Por Tania Ferreira
Le llaman “la generación pandemia”, dice medio en broma, medio en serio Bruna, docente de literatura y teatro en el liceo de Los Cerrillos en Canelones. Se refiere al grupo de adolescentes que el año pasado cursó sexto año, tienen 17 o 18 y les tocó justamente empezar la secundaria en 2020 entre cuarentenas y clases a distancia. “Más allá de que el rendimiento académico se vio resentido y eso se observa claramente, lo que más se vio afectado fue lo emocional y la forma de vincularse entre ellos”, admite la docente.
Si bien no conviene generalizar porque se trata de un fenómeno multifactorial y la pandemia no afectó a todos de la misma manera, hay una generación de adolescentes que atravesó parte de su formación en aislamiento, a base de pantallas y vínculos frágiles. Y hoy vemos en ellos algunas consecuencias claras de todo aquello.
“Creo que nadie estaba preparado, ni los niños, ni los padres, ni los docentes, para una situación tan complicada. Fue como una minicrisis mundial y todos tuvimos que aprender sobre la marcha”, recuerda Ani, de 12 años, quien cursa en el liceo 1 del Centro de Montevideo. Durante la pandemia estuvo en segundo y tercero de escuela y fue bastante difícil para ella. “Las videollamadas se cortaban todo el tiempo, algunos se desconectaban o apagaban la cámara y no era lo mismo que estar en clase”, recuerda. Y eso le trajo consecuencias académicas a largo plazo: “Siento que muchas cosas que ahora los profesores dicen que deberíamos saber, en realidad no las aprendimos bien en esos años”.
Martín (18 años, liceo de Los Cerrillos) cuenta que vivió el cambio con cierta despreocupación adolescente: “Al principio festejamos porque eran dos semanas sin clase, no hacíamos casi nada”. Cuando el sistema se estabilizó en clases por Zoom y tareas por CREA, “la verdad es que entrábamos a las clases, escuchábamos a la profe una hora, después hacíamos deberes por internet, estudiábamos poco y no aprendíamos nada. Casi nadie aprendía”. Su compañero Alex (17) coincide: “Las tareas virtuales no generaban la misma exigencia que las clases presenciales. A veces dejabas que se acumularan, porque no tenías a un profesor recordándote la entrega en la clase siguiente”.
Donde realmente sintieron el impacto fue al volver a la presencialidad: “La dificultad real la viví al año siguiente, en tercero (de liceo). Ahí noté el peso de la pandemia”, recuerda Martín. “Venía de levantarme cuando quería, hacer las cosas a último momento. Pasé de no hacer nada a un horario completo… a mí y a mis compañeros nos mató”, relata.
Parece que hoy a esa generación (o a parte de ella) le cuesta estar en clase, le incomoda hasta físicamente y no puede mantener la atención por mucho tiempo. Miguel Carbajal, psicólogo y magíster en psicología educacional, trabaja desde hace años con adolescentes en varias instituciones educativas públicas y privadas. Y cuenta: “Salen de la clase todo el tiempo. Yo los bromeo… es como si apagaran varias veces la cámara. Piden permiso para ir a cargar el agua, piden para ir al baño”. Y aún más. Los estudiantes le confiesan abiertamente: “En pandemia tenía la clase en la computadora, pero en el otro monitor estaba jugando a la play”.
Noelia, docente y adscripta en UTU, rescata que la pandemia obligó a todos a aggiornarse con las tecnologías pero también dejó secuelas, especialmente la desmotivación estudiantil.
Señala que en todas las orientaciones cuesta sostener la presencialidad y el interés: “Lo conversamos mucho entre los docentes en la coordinación, cuesta que los chiquilines vayan a clase. Las causas pueden ser muchas: la costumbre de la virtualidad —y a que haya una pantalla de intermediaria—, la falta de contención familiar, los problemas de salud mental… Veo cada vez más chiquilines en tratamiento psicológico o incluso psiquiátrico”.
Más adolescentes medicados después del covid
“Hay un aumento de síntomas como ansiedad y depresión”, resume Carbajal. Y explica que la evidencia internacional muestra que el confinamiento incrementó los síntomas emocionales y conductuales en esos niños que hoy son adolescentes. “Vemos más estudiantes con dificultades para asistir a clases, para organizarse con el estudio o con ansiedad académica a la hora de enfrentar evaluaciones”, confirma el psicólogo educacional.
