Con Jacqueline Lacasa

“Los uruguayos somos un conjunto depresivo interesante, y la pandemia nos puso frente a una verdad absoluta”

En Uruguay “se le tiene mucho miedo al fracaso, a que no pase nada. O a la dificultad”

Jacqueline Lacasa
Jacqueline Lacasa, artista visual, gestora cultural, docente e investigadora de arte contemporáneo uruguaya
(Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Gera Ferreira
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Jacqueline Lacasa (Montevideo, 1970) es artista visual, curadora e investigadora en arte contemporáneo. Es Licenciada en Psicología, con Máster en Estudios Culturales y coach de arte.
Arrancamos por un hito fundacional, tu megaproyecto La hija natural de Joaquín Torres García (1999-2009). Debés estar aburrida de hablar de eso.
—No, porque son proyectos que quiero mucho. “La hija” forma parte de un cuerpo de performance, de investigación editorial, que implicó usar el medio para llegar a determinados espacios y públicos, como dispositivo de impacto. “La hija” me permitió acceder de forma libre e independiente a un medio encriptado, con poco diálogo, de una riqueza intelectual productiva muy fuerte.

Conozco la anécdota del proceso con Fernando López Lage. Lo de “vos me vas a tutorear y yo no suelto el caballo”.
—Fue muy genial con López, sí.

En un momento donde la búsqueda de guías, entre tantos padrinazgos establecidos, no era sencilla.
—Claro, me tenía que conseguir un “padre”. Yo le decía: mira, López, te quiero un montón, pero vos mi padre no vas a ser. Yo más padres no quiero, ya tuve uno, me tengo que conseguir uno muerto y que pueda generar ahí un parricidio.

Por qué un padre y no una madre: Torres y no Petrona.
—Con Petrona tuvimos otro viaje. Fue Torres porque en ese minuto venía caminando por la calle Ejido y le dije a mi esposo: voy a ser la hija natural de Torres García. Y me miró y me dijo, bueno, ¿te parece? Sí, le dije.

El perfil de Torres García combina fuerte lo creativo con lo teórico y lo intelectual, además del movimiento fuera de Uruguay.
—Fue un instrumento noble para acompañarme, su parte filosófica sobre todo, porque su figura también tiene maltratos, como todas las del arte nacional. Aparte de que era mi padre, conocí a su hija.

Olimpia.
—Sí, y después pensaban que yo era una señora re grande. Entonces me saludaban: ¿usted es la hija de Torres? (Risas). Me veían y se daban cuenta de que no, pero yo les decía: soy la hija natural.

Al principio no le gustó a Olimpia.
—No, pero después fue hermosa.
La hija soy yo, decía.
—Sí, reclamaba su lugar. Yo feliz. Pero más allá de todo, creo que el tema de los procesos curatoriales es sumamente importante a la hora de crear, y uno tiene que basarse siempre en lo disruptivo del artista, sea escritor, actor, director; en la parte que conmueve y en la que generó un quiebre. Me pasó con Petrona cuando trabajé en el Museo Nacional de Artes Visuales (2007-09). Grafton Tanner, que me parece un tipo genial, habla del “porsiemprismo”. No sé si estoy de acuerdo en todo lo que dice, pero creo que hay una práctica del “porsiemprismo” que se reedita en Uruguay, a propósito del basamento nostálgico que tenemos. La nostalgia es un proceso interesante siempre y cuando lo podamos subvertir, reordenar, reorganizar, y que juegue a favor de retroalimentarse.

Generaciones.
Hay varias puntas que me interesa retomar contigo, para observar el campo de las artes plásticas.
—Bien, me encanta.

