Crónica de Natalia Lafourcade en Uruguay: un ritual de canciones, intimidad y mezcal con homenaje a Zitarrosa

Este martes, la mexicana se presentó por primera vez en Montevideo con un show de entradas agotadas en el Auditorio Nacional del Sodre. Presentó el espectáculo "Cancionera tour" y cantó "El violín de Becho".

Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Ignacio Sánchez.

La sala Eduardo Fabini está repleta y bañada por una luz azul. Es martes y en unos minutos Natalia Lafourcade va a presentarse por primera vez en Uruguay, 24 años después de su disco debut. Pero Cancionera Tour no tiene clima de recital.

Entonces llegan las instrucciones.

Por los parlantes, una voz femenina, calma y de acento mexicano, oficia de azafata de un nuevo estado de ánimo. “Bienvenidos al universo de la Cancionera”, dice, en referencia al último disco y al alter ego que Lafourcade construyó para esta etapa. Después pide respirar hondo, permanecer “profundamente presentes” y evitar los teléfonos. No sacar fotos. No filmar. Y, especialmente, no contener las emociones.

“Hemos diseñado un espacio de conexión y profunda intimidad con la Cancionera. Es un enorme privilegio recibirles en este concierto donde la canción brilla”.

Después, un último aviso: “Este setlist tendrá una duración aproximada de hora y media, dependiendo de la alegría y el entusiasmo de ustedes, nuestro público participante”.

El escenario del Auditorio Nacional del Sodre confirma que algo distinto está por pasar. En un costado, sobre una silla, descansa un maniquí vestido de rojo. En lugar de cabeza tiene un ramo coronado por una protea, la flor que Lafourcade asocia a la transformación y al pasaje entre De todas las flores y Cancionera. Sobre una rodilla, reposa una máscara vinculada al universo visual de “Mascaritas de cristal”. Silencioso y sin rostro, ese maniquí le pone el cuerpo al lazo conceptual que une a sus dos discos.

Al otro costado, una mesa sostiene una botella del “mezcal de las flores cancioneras” y una lámpara. En el centro, un piano vertical espera.

Entonces aparece ella. Vestida con un saco negro atravesado por trazos blancos que simulan el boceto de un sastre, Lafourcade sostiene una pequeña valija. “¡Viva México!”, le gritan desde la platea. Camina hasta el piano, saca unos papeles arrugados, los tira al piso y coloca sobre el instrumento el dibujo de un rostro, como si fuera una partitura. Entonces empieza.

Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Ignacio Sánchez.

Una melodía delicada se mezcla con sonidos de pájaros y goteos. Lafourcade vocaliza apenas unos segundos y abre el concierto: “A este mundo vine solita, / Solita me voy a morir”. Estira las vocales hasta volverlas suspiro. Canta como si estuviera entrando, poco a poco, en trance. El público la sigue.

Sin pausa, engancha con “Muerte”. “Después de morir mi guerra, / Hoy renazco agradecida”, canta. Ese primer tramo, de casi diez minutos, muestra a Lafourcade apenas iluminada, mínima frente al piano. El cierre llega con “Pajarito colibrí” y otra frase que parece marcar el tono emocional de la noche: “Tú llegaste al mundo para ser feliz”.

La mexicana, siempre sonriente, se pone de pie y se acerca al borde del escenario. Saca una filmadora de mano y apunta al público. Después, con ese tono afable que también atraviesa sus canciones, termina de definir el espíritu de la noche.

Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Ignacio Sánchez.

“Hagan de este concierto absolutamente lo que se les dé la gana. Todo lo que ocurre en este escenario, que me gusta llamarlo ‘mi habitación’, se va a quedar aquí. Aprovechen para cantarle al amor, al desamor, a la vida, a la muerte, a lo que duele, a lo que pesa”.

La platea aplaude.

“Pase. Deje el dolorcito. Yo les doy la bienvenida, corazones caminantes”.

