Fernando Cabrera: "Una inquietud mía siempre fue no atarme demasiado al momento político o histórico"

El cantautor uruguayo se presenta este sábado 16 en La Trastienda con nuevo espectáculo y acompañado por Juan Manuel Cayota y Diego Cotelo; promete una docena de nuevas canciones

Fernando Cabrera
Fernando Cabrera
Foto: @majocasaco

Cuando Gabriel García Márquez dijo que el periodismo era el mejor oficio del mundo, se debería estar refiriendo a estar una mañana en el bar de la Plaza del Entrevero tomando un café con Fernando Cabrera. La excusa para entrevistarlo es el show que dará mañana, con entradas agotadas, en La Trastienda. Por si no llegó a tiempo, se anuncia una segunda fecha, el 13 de junio. Las entradas salen 1.500 y 1.800 pesos y están en el sitio de Passline.

Lo acompañan esta vez sus jóvenes compinches Diego Cotelo y Juan Manuel Cayota, y se prometen relecturas de canciones viejas (Cabrera adelanta que ahí estarán “Agua”, “Mariaelena”, “Llanto de mujer”) como para compensar, dice, la docena de estrenos que incluirá el repertorio del recital.

Con una carrera que empieza a rozar los 50 años, Cabrera tiene uno de los cancioneros más poderosos de la música uruguaya, al que sigue revisitando con una originalidad y una libertad que son la marca de agua de su obra.

Sobre algunas de esas cosas, Cabrera, capuchino de por medio, charló con El País. Este es un extracto de esa conversación.

—Pienso en sus canciones como paisajes repletos de personajes...

—Hay mucha gente, muchos personajes. Y sí, los he ido integrando a esa especie de novela larga que ya es mi cancionero. Entran y salen, algunos se repiten incluso. Algunos son reales o tienen rasgos de una persona, pero no son enteramente esa persona. O distintos rasgos forman un personaje.

—En eso de su cancionero como una novela, ¿todas sus canciones transcurren en un mismo universo?

—No lo he pensado. Creo que no, porque naturalmente sale una variedad de tópicos, de temas y de personajes, y también de formas. Algunas canciones son muy abstractas, parecen estar un poco fuera de la realidad de las cosas y de las personas; son más del pensamiento. Otras son más concretas: hay personajes, una carrera de bicicletas, un barrio, a veces el interior. Están esos dos planos: canciones más del espíritu, de lo que pasa adentro tuyo, y canciones que relatan. Después hay muchos temas y personajes distintos. No podría —lo intenté y fracasé por años— ser escritor, narrador.

—¿No le sale?

—No me sale. Hice el intento, el ejercicio, pero un buen día, por suerte, viendo todo lo que tenía en cuadernos… me di cuenta de que no era por ahí. Y tiré todo, quemé todo. Pero capaz que trasladé a mi trabajo en la canción un poco ese impulso de una obra, una narrativa. Capaz que es ambicioso decir eso. Pero ahora, cuando miro para atrás y veo tantas canciones —cientos— veo un conjunto. Ya no son tres o cuatro, ni 20 o 30. Si las pongo todas juntas, es una novela.

—En este espectáculo va a hacer versiones de sus canciones. ¿Su obra es un eterno work in progress?

—No. Son reconstrucciones. Y pertenecen también a un impulso de renovación. Se te ocurren nuevas ideas arreglísticas, de guitarra, otro fraseo, otra forma de cantarlas.

—¿Eso es su impulso de arreglador?

—Claro. De versionar. Y eso es muy común en la música popular de todas las épocas y todos los géneros. En el tango pasa permanentemente. En el folklore argentino también. ¿Cuántas versiones distintas hay de una zamba? Cada uno las hace a su manera. En Brasil pasa lo mismo, y en toda la música criolla estadounidense, el folk, el country, que toma canciones tradicionales y las rehace a su modo. Bob Dylan lo hizo en sus comienzos.

—Y lo sigue haciendo. Sus clásicos son irreconocibles.

—Exacto. Y en el jazz está el fenómeno del estándar: todo el mundo toca lo mismo, pero a su manera. Bueno, yo tengo un poco eso con mis propias canciones. Cuando toco solo con guitarra dejo una puertita abierta a cosas del momento. Reelaboro. No sé si está bien o mal, es lo que sale.

—Y así la canción termina siendo una materia viva.

—Es viva, exactamente.

—¿Y por qué hay canciones que necesitan eso?

—A veces uno piensa: “Aquella canción de aquel disco…”. En un momento capaz que tuviste un reparo y dijiste: “No, no la voy a hacer más. No me gusta esta frase”. Pasan los años y la volvés a mirar: “¿Por qué la dejé de lado? Hoy me gusta”. Capaz que es algo caprichoso. Te parece vigente y ahí hacés una mínima modificación y vuelve. Y en Argentina, por ejemplo, donde me conocen desde hace menos tiempo, les resultan nuevas. Escuchan “Maríaelena” y dicen: “¡Qué nueva esta canción!”. Y tiene 45 años.

—Y funciona.

—Tiene vigencia. Una inquietud mía siempre fue no atarme demasiado al momento político o histórico. Tratar de escribir para cualquier época y para gente de cualquier lado. Y creo que, mal o bien, algo de eso salió: las canciones funcionan acá, o en España, o en México, o en Colombia. Pasa lo mismo que cuando yo escuchaba “Penny Lane” o “Lunita Tucumana”. Yo no sabía exactamente de qué hablaban esos lugares, pero entendía que estaban hablando de algo querido. “El tiempo está después” es una de mis canciones más populares afuera. La gente no sabe qué es la calle Llupes, pero no importa.

