Antes de ganar premios en Rotterdam, antes de convertirse en una referencia ineludible del cine uruguayo y mucho antes de que frases, personajes y escenas quedaran tatuadas en varias generaciones de montevideanos, 25 Watts era apenas una idea: un corto en VHS que tres amigos querían filmar durante un verano.
La película de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, estrenada en 2001, mañana se cumplen 25 años, nació lejos de cualquier cálculo industrial o ambición grandilocuente. De hecho, su origen tenía bastante más de aburrimiento juvenil, cerveza y ganas de hacer algo propio que de un plan maestro cinematográfico.
“La idea original tiene seis años”, contaban los directores en una entrevista a Sábado Show en mayo de 2001, días antes del estreno local. “Queríamos escribir y filmar un corto en VHS donde actuáramos nosotros mismos”.
En esa primera versión ya estaban los tres personajes centrales: el Leche, Javi y Seba (Daniel Hendler, Jorge Temponi y Alfonso Tort). Eran, de alguna forma, ellos mismos y su círculo cercano. “Cada uno escribía un personaje a partir de las cosas que le pasaban en la diaria”, recordaban en aquella nota. Lo que terminó apareciendo en pantalla no fue una representación abstracta de la juventud uruguaya, sino un retrato íntimo, casi doméstico, de cómo era tener veinte años en Montevideo a fines de los 90.
La historia fue creciendo lentamente entre exámenes de facultad y reescrituras en el verano. Y tuvo un momento decisivo: cuando le pidieron permiso al docente de la Católica, Rafael Courtoisie para presentar ese guion —mucho más largo de lo requerido— como trabajo universitario. La devolución los empujó a tomárselo en serio. Ahí apareció la primera forma definitiva de 25 Watts.
Después vino el recorrido habitual del cine uruguayo de la época: concursos, negativas, menciones honoríficas y supervivencia económica. El proyecto pasó por el Fondo Nacional del Audiovisual, donde no ganó financiamiento, aunque el jurado destacó el humor del texto y advirtió que las palabrotas podían complicar su difusión. Más tarde obtuvo 15.000 dólares del Fondo Capital de la Intendencia de Montevideo. Era apenas una décima parte del presupuesto que necesitaban.
El resto se armó con trabajo “de onda” y prestamos de los familiares.
Actores, técnicos, asistentes y amigos trabajaron prácticamente de manera honoraria. El rodaje se hizo en 16 milímetros, en blanco y negro, con jornadas larguísimas y soluciones improvisadas. Si faltaba equipamiento, se inventaba. Si no había dinero para un movimiento de cámara, aparecía un truco casero.
En una entrevista en El País el día del estreno, el 1° de junio de 2001, Rebella contaba cómo resolvieron una de las primeras escenas de la película: “Le desinflamos las ruedas al auto, pusimos la cámara adentro y seguimos a los actores desde el vehículo”. Después remataba con una definición que terminó funcionando como una especie de manifiesto involuntario de la película: “Las imperfecciones resumen bastante bien el espíritu de la película”.
Ese espíritu también estaba en el tono del relato. Rebella y Stoll nunca quisieron convertir 25 Watts en una tesis o manifiesto sobre “la juventud uruguaya”. Rechazaban deliberadamente la idea de bajar línea o construir una crítica generacional solemne.
“En ningún momento se nos pasó por la cabeza anteponer un mensaje a la película”, decía Stoll en aquella entrevista. Algo parecido sostenía el actor Alfonso Tort en una crónica publicada sobre un día del rodaje, publicada en febrero de 2000: “No es una onda ‘uhhh, qué mal está la juventud de hoy’”.
Para los realizadores, la clave era otra: retratar una atmósfera.
Por eso la película se mueve entre la apatía, la ironía y el humor absurdo. Sus protagonistas pasan un sábado entero flotando entre pequeñas frustraciones, conversaciones inútiles, expectativas mínimas y una sensación permanente de no saber muy bien qué hacer con el tiempo ni con su futuro. No hay épica. Tampoco moraleja.
Y justamente ahí estuvo gran parte de su potencia.
Los personajes hablaban como hablaban los jóvenes montevideanos de entonces. Caminaban por barrios reconocibles. Perdían el tiempo como lo hacía toda una generación. En vez de dramatizar la crisis existencial adolescente, 25 Watts encontraba humor en ella. En los videoclubes, los amigos eternamente colgados, las salidas que no salían bien, los silencios incómodos y los sueños modestos.
La película terminó conectando mucho más allá de Uruguay. Ganó premios en Rotterdam y en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, mientras en Montevideo empezaba a moverse gracias al boca a boca.
Lo que había arrancado como un proyecto diminuto y casi imposible de hacer terminó funcionando como un espejo generacional.
Ese impacto coincidió, además, con un momento especial para el efervescente cine uruguayo. En junio de 2001, 25 Watts compartía cartelera con En la puta vida y Maldita cocaína, el entonces director del Instituto Nacional del Audiovisual, Washington Algaré, definía el fenómeno como algo histórico.
“Hasta hace un año, los espectadores no tenían previsto ir un fin de semana a ver una película uruguaya. Es muy importante y alentador que eso esté cambiando”, declaró a mediados de junio de 2001.
En esa misma nota, Algaré destacaba especialmente el recorrido de la película de Rebella y Stoll: “25 Watts fue una alegría muy particular por la relación inicial del Instituto con este proyecto”.
Pero incluso en medio del reconocimiento internacional, la realidad seguía siendo bastante poco glamorosa. “Estamos llenos de premios pero sin un peso en el bolsillo”, admitían los directores a Sábado Show en mayo de 2001. El dinero de uno de los galardones sirvió apenas para cubrir parte del costo de pasar la película a 35 milímetros. El resto salió de un préstamo bancario que pensaban pagar con la taquilla local.
Y la taquilla respondió. En sus primeros diez días, 25 Watts superó los 13.000 espectadores, una cifra muy significativa para el cine uruguayo de la época.
Con el tiempo, 25 Watts dejó de ser solamente una película exitosa. Se convirtió en una obra de culto. No por intentar ser trascendente, sino precisamente por lo contrario. Porque retrató sin solemnidad a una generación que vivía entre el desgano, la incertidumbre y las ganas de pasar el rato sin hacer nada.
O, como definía el propio Rebella a El País: era una película hecha por “dos atorrantes que se pasaron haciendo zapping y tomando cerveza durante dos años seguidos”, pero que igual encontraron una forma muy precisa de mirar Montevideo y convertirla en cine.
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