Ya con guitarra en mano —y luego de cantarle justamente “Mascaritas de cristal” al maniquí sin rostro—, Lafourcade consigue que el público se anime a cantar por primera vez. Lo hace con el estribillo de “Soledad y el mar”.

Ahí aparece el corazón de Cancionera Tour: no se sostiene en grandes golpes escénicos ni en artificios visuales, sino en la capacidad de Lafourcade para convertir cada canción en un pequeño ritual compartido. Sus letras, la delicadeza y la complejidad silenciosa de los arreglos, y la entrega física con la que interpreta cada tema empujan al Auditorio hacia una misma frecuencia emocional.

Todo parece construido desde lo mínimo. Voz, cuerpo, silencio y canción. Apenas eso. Y alcanza.

Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Ignacio Sánchez.

De repente, la solemnidad se quiebra con un brindis. Natalia levanta un pequeño vaso de su “mezcalito de las flores cancioneras” traído desde México. “Está picoso pero sabroso”, bromea. El Auditorio festeja. Es el preámbulo para “El lugar correcto”. Ante la pregunta de qué hora es, alguien se anima a gritar “¡Las 22.01!”. Ella sonríe y propone un juego. “Ahora esta canción se trata de que, cuando les pregunten qué hora es, digan ‘ahora’. El tiempo presente. El tiempo más maravilloso”, desliza.

Y en ese juego del tiempo como una masa maleable, Lafourcade lleva al público hasta su cuarto de adolescencia. Entre risas, recuerda cómo un viejo amor le devolvió, después de una ruptura, una caja llena de cassettes con canciones grabadas años atrás. Lo que entonces había sido un gesto desgarrador terminó salvando las maquetas de su primer disco.

La escena conecta a la artista de hoy con aquella adolescente que escribía canciones encerrada en su cuarto. Algo de ese origen sigue intacto: la sensación de que cada tema todavía nace en un espacio privado, incluso frente a una sala repleta que busca refugio del frío montevideano de un martes de mayo.

El mezcal de Natalia Lafourcade.
El mezcal de Natalia Lafourcade.
Foto: Ignacio Sánchez.

Lo más vivo de la noche aparece cuando invita al escenario al violinista Matías Craciun y a la bandoneonista Abril Farolini. Cuenta que los escuchó durante la apertura del concierto y propone improvisar una versión de “El violín de Becho”, de Alfredo Zitarrosa. Lo que sigue tiene algo frágil y emocionante: Lafourcade se sumerge en la melodía, se mira y sonríe con los músicos, prueba caminos. Todo nace frente al público. Sin ensayo y sin red.

Después agradece al público, dice que ama ser mexicana en esta tierra y alguien le alcanza una bandera uruguaya que acomoda sobre la falda antes de tocar “Caminar bonito”, como un gesto de intimidad con Montevideo.

Lafourcade recorre el “inframundo del amor” involucrando al público. Dedica “El palomo y la negra” a quienes sueñan con casarse y, casi enseguida, transforma “Nunca es suficiente” en un pequeño himno para divorciados, corazones rotos y vínculos “tóxicos”. Provoca risas. Pero uno de los momentos más cálidos llega desde una petición del público: una canción para los “casados y felices”. Natalia sonríe y responde con “Tú sí sabes querer”.

Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Natalia Lafourcade en el Auditorio Nacional del Sodre.
Foto: Ignacio Sánchez.

Para el cierre, vuelve la “paparazza antisocial”, como llama a su cámara de mano. Invita a Victoria, una fan desbordada de entusiasmo, a registrar desde el escenario el momento “más épico” de la noche: una versión de "Hasta la raíz" con el público de pie y en un coro improvisado de casi 2000 personas.

Aquella azafata del viaje emocional había anunciado que el show duraría una hora y media, dependiendo del entusiasmo del público. El reloj terminó marcando más de dos horas, aunque para entonces nadie parecía demasiado pendiente de la hora. Después de todo, Lafourcade ya había dado la consigna: cuando pregunten qué hora es, la respuesta correcta es "ahora".

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