Desde lo que uno supone su taller romano y vía Zoom, Pablo Atchugarry muestra con indisimulado orgullo, el lujoso y enorme catálogo de Scolpire la luce, la muestra retrospectiva de su obra en la romana Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea, (conocida por la onamatopéyica sigla, Gnamc). La considera, cuenta, uno de los hitos de su trayectoria de artista.
No es para menos. Curada por Gabriele Simongini, en colaboración con la Galería Contini de Venecia y con el apoyo del Grupo Euromobil, la muestra incluye 55 de sus obras en una completa panorámica que abarca 30 años de trabajo.
“La muestra recorre toda mi producción: mármoles de distintos tipos —el estatuario de Carrara, el mármol negro de Bélgica, el rosado de Portugal—, además de los olivos, nueve alabastros de Volterra, los aceros que estoy haciendo y los bronces”, le cuenta Atchugarry a El País. “Así está representado todo el arco de mi trabajo”.
“Hay obras que llegaron de muchos países y de colecciones privadas, así que es una ocasión única para verlas”, dice Atchugarry. “Además, la Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea es un museo muy prestigioso, con una colección de 20.000 obras, entre ellas piezas de Giacometti, Klimt y otros grandes artistas. Es el museo italiano con la colección de arte moderno y contemporáneo más importante”. Dejará en esa imponente colección una obra en mármol blanco, “Splendore”.
Cuatro de sus esculturas, además, han sido distribuidas en los espacios de la colección permanente, en diálogo con obras de Jean Arp, Lucio Fontana, Alberto Giacometti y Henry Moore.
“En el actual escenario geopolítico, en el que entre guerras y violencias ese mundo que él anhela parece haber emprendido un camino cada vez más oscuro”, escribió el diario La Repubblica sobre Scolpire la luce, “Atchugarry no se rinde y, con la exposición romana en curso, parece querer conducir a su público hacia el amanecer de un nuevo mundo fundado sobre una promesa de alegría. Y de luz”.
Por si van para ese lado, la muestra estará allí hasta el 21 de junio.
Sobre la alegría de este hito personal y para el arte uruguayo, su vínculo con la luz y algunas novedades de su Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry de Manantiales, el artista charló con El País.
—Este su primer contacto con la Gnamc. ¿Cómo se consigue algo así?
—Hay un coleccionista, que realiza los certificados y aspectos notariales para la colección de la Galería Nacional que propuso la muestra, y fue aceptada por la directora Cristina Mazzantini y el curador Simongini. Y nos llevó casi un año de preparativos. Hay obras que armé en Uruguay y que hacen esta idea del puente, que siempre me interesa mucho: unir, en este caso, Italia con Uruguay. También hay unos olivos que ya habían sido expuestos en Italia, en Milán y en la Abadía de Rosazzo, que estaban en el MACA, y ahora volvieron a Italia. Es un ida y vuelta permanente.
—¿Siente esta exposición como un hito dentro de tu carrera?
—Sí. Además, al curador y a la directora del museo se les ocurrió trabajar la idea del diálogo. Entonces, en otras salas de la colección permanente, hay cuatro obras mías dialogando con obras de Giacometti, Moore, Arp y Fontana, artistas que admiro desde siempre. Esa continuidad entre artistas modernos y un artista contemporáneo, que es mi caso, me parece muy interesante. Encontrar puntos en común y generar ese diálogo fue una de las notas más impresionantes de la muestra. Creo que esta es, tal vez, la exposición más importante de mi carrera. También estuvo la experiencia de hace 11 años en el Museo de los Foros Imperiales, donde había obras monumentales en el exterior, pero esto es un punto muy especial.
—Debe ser impactante ver una obra suya dialogando con Henry Moore, por ejemplo.
—Es un orgullo, pero también un desafío, porque te ponen a jugar un partido en el que quizás no estás a la altura. Por suerte, aparentemente aguantamos el chapuzón.
—La muestra se titula “Esculpir con la luz”. ¿Hay algo místico en su vínculo con la luz?
