciones...
—Sí, en “Intuición” digo que nadie mejor que yo sabe decirme lo que soy. Podemos hacernos mucho daño siendo nuestros propios enemigos, y lo estamos viviendo con tantas ansiedades, trastornos y problemas de salud mental. Es importante deslizar en una canción algunas líneas con las que alguien que atraviesa esa situación se identifique y diga: “Esto me está hablando a mí”.
—En “Comienzo y final” cantás: “Es difícil ser amigos, pero no seamos enemigos”. ¿Qué importancia tiene esa mirada cuando una relación no sale como esperabas?
—Hay un momento donde no sirve tener armas. Hay que entregarlas, metafóricamente; bajar la defensa y darse cuenta de que uno puede transitar la vida desde otro lugar. Saber qué batallas querés enfrentar y cuáles conviene dejar pasar. Hay que escuchar más, saber qué le pasa al otro, dónde hablar y dónde es el silencio el que manda. Todo esto es producto de los años, de las vivencias, de convertirte en padre. La forma en que educás a tus hijos deja en evidencia quién sos. Todo eso genera una revolución en uno que vas trasladando a las canciones que hacés.
—En “Tiempo” le cantás al tiempo como si fuera una persona: a veces lo das por hecho, otras te corre, otras te mira de frente. Es bailable, pero por lo que dice podría ser una balada al piano. ¿Cómo surgió?
—Es una charla con algo que los seres humanos no podemos manejar. Tenemos esta locura de querer controlarlo todo, pero hay cosas que son más poderosas que nosotros: la madre naturaleza, el tiempo. Por eso, la letra termina diciendo: “Vos sos el dueño de todo, vos sabés más de mí que yo”.
—Y al final el que tenía razón era el tiempo...
—Claro. Es el que sabe cuándo empieza y cuándo termina todo.
—Esta gira también es una forma de agradecer al público que te acompañó estos años. ¿Qué significa llevar ese agradecimiento a Uruguay?
—Hay que ser agradecido por la posibilidad de vivir de lo que a uno le gusta, tener un público que te acompaña y, principalmente, salud, porque sin ella no podríamos hacer nada de esto. Estoy muy contento de volver a Montevideo y llevarle este espectáculo nuevo a un público muy querido. Estuvimos en el verano en el Festival de Durazno y la pasé divino. Me encanta visitar festivales como ese, donde te encontrás con un público especial.
—¿Qué te pasa cuando estás por subir al escenario y sabés que, por dos horas, vamos a estar todos en sintonía, dejando de lado los problemas y reuniendo generaciones en torno a tus canciones?
—Creo que es una celebración, un momento especial donde uno espera que la gente venga a disfrutar, a pasarla bien, a jugar. Los dilemas de la vida los corremos a un costado y nos damos este espacio.
—O encontrar una respuesta en una canción...
—Y encontrar una respuesta en una canción a tantas preguntas que a veces la vida nos hace. Y muchas veces aprender a convivir con que no tenemos esas respuestas también, ¿no?
—Estamos todos en la misma búsqueda.
—Sí, uno agradece esas dos horas que nos permiten relacionarnos, viajar en recuerdos, en emociones, risas, alegrías, tristezas, gente que está, gente que llega, gente que ya no está en este mundo. Las canciones están ahí acompañando. Cuando la gente tiene la hermosa actitud de abrirte la puerta e incorporarte con una canción, ya pasás a ser parte de esa familia, de esa vida, de esa persona. Me pasó en Uruguay, comiendo una noche: me encontré con una familia en un restaurante, divinos, con hijos grandes. Me dijeron: “Crecimos escuchando Andando y el MTV Unplugged en los viajes con papá en la ruta”. Y te das cuenta de que tenés la suerte de ser parte de ese viaje familiar, histórico, porque uno ha tenido esos viajes también como familia. Son de esas cosas lindas de este oficio.
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