En setiembre, Carolina Bello volvió a Buenos Aires con un libro publicado hace ocho años. En Villa Ballester la esperaban lectores y fanáticos de Los Redondos. “Una mezcla hermosa”, recuerda. Oktubre, su novela inspirada en el disco homónimo, encontró un nuevo impulso en Argentina tras la muerte del Indio Solari. Ya va por su sexta edición y este sábado tendrá una presentación en el Fondo de Cultura Económica, junto al periodista Mariano del Mazo.
Poco después, viajó a Italia para presentar la traducción de El resto del mundo rima, su novela de 2021, que integró el programa Mapa de las Lenguas de Penguin Random House. Visitó la Universidad La Sapienza, en Roma, y localidades de Cerdeña, donde encontró lectores con ejemplares subrayados. “¿Cuántas personas pueden llegar a ir a ver a Carolina Bello presentando una traducción en el medio de la isla de Cerdeña?”, se preguntaba. “Y siempre aparecía gente”.
El 17 de octubre se presentó en Cinemateca Literature Only, una película de Augusto Chiminelli en la que participa junto a Bruno Arrighetti y Ricardo Rocha. Entre el documental y la ficción, explora las aspiraciones, contradicciones y frustraciones del oficio de escribir. Una semana después, Bello participó en la Feria del Libro en Español de Nueva York, donde compartió con Tamara Silva Bernaschina y Ramiro Sanchiz la mesa “Nuestro río se llama el mar”, dedicada a la literatura uruguaya.
Bello bautiza esta seguidilla de viajes y presentaciones, entre risas, como el “Bello tour”. Un presente que contrasta con los años en que se sintió una escritora outsider, una condición que conserva en ciertos aspectos: sigue sin agente literario ni una estructura que promueva su obra.
Ahora acaba de publicar Laboratorio de omisiones (Literatura Random House, 890 pesos), una notable novela nominada a la primera edición del Premio Puro Verso, que confirma por qué Bello es una de las autoras que hay que leer para seguir de cerca la narrativa uruguaya contemporánea.
Helena Ducrot trabaja como editora en un diario en crisis. Su relación de pareja se deteriora, sus padres envejecen y el paso del tiempo empieza a pesarle. Desde su oficina recibe los correos de Roxana Dill, una joven periodista que investiga el tráfico de animales exóticos y las vidas de quienes los compran para llenar ausencias afectivas. La crónica se convierte en un espejo incómodo: cuanto más la corrige Helena, más se reconoce en ella.
Con correos, apuntes íntimos y sucesivas versiones de esa investigación, Bello construye una novela en la que hay animales tratados como hijos, parejas que sobreviven a su propio desgaste y secretos que ayudan a inventarse otra vida. Explora lo que hacemos para negar las pérdidas, la soledad y la certeza de la muerte. También el poder de la palabra para revelar aquello que se intenta callar.
Sobre estos temas, Bello dialoga con El País.
—En la crónica de Roxana hay varias paradojas: un traficante de animales que vende felicidad y una pareja que vive en secreto para construir otra normalidad. ¿Qué te interesaba explorar?
—Ahí tenemos que hablar de la crónica. Quería escribir una falsa crónica, pero también discutir mis conflictos con el oficio. Llegué desde la literatura. Aprendí sus dogmas, aunque mi parte creativa se contraponía. Las paradojas, en cambio, son algo en lo que creo: las mejores imágenes se logran a través de ellas. Smirnova monta un negocio nefasto sobre vender felicidad, que supone una carencia, un hueco que llenar.
—Roxana y Helena discuten cuánto debe involucrarse quien cuenta una historia. Pero esa discusión también refleja cuánto se involucra Helena en su propia vida.
—Me enseñaron que el cronista no podía decir “yo”. Pero si escribís sobre empresas fúnebres y pasás el día en velatorios, lo que contás está contaminado por tu presencia. ¿Cómo te vas a ocultar como narrador? A Roxana no la sacude tanto el tráfico de animales exóticos como las historias de quienes recurren a ese negocio y saberse parte de un mundo tan carente. Helena recibe una crónica que revela lo que ella quiere ocultar. ¿Le negás la posibilidad de escribirla porque te afecta personalmente? Helena hace lo correcto: editarla.
