"Hagamos de esta una noche para recordar”, canta Bryan Adams en el estribillo de “Let’s Make a Night to Remember”. Mira de frente al público, sonríe y repite la frase por lo bajo, casi como si quisiera dejarla flotando en el aire. Es la tercera canción de su show del viernes en el Antel Arena y, por lo que ya se ve sobre el escenario, está dispuesto a hacer todo lo necesario para lograrlo.
La declaración no suena exagerada. Desde el comienzo, el show toma un rumbo inesperado: Adams no aparece en el escenario principal, sino en una tarima montada frente al primer anillo, rodeado de público por todos lados. Desde ahí arma el arranque del concierto con lo mínimo: guitarra en mano, una armónica lista para entrar y esa voz de caudal rockero que puede explotar cuando la energía lo pide o afinarse cuando la balada lo reclama. El recital empieza así, en clave acústica y a pocos metros de la gente: primero “Can’t Stop This Thing We Started” y, apenas una canción después, “Straight From the Heart” ya encuentra al Antel Arena entero coreando el estribillo.
En realidad, la cercanía no estaba en los planes. El show debía realizarse en el Estadio Centenario, pero “ajustes logísticos” lo trasladaron diez días antes al Antel Arena. Lo que al principio pudo sonar desalentador termina jugando a favor del show: la gira Roll With the Punches se luce más en el estadio cerrado. El arranque entre el público lo confirma. Cuando termina “Let’s Make a Night to Remember”, Adams baja de la tarima y camina por los pasillos saludando a la gente. En el escenario principal lo espera su banda: un trío listo para dejar atrás el clima acústico y entrar de lleno en el rock.
Las pulseras de luces LED que entregaron en la entrada se prenden por primera vez y tiñen de rojo todo el recinto. Cuando sube al escenario principal con el bajo colgado, la banda se lanza a “Kick Ass”, otra declaración de intenciones. La letra lo resume: “Si te gusta el rock que patea fuerte, esta es una banda que patea fuerte”. Y el Antel Arena responde de inmediato.
Desde ahí, encadena clásicos sin pausa:: “Run to You”, “Somebody”. Con el bajo colgado, el cantante se mueve entre los tres micrófonos del escenario —dos a los costados y uno en el centro— mientras lleva la voz al límite y arenga al público a cantar cada estribillo.
En la siguiente canción, la que da nombre a la gira, un guante gigante y plateado —como el de la tapa del disco— sobrevuela el Antel Arena guiado por drones mientras Adams canta sobre resistir los golpes de la vida sin bajar los brazos. Veinte minutos después del arranque, el estadio ya es suyo.
Pero el recital ofrece más. Adams lanza algunas frases en español, deja espacio para que el guitarrista Luke Doucet y el baterista Pat Steward se luzcan con solos arrolladores, hace chistes y mantiene la energía siempre en movimiento.
Antes de arrancar con “You Belong to Me”, llama a un camarógrafo y le hace un pedido inesperado: que los hombres del público se saquen las camisetas y las revoleen. Al principio parece que la idea va a quedar ahí. Pero en las primeras filas se anima uno. Luego otro. Un minuto después las camisetas vuelan por todo el recinto. El camarógrafo se mueve como en una kiss-cam improvisada, buscando hombres sin camiseta entre el público. Mientras tanto, Adams engancha su tema de aire rockabilly con “Blue Suede Shoes” y “Twist and Shout”, y deja al Antel Arena con la energía por las nubes.
Más adelante, cerca del final, el clima es tan festivo que Adams se queda improvisando sobre el coro del público, que repite sin parar el clásico “oh, oh, oh”. El concierto, de poco más de dos horas y unas 30 canciones, funciona como una demostración clara de lo que puede ser un show de rock internacional: un repertorio repleto de clásicos arrolladores (“Summer of ’69”, “Cuts Like a Knife”, “18 til I Die”), baladas conmovedoras (“Heaven” y “(Everything I Do) I Do It for You”), espacio para presentar material reciente —con los estribillos proyectados para que el público los cante— y el oficio de líder de multitudes necesario para mantener todo en alto hasta el último minuto.
El regreso de Adams a Uruguay luego de siete años, y justo en el mismo lugar donde tocó en 2019, confirma la vigencia y la energía de un show de ese porte. El cierre con “All for Love” devuelve la escena al punto de partida: Bryan, solo en el escenario —esta vez el principal—, cantando frente al público. Y la promesa del comienzo termina cumpliéndose.
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