—La luz es, ante todo, fuente de vida. Es lo que necesitan las plantas, el ser humano y también las obras. En la escultura, particularmente, la luz es fundamental porque, al tratarse de un soporte tridimensional, viaja dentro de la obra y la hace descubrir. Después está esa dimensión más espiritual. Cuando veo un cielo estrellado siento la presencia de la luz. Más allá de lo físico, hay algo espiritual en ella.
—¿Y qué relación tiene su obra con lo religioso?
—La religión aparece cíclicamente. Ahora estoy trabajando en la capilla del barrio Santa Eugenia. Hice el altar y estoy realizando la pila bautismal. Entre viaje y viaje sigo colaborando con ese proyecto. Pienso mucho en Italia y en cómo las iglesias estimularon a artistas enormes como Miguel Ángel o Rafael. Ahí hay un vínculo directo entre arte y espiritualidad.
—¿Cómo fue la experiencia de hacer la capilla en Santa Eugenia?
—Fue hermosa, impulsada además por el padre Verde, que tiene una fuerza y un compromiso social enormes. Lo que más me movilizó fue que un barrio muy popular pudiera tener acceso a obras de este tipo. El primer altar, por ejemplo, fue realizado en mármol y pesaba más de tres toneladas. Lo empecé en Italia y lo terminé en Uruguay, otra vez con esta idea de unión. Poder donar la obra y que la disfrute un público que muchas veces atravesó carencias o dificultades me parece muy importante. Que exista un orgullo de pertenencia alrededor de esas obras es algo muy valioso.
—A pesar de la verticalidad mística de su obra, hay algo muy horizontal en su trabajo, en esta idea de tender puentes y vincularse desde un lugar de igualdad con la gente.
—Lo más lindo es cuando vienen escuelas y liceos al MACA, y los chicos descubren el arte. Ese es el pequeño granito de arena que uno puede aportar, siempre desde la horizontalidad, como usted dice, y el vínculo directo. Por eso el taller en Uruguay está abierto cuando estoy allí. La gente puede entrar y ver cómo trabajo. Los chiquilines se llevan un pedacito de mármol y, a partir de eso, quizás descubren que ese mármol viene de un lugar que se llama Italia, de un pueblo que se llama Carrara. Todo eso despierta curiosidad y genera conexiones.
—Así que siempre se trata de trazar puentes...
—Yo digo siempre que vivimos en sociedades con muros y con puentes. La sociedad que va a avanzar es la que no tiene miedo del otro ser humano y es capaz de abrazar comunidades y a otros seres humanos.
—¿Y cómo se siente cuando ve su obra en ese espacio monumental de la galería?
—Fue realmente imponente. Hubo muchísimo trabajo detrás: llegaron cuatro camiones y colaboraron equipos de Uruguay, Italia y otros países para montar todo. Ver las obras en ese contexto, incluso las que están en la entrada, sobre esa escalinata maravillosa con el edificio detrás, fue una emoción enorme.
—¿Hay posibilidades de ver Scolpire la luce en Uruguay?
—Fue todo tan emocionante que unos amigos me propusieron intentar llevarla al MACA. Estamos empezando a pensarlo, aunque depende de convencer a muchos prestadores para que permitan trasladar las obras. Ojalá podamos concretarlo para el verano.
El MACA de Manantiales no deja de crecer
En 2027 coinciden dos aniversarios redondos en la carrera y la vida de Pablo Atchugarry: los 20 años de la fundación Atchugarry y los cinco años del Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (el MACA). Como adelantando los festejos, el predio del museo en Manantiales tendrá un nuevo edificio: 2.000 metros cuadrados dedicados al arte y diseñados por el arquitecto Carlos Ott. “Es para seguir apostando al Uruguay y ampliar los espacios de colección permanente”, le contó Atchugarry a El País. Va estar al lado del escenario al aire libre y, dice el artista, “va tener una vista hermosa hacia el atardecer”.
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