El correlato: más jóvenes medicados. El consumo de psicofármacos, en concreto antipsicóticos, en adolescentes y niños aumentó en 2020 y se mantuvo elevado luego de la pandemia. “La prevalencia de alteraciones de la salud mental en la niñez y adolescencia está aumentando, así como la medicalización de la infancia. La pandemia de covid-19 potenció dicha tendencia”, señala el estudio Prevalencia y caracterización de la prescripción de antipsicóticos en niños, niñas y adolescentes en Montevideo entre 2018 y 2022, presentado el 29 de octubre pasado por la Facultad de Medicina de la Udelar y Unicef.
“Vimos que ese consumo que había aumentado en el 2020 se mantuvo alto en los dos años posteriores”, confirma a El País Noelia Speranza, pediatra, farmacóloga y directora de la Unidad Académica de Farmacología y Terapéutica del Hospital de Clínicas.
La investigación analizó el consumo de antipsicóticos en menores de 1 a 19 años y constató que los fármacos más utilizados fueron risperidona, aripiprazol y quetiapina, según los registros de medicamentos retirados en farmacia brindados por los propios prestadores. También se constató que los varones recibieron más antipsicóticos que las mujeres, con una brecha de género marcada en el prestador público. Los adolescentes de 15 a 19 años son el grupo que más los consume, seguidos por los niños y niñas de 5 a 14.
“La pandemia agravó una situación que ya venía mal. Hay más ataques de pánico, más adolescentes medicados y muy poco seguimiento, en el marco de todo un sistema educativo que ya está en crisis”, cuenta resignado Ignacio, docente de secundaria de Piriápolis. Y desde su experiencia docente relata que el círculo es vicioso: “Un gurí se manda una macana, lo llevan al psiquiatra, lo empastillan, te lo mandan dormido… Después la familia suspende el tratamiento porque está dormido y no reacciona, y vuelve a generar problemas. No hay un seguimiento de la salud mental de los estudiantes. Y la de los padres ni hablar”.
En ese sentido, Speranza advierte sobre una “lógica reduccionista” en salud mental: “Desde la Unidad de Farmacología siempre decimos que el abordaje medicamentoso de los problemas de salud mental pone el foco solo en la prescripción, cuando en realidad se trata de un problema mucho más complejo que requiere respuestas más amplias que un medicamento”, resume la pediatra. Speranza remarca que la prescripción es un proceso: “Nunca es solo recetar, la receta es el acto del medio de la prescripción”. Implica definir un objetivo terapéutico claro, monitorear su cumplimiento y ajustar —o suspender— el tratamiento si no funciona. Esto es especialmente importante en la niñez y en la adolescencia, etapas de cambios continuos donde muchas conductas responden más a procesos madurativos que a patologías estructurales”.
"En el liceo se agarraban a las piñas"
Lo más difícil llegó con el regreso a la presencialidad plena en tercer año de liceo, recuerda Micaela (18 años): “Fue el mayor impacto y hasta hoy siento que mi generación lo sufre. De repente teníamos que convivir seis horas, cinco días a la semana. Habíamos perdido esa costumbre”. La convivencia se volvió compleja: “Había mucho estrés, mucho barullo. Nuestra generación se caracteriza por eso, por ser explosiva, había gente que explotaba muy rápido. Nos cuesta relacionarnos”. Su compañero Martín (también 18 años) coincide: “En primero teníamos un grupo retranquilo, más calmado. Después de la pandemia, en tercero, todo se descontroló, era un grupo más problemático”.
“Fue una generación muy compleja, sobre todo cuando eran más chicos, en tercero”, retoma el relato del principio Bruna, corroborando las palabras de sus exestudiantes. “Siempre pensé mucho en lo que había pasado con ellos. Ahora ya son más grandes, tienen más herramientas y crecieron un montón, pero en esos primeros años lo que más se notaba eran los problemas para relacionarse de manera cotidiana. Se notaba claramente que habían perdido algunas habilidades sociales”.
El relato de Ignacio a kilómetros de distancia, desde Piriápolis, confirma la misma tendencia: “Es multifactorial y no sólo por la pandemia, pero al principio, cuando recién volvimos a la presencialidad, había problemas serios de convivencia: se agarraban a las piñas todos los días, los teníamos que separar todo el tiempo”. Con los años, dice, tanto docentes como estudiantes fueron “reaprendiendo a convivir”.