—La crónica sacude a Helena. Pienso en el propio disco Oktubre: cómo una obra puede cambiarnos la mirada. ¿Para qué sirve el arte?
—Me sigo haciendo esa pregunta. Vi el documental Guarda e passa, sobre la Colonia Etchepare, y fue tan zarpado que me sacó las ganas de escribir durante mucho tiempo. ¿Para qué contar Oktubre si pasa esto en el mundo? Con el tiempo fui erosionando esa idea, aunque me sigo contestando que no sirve para demasiado. Pero si una película te hace volver al mundo con otra óptica, logró algo, aunque no haya terminado con el hambre ni parado ninguna guerra.
—La crónica muestra personas que sustituyen a un hijo o un familiar perdido. ¿Por qué elegiste los animales exóticos como símbolo de eso?
—Recuerdo los incendios de Australia: vi gente quemándose las manos para rescatar koalas y me puse a llorar. Después, ese algoritmo me mostró un mono viviendo como uno más de la familia. No pensé “voy a escribir sobre animales”, sino “qué rotos que estamos”. ¿A dónde echamos mano para completar nuestros huecos? Me interesaban los animales que parecen abrazarte y los bebés reborn (muñecos hiperrealistas que parecen recién nacidos). Antes el simulacro era distópico; hoy es una red que nos sostiene. No quería juzgar a los personajes. En Oktubre conté un amor adolescente; en El resto del mundo rima, un vínculo inclasificable. Esa incompletud también llega al amor. Tenía ganas de contar no el fin del amor, sino la agonía del amor: aferrarte a algo roto y no resignarte a soltarlo.
—Lo que inventamos para no afrontar la soledad también aparece en tu libro de cuentos Los niños se ahogan en silencio. ¿Qué tienen en común tus personajes?
—Si un día me muero, me gustaría que mi obra sea juzgada por haber planteado el problema de la conciencia. Hay un poema de Rubén Darío, “Lo fatal”, que tendría tatuado. Creo que cuando nos volvemos conscientes de las cosas entramos en una zona de liberación amarga. Tener noción es bueno, pero el mundo se vuelve tan tangible que a cada paso le pedís permiso para no fallarte. Si miro mi obra como lectora encuentro personajes que saben cómo están en el mundo y luchan contra lo que el mundo les propone.
—Helena escribe un diario esperando que alguien lo encuentre y Roxana le recuerda lo que fue. ¿Cómo trabajaste ese espejo?
—Ahí viste la tecla: editar la crónica es una oportunidad para volver a conectar con la palabra y con su conciencia. Roxana tiene la edad de la pareja de Helena: encarna una juventud y una pasión que ella tuvo y ya no tiene. Y están los padres viejos, donde quizás puse más de mí. ¿Cómo se vive cuando estás esperando una tragedia? Un mensaje fuera de horario enciende todas las alarmas. Helena admira a Roxana, pero también la socava. Primero le dice “animate” y después le manda un correo lapidario. Me interesaba ese juego de “te admiro, pero te socavo”.
—Helena estimula la escritura de Roxana y después le pide un estilo más llano. ¿Qué conflicto querías mostrar?
—Cuando un editor deja de acompañar y se vuelve un agente de vigilancia. Lo viví en carne propia. Roxana defiende la función poética y Helena le pide escribir más llano, como se estila ahora. A veces, por transmitir una idea, las obras pierden su estatuto artístico y se vuelven meros objetos de comunicación. Si el lenguaje es tan transparente que no te hace detenerte a pensar, estamos fallando como escritores.
—Ahora que Laboratorio de omisiones se editó, ¿cambió tu mirada sobre el libro? ¿Cómo vivís este momento?
—Ramiro Sanchiz me dijo que Helena y Roxana podían ser la misma persona. No lo tenía previsto y me encantó. La obra de arte no existe sin un otro. Me siento como un músico: mis lectores vuelven a los libros como uno vuelve a un disco. Me sentí outsider mucho tiempo. Hoy importa más la construcción del autor —adónde fuiste, qué hiciste— que la obra. Yo sigo defendiendo la obra. Que esté pasando todo esto sin haber torcido mi norte me hace sentir orgullosa.
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