La última vez que Buenos Muchachos tocó en vivo fue en diciembre de 2022. Era otro mundo. Los últimos resquicios de la pandemia empezaban a diluirse. Javier Milei no gobernaba Argentina y la idea de que Donald Trump volviera a ser presidente de los Estados Unidos parecía imposible. En Uruguay, el Frente Amplio era oposición. Ya había guerra, pero nadie imaginaba lo que iba a venir.
Después de aquellos shows en La Trastienda, el silencio.
Ahora, el regreso.
Cuarenta meses después de una pausa sin declaraciones, Buenos Muchachos vuelve a los escenarios y se presenta hoy y mañana en el Teatro de Verano. Esta noche, con entradas agotadas; quedan las últimas para mañana en Tickantel.
Nunca la banda vendió tantas localidades como en esta ocasión. Podría no significar nada —no ser más que un respaldo frío— y, sin embargo, la conquista tiene un enorme valor simbólico. Si hasta ahora los Buenos no habían logrado el “sold out” en el Ramón Collazo en su versión anterior (con mil personas menos de capacidad), este cambio es una consecuencia directa del hambre.
Convertida en una de las más relevantes del rock uruguayo, Buenos Muchachos ha logrado trascender la barrera de la banda de culto para construir su propia forma de popularidad. Aun cuando su sonido siga siendo un monte de difícil acceso a todo público, su energía se ha expandido convocando a nuevas audiencias e imponiendo la búsqueda artística sobre todo. La voz roída de Pedro Dalton y los climas espesos de su cofradía pueden resultar un desafío y, sin embargo, la música puede más.
La transformación ha sido progresiva y el inevitable punto de quiebre está en Amanecer búho, el aclamado disco de 2004 que incluía el mayor hit radial de toda su discografía, “He Never Wants To See You (Once Again)”, una canción que calzó justo en la última explosión del rock nacional.
Su presencia constante en las frecuencias locales sirvió de llamada de atención para quienes todavía ignoraban que había una fuerza salvaje que surcaba el under de Montevideo bajo el nombre de Buenos Muchachos. La historia comenzó mucho antes, en 1991, con Pedro Dalton, su hermano Marcelo Fernández y Gustavo “Topo” Antuña en un garaje de Malvín, la base de operaciones que los arropó por años. Desde entonces, cambiaron de forma muchas veces; hoy vuelven con José Nozar en batería, Pancho Coelho en guitarra, Nacho Echeverría en bajo e Ignacio Gutiérrez en teclados.
No está claro si el Topo, hace varios años guitarrista titular del Cuarteto de Nos que está de gira, participará en estas citas. En ocasiones anteriores, la agenda del Cuarteto lo ha hecho ausentarse.
Con eso, como con todo lo que compete a la ausencia y al regreso, Buenos Muchachos ha sido hermético. No ha dado explicaciones de esta pausa, que no ha sido la primera de su historia, pero sí la más larga. Influyó, sí, un problema de salud de Marcelo Fernández ocurrido en 2022; en 2024, él mismo reconoció a este diario que los Buenos estaban “descansando” y que eran un proyecto incompatible con su recuperación, a pesar de que en ese momento ya estaba tocando con Filo, su nueva y ascendente banda de rock.
En estos tres años y cuatro meses, la mayoría del grupo ha desarrollado múltiples proyectos paralelos. El árbol genealógico es cada vez más grande: Suma Camerata, Chillan las Bestias, Filo, Service de Sound, El Hombre Avispa, Rita y el Chivo, Trópico Duclos, Petit Orquesta, proyectos solistas y así.
El anuncio de la vuelta llegó en diciembre de 2025 y fue igual de misterioso: “Abrimos la caja y las canciones aún están ahí. Algunas brillando, otras más tenues, casi secretas. Como siempre. El año que viene las sacamos para que suenen y respiren. Una buena ocasión para reencontrarnos”.
Nada de eso da un indicio claro. ¿Estas serán noches de regreso o de reencuentro?
La banda eligió no dar entrevistas antes de uno de los acontecimientos musicales del año. No hay respuestas. Y a lo mejor no importan.
Buenos Muchachos, los shows en vivo y "Temperamento"
Atrevidos e inconscientes, los Buenos debutaron en vivo en 1992, informalmente en un cumpleaños y de manera oficial en Juntacadáveres. Un par de años más tarde incluyeron sus temas “Jodidos heladeros” y “Bamma Lamma” —que todavía es, al menos hasta los shows de 2021, uno de los momentos más divertidos del ritual buenmuchacho— en el compendio Criaturas del pantano, y en 1996 lanzaron su primer larga duración, Nunca fui yo. Mucho de lo que son —de lo que iban a ser los Buenos— se apelmaza allí de una forma rudimentaria y cruda.
Nunca fui yo es la música en bruto como una forma de canalizar la intensidad de la vida —a veces la oscuridad, a veces la angustia—, un paseo salvaje por un mundo de rock lleno de influencias extranjeras y que reconoce su pertenencia al Río de la Plata. Es el grito, el entramado de guitarras bañadas de psicodelia, la batería tan expresiva que parece que habla, la atmósfera, sobre todo la atmósfera. Un lugar con un poder psicocósmico, al que hay que entrar para salir diferente.
El casete incluye temas que aún suenan en los conciertos, como la ya mencionada “Bamma Lamma”. Y tiene “Temperamento”, que carga con el poder de una religión.
“Temperamento” se ha convertido en la oración que rezan los fieles de Buenos Muchachos. Una canción visceral, que se escucha en el pecho y es una carta de amor a la experiencia del vivo, a esa ceremonia sagrada que ocurre cuando toca una banda y conecta de alguna forma misteriosa con su gente.
Buenos Muchachos es una banda compleja, que ha pulido una calidad musical cada vez mejor representada en sus discos; ahí está, como muestra más reciente, su último disco Vendrás a verte morir, editado en 2020 y una precisa obra de estudio.
Pero el poder real, lo que explica esta fidelización de audiencia —este culto— que han logrado los Buenos, pasa por los conciertos. Allí, para desbordarse o sentirse a salvo, los fanáticos de los Buenos fueron construyendo un refugio. Esta noche y mañana, el Teatro de Verano será registro de un sacudón, casi un acto reflejo para sacarse de encima el fantasma del abandono y comprobar que, aunque todo cambie, aunque todo siga cambiando, la música permanece. Resiste. Y salva.
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