Pamela, docente y adscripta en Maldonado y Montevideo, coincide en que al retorno hubo vínculos más agresivos y episodios frecuentes de violencia física. “Estaban como demasiado eufóricos”, recuerda.
La docente sostiene que la generación más perjudicada fue la que, cuando suspendieron las clases, estaba haciendo la transición de la escuela al liceo: no tuvieron ese período de adaptación y luego se afectaron los hábitos de estudio (“teníamos que ordenarles las cuadernolas como si fueran escolares”). Esa época abrió además una brecha marcada entre los que tuvieron una familia apoyando detrás y los que no, analiza la docente.
En segundo grado, un brote en su clase obligó a Amelie (17 años) a aislarse: “Tuve covid porque un compañero se contagió. Fue bastante complicado estar tan aislados, me dificultó mi salud social”, analiza la joven. Ese periodo dejó huellas en su forma de relacionarse: “Siempre fui una persona bastante extrovertida, pero después de la pandemia me costó mucho más socializar y hacer amigos”.
"El teléfono es un vicio": el doble filo de la tecnología
“La pandemia nos dejó una mejor utilización de los recursos tecnológicos, pero a su vez el uso del celular de los adolescentes durante la clase es algo nocivo. Pero sin una política pública clara, los docentes no tenemos respaldo para limitarlo”, dice Noelia, docente de Sociología y adscripta en UTU, y agrega que en algunos casos el uso del teléfono derivó en situaciones de bullying o violencia.
Una tesis presentada en la Universidad Bethel (Minnesota) —The Effect of Covid-19 Lockdowns and Social Isolation on Adolescence— demostró que, al convertirse en escuela, vínculo social y ocio, durante el confinamiento las pantallas favorecieron problemas de sueño, menor actividad física, dificultades en la regulación emocional, retrocesos en el lenguaje y las habilidades cognitivas, y conductas adictivas o similares al Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Y que este uso excesivo persistió incluso después del fin de las restricciones.
“Los gurises están mucho más aislados. Se comunican por mensaje estando a dos metros uno del otro. Les cuesta relacionarse, salir con gente, tener novia, tener vínculos reales y juntarse a hacer cosas con los amigos”, relata Ignacio, docente de Piriápolis. Pamela, también profesora, coincide: “El teléfono es un vicio y les cuesta pila no tenerlo en la mano”, aunque tampoco lo atribuye solamente a la pandemia. “Este año trabajé en varias instituciones y una de ellas implementó un sistema con sobrecitos en la pared, detrás del escritorio. Cada estudiante deja su celular ahí y solo puede usarlo en los recreos”, cuenta.
La respuesta en la educación, ¿a tiempo?
No son muchos los documentos oficiales que analicen la crisis pandémica uruguaya en retrospectiva. Uno de los primeros fue el informe del Banco Mundial (2021) Cierre de escuelas en pandemia. Los aprendizajes en Uruguay, que evaluó los potenciales impactos del cierre de centros educativos, que fue más corto que en otros países. Si bien destacó que, gracias a la infraestructura digital previa —como el Plan Ceibal—, las pérdidas de aprendizaje serían moderadas en comparación con otros países de la región, alertó sobre el agravamiento de las desigualdades: “El quintil más pobre de la población sufriría pérdidas de aprendizaje de alrededor del 30% respecto del escenario base (2018)”. También recomendó implementar políticas integrales de respuesta ajustadas al contexto educativo uruguayo.
Por su parte, en su Memoria de gestión 2020-2024, la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) destacó que durante la emergencia sanitaria por covid-19 sus equipos redoblaron esfuerzos para sostener el vínculo educativo y mitigar los efectos de la crisis. Gracias a esa “respuesta urgente e innovadora”, el sistema logró mantener la continuidad formativa en un contexto excepcional. Según sostienen en el documento, en los años posteriores la gestión se centró en atender el rezago en los aprendizajes y el aumento del ausentismo mediante programas de acompañamiento integral —como el Plan Avanza— y la incorporación de modelos híbridos que aún permanecen en funcionamiento.
