Durante casi 80 años estuvo ahí, a la vista de todos y a la espera del momento indicado. Pasó de estante en estante, sobrevivió mudanzas, herencias y sucesivas limpiezas de una biblioteca familiar sin que nadie advirtiera el tesoro que guardaba. La cubierta de gamuza marrón, marcada apenas por un sutil “G. G. M.”, hacía pensar que se trataba de un cuaderno perteneciente a Gervasio Guillot Muñoz, crítico literario, profesor y figura clave en la formación intelectual de la Generación del 45.
Pero en una tarde de invierno de 2024, mientras ordenaba junto a su padre, Julio Guillot, la biblioteca que habían recorrido una y otra vez a lo largo de los años, Camila Guillot reparó en aquel cuaderno. Al abrirlo, descubrió algo inesperado: un poemario inédito de una joven Ida Vitale.
En la primera hoja, la hoy directora editorial de Planeta Uruguay se topó con una dedicatoria fechada el 31 de diciembre de 1946 y dirigida a uno de los profesores que más había influido en la formación de la escritora. “A Gervasio Guillot Muñoz, intentando agradecer el advenimiento de su amistad. Con la mía segura”, escribió la entonces estudiante de 23 años.
Le seguían 15 poemas.
El hallazgo, que semanas atrás llegó a librerías de toda Iberoamérica bajo el título Poemas de juventud (1943-1946), es un acontecimiento para la literatura uruguaya. No solo porque rescata una pieza inédita de la autora uruguaya más reconocida del último medio siglo, sino porque adelanta el punto de partida de una de las obras más importantes de la literatura en español.
Hasta ahora, el debut literario de Vitale se situaba en 1949 con La luz de esta memoria, el libro que la instaló entre las voces fundamentales de la Generación del 45. Pero este cuaderno hallado en la biblioteca de Julio Guillot revela un origen anterior: el verdadero kilómetro cero de una trayectoria que décadas después la llevaría a recibir el Premio Cervantes.
“Sentí mucha sorpresa porque se juntó mucho azar”, le comenta a El País Amparo Rama, hija de Ida Vitale. “Que mamá nunca lo mencionara, que quien ordenara la biblioteca resultara editora de Planeta. Que previamente nadie se deshiciera de esa libreta”.
De los 15 poemas reunidos en el cuaderno —copiados a mano sobre papel artesanal— solo uno había sido publicado en una revista literaria.
Pero el hallazgo también adquirió otro significado. Para Camila Guillot, que nunca llegó a conocer a su abuelo, y para Julio Guillot, que perdió a su padre cuando tenía 11 años, la aparición de aquellos poemas se convirtió en una forma de volver sobre el legado de Gervasio Guillot Muñoz.
Fallecido en 1956, fue una figura central de la vida intelectual uruguaya: fundador de la cátedra de Literatura Francesa de Humanidades, impulsor de la histórica revista Cruz del Sur y maestro de varios de los jóvenes que más tarde integrarían la Generación del 45, entre ellos Ángel Rama, José Pedro Díaz e Ida Vitale.
La biblioteca de Julio conserva todavía algunas huellas de esa historia. En uno de los estantes donde apareció el cuaderno de Ida descansa una primera edición de Historia de la eternidad (1936) dedicada por Jorge Luis Borges a Gervasio Guillot Muñoz. La firma del escritor argentino saluda a su amigo como “el otro oriental”, una muestra del reconocimiento que despertaba entre sus contemporáneos.
La historia del hallazgo
Un miércoles de mayo, padre e hija reciben a El País en el apartamento de Julio para reconstruir la historia. Rodeados por los mismos estantes donde apareció el cuaderno de gamuza marrón, vuelven sobre aquella tarde de invierno de 2024. “Hemos ordenado la biblioteca miles de veces, pero nunca nos habíamos detenido en el cuaderno, que claramente estuvo siempre”, recuerda Camila. Julio asiente.