El primer eje tiene que ver con la legitimación de los nuevos artistas en aquel entonces. ¿Qué pensás en términos de legitimación hoy?
—Creo que hay cosas que en líneas generales no se han modificado. Lo que sí, por ejemplo, dentro de la gestación del arte, es que nosotras pensamos sobre nuestros lugares existentes y negados siempre. Por suerte hay pequeños grupos de gente entre generaciones, porque no son solo jóvenes, sino gente que decide que su arte es arte y los pares concentran su atención en eso. Desde ahí producen. Han surgido figuras muy nuevas. Pero te voy a decir una cosa horrible: antes el campo artístico era más permeable.

¿Por qué?
—Por la puja de los que siempre estaban, que ahora se murieron casi todos. O ya no hablan y no generan zonas de tensión. Entonces, ¿dónde creo que la zona de tensión va a estar? En la producción de libros, de obras, en la producción intragrupal, en los colectivos, en zonas que tienen más acceso al conflicto y al poder decir. Creo que las artes visuales se han docilizado muchísimo.

¿Respondiendo a comportamientos de una época, o a algo coyuntural, pandemia de por medio?
—Hace siete años, cuando estuve en el museo, presenté un proyecto en el que iba a haber un cambio de escalafón, el Q. Fue una gran lucha. Se hizo un llamado en el que quedó otro colega, Mario Sagradini. Todo por la aspiración de que en un momento esa legalización cumpliera con cosas que se hacen en el mundo. Porque todo el mundo sabe que a nivel internacional se concursa de determinada manera por cargos importantes. Eso acá no pasa, y los centros de importancia siguen manejándose así. A esta altura de la vida ya no me importa, porque creo en otras cosas, o sea, en Júpiter. Pero siendo astronauta podés mirar desde lejos y decir: somos hermosamente pequeños, pero no podemos ser tan chiquitos. Tenemos que crecer. Y tampoco tenemos un mercado potente, entonces la legitimación es compleja.

Ahí quería llegar. Hace poco charlé  con Inés de Torres a propósito de su libro El Estado y las musas (2025), y te amplío: la legitimación también tiene que ver con cuál es la participación del Estado, su apoyo y valoración.
—Me parece que en Uruguay hay una potencia del pensamiento. O sea, hay gente talentosa. Yo no trabajo casi con el Estado, trabajo conmigo misma y con gente que tiene esa capacidad de sacar lo mejor de sí. Después se evaluará cuándo y cuánto se podrá hacer con eso. Me parece que la homeostasis hace que cada cinco años suceda el “a rey muerto, rey puesto”, y no importa lo que hizo el otro. Eso hay que cambiarlo radicalmente.

Te lo pregunto porque estás conectada con la gestión.
—Me encanta la gestión cultural y hay cosas del Estado geniales.

La legitimación también tiene que ver con levantar el Espacio Verdi.
—Sí. Bueno, ahí estuvo Gustavo Zidane que me dijo vení a trabajar. También gente del equipo de la Verdi, pero fue un trabajo de irnos conociendo. Pero nos faltan anillos en la gestión.

¿Tipo NBA?
—Podría ser, pero no, en el sistema. Saturno se queda corto porque de un sistema al otro no hay muchos puentes. El campo del arte es bastante fuerte en su proyección, en mainstream, pero los museos necesitan un conjunto de personas, de curadores que asesoren y un área educativa y curatorial sólidas.

¿Quién las tiene hoy?
—No sabría analizarlo a ciencia cierta. Hay un intento por profesionalizar, pero claro, no hay llamados donde se puedan presentar credenciales de idoneidad. Igual son engranajes que a mí mucho no me importan: hay que hacer otras cosas. En este lugar la libertad es un tesoro.

La influencia de la obra de Torres García en la actualidad, ese era otro eje que tenía tu proyecto. ¿Cómo trabajamos con estos “padres”?
—Muchos no me interesan. Ya tienen un lugar fantástico, están durísimos de mármoles, de ofrendas.