—Y además Llupes ya no tiene raya al medio, le cambiaron el peinado.

—Claro. El tiempo pasa.

—¿Y cómo elige las canciones de otros?

—Me encanta. Estuve en Buenos Aires, invitado por el Ministerio de Cultura, en la Feria del Libro. Hicimos un homenaje a Alfredo Zitarrosa. Toqué “Milonga para una niña” y “El gato y el perro”, pero a mi manera, muy distinta a Zitarrosa. Y otras veces hago algo de Luis Alberto Spinetta, o de Atahualpa Yupanqui, o de Tom Jobim. Me gusta.

—Usted ha sido siempre de parcerías. ¿Qué encontró ahora en Cotelo y Cayota?

—De todo. Ellos reiteran un fenómeno que me pasó toda la vida: la suerte de tocar con los mejores músicos de este país. Y estos locos, que son una o dos generaciones menores que yo, son músicos extraordinarios. Y me entusiasma volver a tener una cosa eléctrica, más poderosa.

—Es un trío bien clásico.

—Sí, claro. Cayota en batería, a Cotelo lo pasé al bajo, los dos cantan. Y eso me despertó las ganas de hacer un repertorio nuevo, otra atmósfera de canciones. Estoy feliz. Son muy dúctiles. Asombra la capacidad que tienen. Y ya conocían mi obra de antes; por suerte emboqué con eso. Los temas viejos los saben de memoria. Y los nuevos los entienden enseguida.

—Su generación aparece como referencia para músicos jóvenes. Hay algo experimental ahí.

—Sí, pero tampoco es tan común. Son ellos y algunos más los que se fijan en Galemire, Darnauchans, Lazaroff. Y son muy informados sobre ese pasado. Hace poco Cotelo acompañaba a una cantante joven y hacían canciones de Bonaldi y de Galemire. Es asombroso. Hay un material hermoso de hace 30, 40 o 50 años: de ellos, de Leo Maslíah, Dino, Travesía, pero yo no veo continuadores directos.

—Como si fueran artistas sin escuela.

—Será que lo que hacen es tan completo que no hay cómo continuarlo. Como Astor Piazzolla. ¿Qué hacer después de Piazzolla? ¿O después de Maslíah? Primero tendrías que tener su talento, cosa imposible. Y después construir desde ahí. Darnauchans era irrepetible: literatura, música, autor de melodías hermosas, una voz única. Galemire lo mismo: investigador del candombe, refinadísimo. Presentación de Galemire y Sansueña de Darnauchans son discos que me marcaron. Son mis dos maestros, los observé y tuve la suerte de que ellos, siendo un poco mayores, me adoptaran. Me aconsejaron, repararon en mí, me volcaron generosamente una experiencia enorme.

—Hace un tiempo dijo que tenía cientos de canciones y que podría no escribir más. Pero sigue escribiendo...

—Lo que pasa es que tengo cientos de canciones muy avanzadas, a las que les falta un retoque, una estrofa. Las voy terminando y estrenando. Y siempre aparece una nueva. Tengo la costumbre de trabajar con canciones inconclusas. Voy agarrando de a dos o de a tres, las leo, las miro. A veces pasan los años hasta que quedan prontas. Pero mientras tanto ya hay otras empezadas.

—¿Escucha música?

—Siempre escucho música. Pero no con la ansiedad juvenil de estar al día. Eso lo perdí. Pero, ¿quién no escucha música si está presente vayas donde vayas? La escucho en la radio, en la televisión, en los bares, en las plazas. Y tengo mucha música en la cabeza todo el tiempo...

—Como una radio propia...

—Sí, los que estamos en esta profesión tenemos eso y nunca se apaga.

—¿Y el sonido actual le interesa?

—Sí, pero yo voy tarde con todo. También con la tecnología. No es rechazo; soy lento. Trato de no quedar afuera. Y además hay lenguajes que se están volviendo hegemónicos y no necesariamente me gustan. Yo no voy a ponerme a rapear a toda velocidad porque no me gusta. Tampoco voy a usar autotune en mi voz. Sé que lo usa el planeta entero, pero si no me gusta, no lo voy a hacer. Sigo sintiendo la música como un fenómeno acústico: el aire vibrando, un parche, una cuerda de guitarra, una voz humana, un bajo, un coro. Eso me sigue gustando. Voy a seguir haciendo eso.

—Y ahora llega el nuevo show. ¿Está nervioso?

—Nervioso no. Ansioso, sí. No tengo miedo ni pánico escénico. Pero sí ansiedad, sobre todo el día anterior o las horas previas. Ahí me encierro, hago ejercicios vocales.

—¿Medita, por ejemplo?

—No. Bueno, tengo una actitud meditativa, no sé si medito en el sentido formal. Estar arriba de un escenario cantando y tocando es un fenómeno psicológico muy extraño. ¿Dónde estás ahí? ¿En qué dimensión? Estamos todos en un viaje. Ahí hay algo muy abstracto, muy del territorio de la mente. Y termina una canción y vamos a otro mundo con la siguiente.

—Recuerdo un show suyo con Cotelo en la Zitarrosa. Sentí que todos estábamos en otro plano, otra dimensión.

—Cuánto me alegro. Yo estoy en un estado de hiperconcentración, estoy en otro plano. Y es una puerta a otro estado. Entramos los músicos y el público en un mundo de sonidos, de impulsos que te producen los graves, los agudos. Algo raro pasa y no sé cómo llamarlo.

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