Cuando lo encontró, entre tomos de poesía de autores emblemáticos, Camila no entendió de inmediato qué tenía entre manos. La tapa llevaba las iniciales “G. G. M.” y la fecha le resultó confusa. “Pensé que decía 1916 y que podía ser algo que le habían mandado a mi abuelo cuando era joven. Como siempre estuvo vinculado a las letras, no parecía raro”, recuerda. Pero a medida que avanzaban en la lectura, la hipótesis empezó a derrumbarse. “Leímos los poemas y vimos que estaban muy bien hechos”.
El misterio terminó de resolverse cuando, al pasar las páginas, una pequeña tarjeta cayó del interior del cuaderno. Era una dedicatoria firmada por Ida Vitale y fechada el 31 de diciembre de 1946. “Espero que su tranquilidad no sea perturbada por este envío, por el cual, después de echado al correo me voy a sentir algo ridícula”, escribió la joven antes de cerrar el envío.
Sorprendida, Camila entró en contacto con Amparo Rama para hacerle llegar el material. La visitó en su casa y todavía recuerda el impacto que le produjo el reencuentro con aquellos textos. “Al principio le encantó verlo, pero se reía de ella misma; era como si le diera vergüenza”, relata. Amparo lo confirma: “Desde su rigurosidad actual le dio cierto pudor encontrarse con la joven Ida”.
Cuando Camila le preguntó si podía publicarlo, la poeta fue tajante: “¿Quién querría leer esa vejez?”. “¡Todo el mundo, Ida!”, respondió Guillot. Le tomó unos meses convencerla, pero lo logró. Amparo resume: “Terminó admitiendo que allí estaban sus orígenes”.
Poemas de juventud (1943-1946) incluye piezas como “Imagen”, “La fuente” y “Nocturno”, donde ya aparecen varios de los temas sobre los que Vitale edificaría su obra. Guillot destaca la atención a la existencia, la conciencia del paso del tiempo, la naturaleza y la precisión del lenguaje. Amparo se detiene en ese punto: “Sorprende el dominio temprano de la lengua, que luego será una de sus características salientes”.
Cuando finalmente recibió la confirmación definitiva sobre la autenticidad del material de Vitale, la editora no ocultó su reacción. “Grité seguramente, me debo haber tomado un vino para celebrar”, cuenta. El libro fue publicado por Tusquets Editores, que en 2017 había lanzado Poesía reunida dentro de su colección Nuevos textos sagrados. Y este volumen de inéditos encaja a la perfección con semejante rótulo.
Poemas de juventud (1943-1946) se consigue en librerías por 690 pesos. Además de los 15 poemas, reproduce en facsímil los manuscritos de la autora y cierra con un relato de la propia editora de Planeta sobre el descubrimiento. Al respecto, Julio se ceba un mate y le dice a El País: “Siento orgullo por el recuerdo de mi padre, pero sobre todo una gran alegría y orgullo por Camila”.
Ella, a su lado, sonríe. De todo este proceso, destaca la aventura literaria que emprendió junto a su padre, el homenaje a su abuelo y sus encuentros con Ida. Pero, además, pone el foco en otra cosa: los mensajes de los lectores desde la publicación. “Nos sorprenden los agradecimientos que nos llegan”, dice. “Sentimos que es un aporte a la literatura, que es mi vida”.
“Son pequeños logros compartidos. Empezó en lo familiar y ahora se vuelve colectivo”, dice, mientras sostiene junto a su padre el cuaderno de G. G. M.
Una revista que se volvió referencia
Gervasio Guillot Muñoz y su hermano gemelo Álvaro fueron, junto a Alberto Lasplaces, tres de las figuras centrales de La Cruz del Sur, la revista literaria fundada en 1924 que publicó textos de referentes nacionales e internacionales de la época. Activa hasta 1931, sus 33 números están digitalizados y disponibles para descargarse de forma gratuita en la web de Anáforas. En sus páginas pueden leerse firmas de leyendas como Juana de Ibarbourou, Emilio Oribe, Fernán Silva Valdés, Emilio Frugoni, Justino Zavala Muniz, Juan Parra del Riego y Pedro Leandro Ipuche.
Además de su trabajo en la revista, los hermanos Guillot Muñoz publicaron La leyenda de Lautréamont, un estudio imprescindble sobre la vida y obra del poeta Isidore Ducasse, autor de Los cantos de Maldoror (1869).
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