Crónica del show de Buenos Muchachos en el Teatro de Verano: 40 meses después, una noche sin distancia

Buenos Muchachos volvió a los escenarios con un par de ausencias, una novedad y un regreso a la altura de un público que nunca dejó de estar. La crónica del concierto, que se repetirá este sábado.

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Buenos Muchachos en el Teatro de Verano, el 24 de abril de 2026.
Foto: Estefanía Leal / El País

Había muchos escenarios posibles. El primero, por supuesto, el llanto: desarmarse ante un reencuentro que llegó a parecer imposible, derrumbarse ante la milagrosa presencia de aquello que se creía desaparecido. Otros: el desconcierto, el shock, la extrañeza. Esa sensación de haber olvidado cómo reaccionábamos a lo que nos hacía tan bien y un día, de pronto, dejó de estar a la mano. Y sin embargo, cuando pasaban dos minutos y medio de "Coral #5" y Pedro Dalton terminaba de gritar ese verso —"Te vi correr"— una y otra vez, todo se sintió como siempre. Como si no hubieran transcurrido 40 meses desde la última vez que Buenos Muchachos pisó un escenario. Como el encuentro con un amigo de toda la vida: ese amor al que nunca le pasa el tiempo.

Este viernes, los Buenos rompieron la pausa más larga de sus 35 años de carrera y volvieron a tocar frente a un Teatro de Verano repleto, que recibió con devoción la intensidad del regreso. Fue una noche con entradas agotadas y una media luna resplandeciente sobre un cielo negro de nubes dibujadas: un telón ambiguo para un concierto que volvió a probar que el llanto y la felicidad pueden caber en una misma canción.

Con una soberbia actuación de Jota Yabar en el lugar de Gustavo "Topo" Antuña y sin Ignacio Gutiérrez en sus filas —dos ausencias sobre las que no se dijo ni media palabra—, Buenos Muchachos regresó compacto, con una formación casi triangular: al frente, Marcelo Fernández, Pedro Dalton y Pancho Coelho; apenas más atrás, Nacho Echeverría y Jota Yabar; al fondo, sosteniéndolo todo, José Nozar, quizás el baterista más fascinante de la música uruguaya actual. Una silueta difuminada entre el humo y los tambores, que llena todo el espacio y produce efectos únicos, como cuando llega "El refugio" y sus golpes caen como peso muerto, como una piedra que pica en cámara lenta sobre el agua clara y en el camino abre círculos lentos.

Hubo tiempo para que destacaran todos y sin embargo este regreso de los Buenos no reparó en individuos, sino que le sacó chapa a una de sus mayores virtudes. Si la banda ocupa un lugar singular dentro del rock nacional, es en parte porque funciona como una entidad: lo verdaderamente importante es lo que ocurre cuando todos están allí, haciendo lo suyo, encargándose de una tarea mínima que, en la suma, se vuelve máxima. Este viernes la contundencia fue plena y aparecieron nuevos arreglos para darles otra vida a canciones que habían estado ahí, guardadas, esperando su momento.

La percepción de colectivo trasciende lo musical. Este concierto —que se repetirá este sábado en el Teatro de Verano y aún quedan entradas en Tickantel— es lo que es también por las luces de Diego Viera, uno de los iluminadores clave de la escena local. Cuando se cruza con Buenos Muchachos, parece lograr la amalgama definitiva entre cuerpo, aire y música.

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La formación completa con la que Buenos Muchachos volvió a tocar en el Teatro de Verano.
Foto: Estefanía Leal / El País

Sus destellos se fundieron con el humo y construyeron una textura acuática que atravesó el escenario en "Arco"; después devinieron en bola roja en "Ooh Uooh" y más adelante en un océano verde que se tragó todo en "Isla camalote", uno de los momentos más poderosos de la noche. ¿En qué trance entramos, a qué le estamos cantando estos 5.000 cuando repetimos juntos "nunca aplastes corazones-camalotes" como si estuviéramos rezando, creyendo ciegamente en algo?

La suma de las partes, en noches así, no puede dejar de lado al público. La banda lo supo desde el momento en que decidió completar su diseño de luces con una fila de focos ubicada en el otro extremo del teatro, frente al escenario, lo que le dio un baño de brillo a eso que más que una platea fue un río, o una forma de estar en el mundo. Algunos, con los ojos cerrados durante todo el show. Otros eufóricos. Algunos en silencio y otros a los gritos. Algunos abrazados. Otros, suspendidos.

El setlist fue envolvente, sin sorpresas, pero con una lógica precisa. Abrió con "Coral #5", cerró con "Sangre de Arachania" y le dejó un lugar de absoluto protagonismo a "Temperamento", que encabezó la segunda vuelta. Hubo rocanrol rabioso, un largo pasaje climático y una sucesión de "hits" como para contemplar una discografía entera, desde el Nunca fui yo (1991) hasta el Vendrás a verte morir (2020). En el medio, el theremín diabólico de "Solo pienso", el serrucho tocado como violín en "Nico Cuevas", los diálogos justos, más de un agradecimiento —por la paciencia, también por el respeto—, y una idea que Pedro le soltó a alguien del público y que ahora parece aplicarle a toda la noche: "Te juro que no me quiero morir nunca".

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Público durante el show de Buenos Muchachos, el 24 de abril de 2026.
Foto: Estefanía Leal / El País
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Pedro Dalton, de Buenos Muchachos.
Foto: Estefanía Leal / El País
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Buenos Muchachos en el Teatro de Verano, el 24 de abril de 2026.
Foto: Estefanía Leal / El País
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Público durante el show de regreso de Buenos Muchachos.
Foto: Estefanía Leal / El País

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