Sin embargo, uno de los principales problemas sigue siendo el de la asistencia, “que viene empeorando año a año: hasta el último registro disponible, cada año estamos peor”, dice a El País Pablo Caggiani, presidente de ANEP. Y recuerda que “hubo una ventana de dos años donde no estuvo la obligación de asistir”, con criterios “muy perlados”, incluso debates sobre la obligatoriedad. Esta situación no fue excepcional: “Al resto de los países del mundo les pasó lo mismo, no tenemos que culpar de todo al gobierno anterior… cuando volvieron, volvieron con problemas de asistencia”. La diferencia, dice, es que “hay varios países que ya lograron revertir esa tendencia y Uruguay todavía no lo logró”.
A esto se suma que, tal como se indica en este informe, en la pospandemia “emergen con mucha más fuerza otros problemas, como los vinculados a la salud mental”. Caggiani añade que además “se debilitó el sentimiento de pertenencia y las cuestiones de la grupalidad”, funciones silenciosas que las escuelas y liceos cumplen día a día.
En lo académico, Uruguay no cayó en los resultados de las pruebas estandarizadas, ni en Aristas ni en PISA. “No nos desplomamos como otros países. Con Aristas te comparás contigo mismo y la línea se mantuvo”, analiza. Pero advierte que Uruguay enfrenta otros problemas surgidos en el período reciente: “Empeoramos en sensación de inseguridad”, un fenómeno que “puede tener que ver con la pandemia o no”, y también “empeoramos en habilidades socioemocionales”.
Sobre las respuestas del gobierno anterior, Caggiani admite que hubo acciones: “Se trabajó en el ausentismo, en evitar que esto afectara las trayectorias educativas de los gurises, aunque con recursos muy acotados y recorte de presupuesto. No se logró revertir tendencias complicadas, como la asistencia, pero sí existieron intervenciones. El tema es que no se pensó sistémicamente”.
Pero, más allá de las políticas públicas, hay hechos concretos que no se pueden cambiar y que marcarán para siempre a esta “generación pandemia”. Amelie recuerda aquellos años de forma agridulce. Estaba muy emocionada por empezar las clases y se vino el covid: “Me arrebataron de una el liceo. Tuve que ir descubriendo lo que era de verdad recién años después de haber empezado”. Algo parecido dice Alex: “Recién en cuarto experimenté lo que tendría que haber vivido en primero”.
También en la Universidad: “La renuncia silenciosa”
Desde la pandemia para aquí se viene evidenciando “una disminución sostenida de la atención e incluso de la tolerancia corporal a estar horas en el aula”, percibe Lourdes Zetune, docente de publicidad de la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la Udelar. “Falta asumir la responsabilidad de poner el cuerpo. Y esa evasión se ve en las clases: me siento atrás con el celular”, resume. La docente analiza que la virtualidad acentuó esa dificultad: “En la pandemia uno apagaba la cámara, se hacía un café, atendía a los hijos. Esa fragmentación se trasladó al aula”.
La docente aclara que “esto no se puede generalizar, pues también he encontrado colaboración, solidaridad y acompañamiento entre estudiantes”. Y que el fenómeno no es unicausal; a las secuelas de la pandemia hay que sumarle la masividad, los presupuestos acotados y en consecuencia los cursos hipernumerosos.
Lourdes Zetune recuerda que algunas cohortes universitarias que iniciaron sus estudios en pandemia (cursaron primer y segundo año por Zoom) enfrentaron un fuerte impacto: “En 2022 tuvimos estudiantes que recién entonces pisaban la facultad; algunos se ponían muy nerviosos ante una prueba escrita, incluso ya no traían lapicera”.
La llamada “renuncia silenciosa” o “quiet quitting” es una tendencia que las universidades están atravesando (y el mundo laboral también), lo que se potencia aún más con la posibilidad de realizar tareas y alcanzar metas de desempeño o evaluación con poco esfuerzo. La docente observa una tendencia a recurrir a la tecnología o la inteligencia artificial sin apropiarse del conocimiento. “Me retiro, me lo hace una máquina, googleo rapidito. Hacen copy-paste correcto, pero sin comprensión profunda”, explica sobre una tendencia que incluso aparece en los trabajos finales de grado. Aclara de nuevo que no es una situación generalizada: “Tenemos estudiantes excelentes, pero se nota una menor disposición a asumir responsabilidades y compromisos presenciales”.
“Muchos estudiantes se aislaron. Como que perdieron el entrenamiento social para esperar, manejar los tiempos, escuchar al otro, debatir. En la presencialidad eso cuesta más porque no se puede simplemente cerrar la ventana del Zoom”, señala.
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