¿Y los que vienen atrás?
—Me parece que la gente nueva que está creando, que no solamente sale de Bellas Artes, es gente que puja, que consigue plata para hacer sus películas, que edita, que se junta de noche para hacer libros. Yo trabajo en Pensión Cultural Milán, sé lo que es cuando se mantiene la noche de performance viva. Ahí es donde el Estado tiene que estar al servicio de lo que emerge, ¿no? Al servicio de los próceres ya están todas las ciudades.

Otro eje era el impacto de la dictadura pasada en el arte. La pandemia también. ¿El corte hizo un tajamar o propició la aparición de cosas?
—Los uruguayos somos un conjunto depresivo interesante de personas, y la pandemia nos puso de frente y mano con una verdad absoluta. O sea, dejate de joder, la muerte está acá, tratá de plantar en la huerta. Nos puso en la fase maníaca de la depresión para salir adelante, y en ese trasiego hubo gente que se pudo salvar a sí misma, o en grupo. Fue una cosa muy dura, y en las artes se sintió. En lo personal fue un tiempo interno de un crecimiento brutal.

El archivo cementerio.
Pensando en el archivo, dentro de diez años los registros de ese momento deberían aparecer, ¿no? Ya sea por actitud individual o gracias a trabajos de mapeo como los que has hecho: Cuando ya no importe (2005); Palimpsestos: escritos sobre arte contemporáneo uruguayo (2006); Nuevas vías de acceso. Crítica y Curaduría en el Uruguay (2009); Influencia: Arte contemporáneo en el Uruguay del siglo XXI (2015).
—Sí. Creo mucho en la genealogía, que trae al presente para transformar cosas. También lo doloroso. La cultura contemporánea es una cultura de la negación del evento, porque necesitamos sanar rápido, y el ser humano para salir adelante tiene su mecanismo. La pandemia marcó una relación con la muerte totalmente distinta, y sobre todo un enfrentarse al ser astronauta.

También tenés una expresión interesante: el archivo cementerio.
—Pienso en eso siempre, en el archivo como acontecimiento. Hay muchos archivos destruidos, pero veo que las tecnologías pueden ser aliadas con la memoria. Los cementerios son lugares donde se genera un espacio de recogimiento, de encuentro, de pensamiento.

En oposición al archivo “vivo”.
—Sí, pero tiene un lugar, y lo vas a buscar donde lo necesitás. En los cementerios hay muchos lugares que están olvidados, que no ofrecen el lugar de la ruina en términos benjaminianos. Esta cuestión de ir de la naturaleza petrificada, de la historia a la transitoriedad, me ha ayudado mucho. Hay que trabajar, hay que hacer. No hay que tener miedo.

¿Se le tiene miedo a desarrollar un trabajo?
—Se le tiene mucho miedo al fracaso, a que no pase nada. O a la dificultad. No te olvides que las últimas generaciones también se docilizaron recibiendo mucho apoyo del Estado.

La importancia del mercado sería el otro eje. Pienso hoy en iniciativas privadas como las de Diderot.Art.
—Eso es buenísimo.

Sé que es una pata débil en las artes plásticas y visuales: cómo comercializar la obra y posicionar al autor. Volvemos al principio, ¿quién y cómo se legitima?
—Lo que pasa es que para legitimar arte tiene que haber una toma de posición. Son cosas que nos siguen afectando. Si pensamos que de alguna manera el arte contemporáneo en Uruguay fue encerrado en un dispositivo carcelario, bueno, los artistas lo subvierten, los directores lo tratan de modificar, pero uno siempre va al Espacio de Arte Contemporáneo de Montevideo y sabe que hay una cárcel, no es el MoMA PS1. Perfectamente podría haber sido en otras de las dependencias increíbles y libres que hay en Uruguay. A lo que voy es que si los espacios no te sirven, creá nuevos.

Dijiste alguna vez que si no hay conflicto, no hay arte.
—Sí, el conflicto es un motor de vida. Sé que soy psicóloga y el conflicto para mí es como wow, pero también es la apertura a poder pensar y generar nuevas fugas.

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