Claudio Rama: máscaras, obra artística propia, un libro y la apertura de un centro cultural en Atlántida

El exvicepresidente del Sodre, especialista en educación, funcionario de organismos internacionales y académico abrió "CasaRambla" en el balneario canario donde expone su creación artística y su colección etnográfica

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Claudio Rama
Foto: Darwin Borrelli

La publicación del libro Los otros rostros de América Latina, que acompaña la muestra permanente de parte de su colección de máscaras etnográficas de América Latina en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (el MAPI), ya sería excusa suficiente para charlar con Claudio Rama.

Además, abrió CasaRambla, un centro cultural en Atlántida, donde junto con sus máscaras se expone su obra artística (una parte de sus 50 “cajas”) y de otros artistas plásticos. Es un proyecto al que aspiraba hace mucho y que recién ahora pudo concretar, cuando se cruzó con un casona semiderruida en el balneario canario. Está en Rambla y Calle 12.

Es un emprendimiento conjunto con Hugo López, Eduardo Laureiro y Pincho Casanova; los cuatro están exponiendo su obra en CasaRambla, con curaduría de Mary Ríos.

Rama fue director del Instituto de Libro y vicepresidente del Sodre durante la primera presidencia de Julio María Sanguinetti, y tiene una larga carrera en organismos regionales y académicos en el área de la educación. Es hijo del intelectual uruguayo Ángel Rama y la poeta Ida Vitale.

De todo eso, Rama charló con El País.

—Si mal no recuerdo, su última actividad como gestor cultural en el ámbito privado fue en la editorial Arca.

— Sí, a mediados de los 80. Después de salir del Instituto del Libro hicimos una especie de acuerdo familiar y me quedé con una parte de la editorial. Mi padre tenía 47 acciones, y terminé comprándolas con todos mis ahorros. Tuve esa experiencia durante un par de años. Después de ahí abandoné prácticamente la cultura y me dediqué a la Educación Superior. Ingresé por concurso a la Unesco y me fui. Fue muy interesante la experiencia.

—¿Y por qué volver ahora a la gestión con CasaRambla?

—El primer escenario era una gran angustia: estaba acumulando una colección muy grande de máscaras etnográficas.

Exposición en CasaRambla
Pinturas y Ensamblajes en CasaRambla

—¿Cuándo empezó a coleccionarlas?

—Hace unos 30 años. Fui investigando mientras recorría la región por mi trabajo. Pero llegó un punto en que se volvió un pequeño monstruo y empecé a necesitar un lugar. Hoy hay 550 piezas en el MAPI con mucho movimiento de público. Es la colección más diversa de América Latina, y sigo incorporando piezas permanentemente. Ya tengo entre 800 y 900 piezas.

—Un montón...

—En 1985, cuando volví a Uruguay después de la dictadura, traje una máscara mexicana decorativa. La dejé al aire libre y se fue arruinando. Después empecé a juntar máscaras más etnográficas, algunas africanas. Me empezó a gustar. Y cuando empecé a viajar mucho con la Unesco, la colección creció, se depuró, empecé a entenderla.

—¿Y ahí llegó CasaRambla?

—Necesitaba espacio para mi obra artística. Tenía unas 50 cajas producidas y no quería desprenderme de ellas. Por casualidad vi una casa abandonada en Atlántida con problemas legales y me decidí. Con dudas y tras haber atravesado un tema de salud: buscaba un lugar para estar tranquilo, para recluirme. Así empezó a concebirse la idea de una casa que fuera de veraneo y, al mismo tiempo, una sala de exposiciones. Esta bien ubicada, pero nos dio bastante trabajo: no tenía saneamiento, la electricidad no funcionaba, había humedad en todos lados. Fueron casi dos años de trabajo, mejorando de a poco. Empecé a llevar mi obra, como si fuera un depósito en vez de tenerla encerrada en un garaje, que se viera y evaluara. Y así, con amigos, fuimos viendo la idea de convertirla en un espacio cultral abierto.

—Y volver a ser un gestor...

—Pero con una lógica más positiva.

libro-mascaras

—Hay una mirada latinoamericanista en la colección. ¿Eso viene de su padre?

—Sí, y por mi trayectoria laboral, América Latina siempre fue central: la leo, la estudio, viví en muchos países incluyendo más de 10 años en Venezuela. Me siento muy latinoamericano. Cuando llego me voy a los pueblos a buscar máscaras bailadas, que representan una cultura, una tradición, no creadas por un artesano. No son fáciles de conseguir y la gente no las quiere vender porque llevan bailando con ellas 20, 30 años.

—¿Cuál es el vínculo de esas máscaras y sus cajas?

—Las cajas son una especie de representación teatral. Hay una sensación de que estuve mucho tiempo detrás del hecho artístico como promotor, coleccionista o académico y siempre he estado deseando abrir la veta más creativa. En los últimos años empecé a producir con mayor intensidad.

—Hablando de su familia, ¿cómo lo influyeron sus padres, Ida Vitale y Ángel Rama?

— Uno no sigue mecánicamente las tradiciones de los padres, pero no siento angustia en mis pensamientos y acciones con la impronta de mi padre, que es muy importante para mí, más allá del cariño a mi madre. Mamá es una poeta muy ensimismada en ella, no mira el entorno, le importa poco el contexto: es una mujer completamente focalizada en su creación. Papá era un hombre de sociedad, más familiero, afectuoso, venía de una tradición gallega muy marcada, de hermanos y vínculos. Intelectual y emotivamente siempre estuve más vinculado a mi padre, aunque el vínculo con mi madre sea, claro, fundamental.

—Usted es militante del Partido Colorado y su padre es una figura clave de la izquierda...

—Papá nunca fue un militante de partido: fue un intelectual crítico, un gramsciano orgánico, pero no un operador político. Tenía una visión progresista, socialdemócrata, y fue intelectualmente muy valiente. Escribió mucho contra la persecución de los intelectuales, se enfrentó a Cuba a raíz del caso Padilla y dejó una huella muy clara. No siento conflictos internos con la impronta de papá, quien además encarnó un tiempo histórico.

—Para cerrar: ¿qué es CasaRambla hoy y qué va a ser?

—Hoy hay una exposición permanente de obras propias y ajenas. Vienen 20 o 30 personas los fines de semana. Estamos consolidando el espacio, sin sobredimensionarlo. Atlántida se está consolidando, queremos ampliar áreas de exhibición, usar el jardín como parque abierto, integrarnos más a la comunidad. A los proyectos hay que darles aire para que crezcan, pero ni poner grandes sueños, ni ahogar sus posibilidades.

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