El sacudón es tan novedoso, tan vertiginoso, tan distinto a lo que han vivido antes —incluso ellos, que viven de transformar y transformarse— que ni siquiera encuentran la palabra justa. Crisis les parece exagerada para una industria que sigue siendo un puntal del crecimiento. Reestructura tiene un retrogusto a algo de todos los días. ¿Tormenta perfecta, como dicen por ahí, será muy caricaturesco? ¿Una turbulencia que algunos, los mejores pilotos, quizá logren atravesar triunfantes, pero que también puede dejar muchos golpes?
Reconfiguración-que-también-va-a-ser-una-oportunidad: eso les gusta más. Aunque suene a cliché o a post de LinkedIn.
Prefieren hablar con números y casos.
Y entonces empieza la lista: la estadounidense UKG, 300 empleados, anunció su salida del país a fines de 2025. La compañía estadounidense Sabre, de software para turismo, comunicó en febrero unos 200 despidos en una plantilla de 700 que ya se había visto afectada en una reestructura reciente. Lo mismo les pasó a sus compañeros de Polonia. Por esos mismos días fue que BASF, empresa química alemana con más de mil empleados en Uruguay, resolvió el despido de entre 30% y 40% de su plantilla, en un proceso de reestructura y relocalización global. Más allá o más acá, aparecen otras: PedidosYa, Mercado Libre, Alorica/Verizon.
Pesos pesados de la industria tecnológica, y otras del sector que se conoce como “servicios globales”, están atravesando “un momento bisagra”, un “cambio de paradigma” que hace temblar a la industria, desde los modelos de negocios que tenían dominados hasta la dinámica del empleo.
Uruguay no es la excepción, con problemas propios —y con otros más bien propios de ser parte del mundo.
“Más urgencia”
Los empresarios y trabajadores del rubro están atentos a las noticias que a diario se suceden en el país y en el mundo, intentando predecir para dónde se acomodará el negocio. Algunos son optimistas, mientras que otros han dado reiteradas voces de alerta. En las últimas semanas, una serie de publicaciones del empresario Federico Imparatta, en su cuenta de LinkedIn, agitó el avispero con alusiones al “fin del modelo” que Uruguay “construyó durante veinte años”.
“El modelo funciona mientras el talento local sea más barato que el talento en mercados desarrollados y más confiable que el talento en mercados más baratos. Durante años, Uruguay ocupó ese punto medio con comodidad. Ese punto medio ya no existe”, escribió.
Su análisis tiene puntos de contacto con lo que otros empresarios, representantes de las cámaras, y consultores han advertido en los últimos meses: un cóctel conformado por la baja del dólar, los costos laborales al alza y la automatización de procesos ha tensionado ese punto de equilibrio en el que Uruguay destacaba en el mundo.
Y aunque se trata de sectores con alta capacidad de adaptación, algunos números empiezan a prender algunas alarmas.
Como la que remarca la consultora Advice, que se dedica a monitorear la evolución de la demanda laboral en Uruguay y que, consultada para este informe, dice frontalmente: “Lo que más nos preocupa no es solo el diagnóstico sino la velocidad a la que esto ocurre. Las empresas toman decisiones en tiempo real. La respuesta del Estado —en política de atracción de inversiones, formación de talento y reconversión laboral— necesita operar a una velocidad que históricamente no ha sido su punto fuerte. La conversación tiene que ocurrir con más urgencia de la que ha tenido hasta ahora”.
Tecnología y servicio
¿Cuáles son los principales desafíos? ¿Dónde se empiezan a ver los impactos? ¿Y qué reacomodos son necesarios?
Para abordar esas preguntas hay que entender que no todo es lo mismo. La ola de anuncios sobre reestructuras, relocalizaciones o cierres tiene en vilo a dos universos que se tocan entre sí pero no son exactamente iguales. Por un lado están los “servicios globales”: aquellos insertos en negocios de empresas que “deslocalizan parte de sus actividades en el exterior (offshoring de los servicios), ya sea mediante una subsidiaria o mediante la subcontratación de un tercero en el extranjero”, según la definición que maneja el organismo Uruguay XXI.
Por otro está la industria de las tecnologías de la información (TIC), que incluye a aquellos que ofrecen servicios de software, básicamente en “horas hombre”, y otras que desarrollan productos específicos que luego salen a colocar fuera o dentro del país.
Estos dos universos se superponen bastante: el 38% de los 34.000 empleos aproximados del sector servicios globales corresponden a servicios de tecnología y software, con 204 de las más de 650 del rubro. Si se suman las de servicios empresariales, entre las dos aportan 75% de los empleos del sector.
Y en términos de las oportunidades de empleo, mediante las que Advice mide el “pulso” de la demanda en su Monitor Laboral de Advice, "los servicios TI son el 46%, un poco más que los servicios empresariales, que son el 38%".
Si se mira al rubro TIC en particular, que emplea a unas 25.000 personas de forma directa, algo más del 60% de la actividad está concentrada en el rubro servicios. Y en el global, las exportaciones representan 65% de la facturación total, la amplísima mayoría (en el entorno de 80%) dirigidas a Estados Unidos.
Pero dentro de esas distinciones, algunos procesos de estos últimos años son parecidos. Por un lado, el encarecimiento de Uruguay en dólares, relativo a otros mercados, redujo la competitividad de esos sectores, al tiempo que el avance de la inteligencia artificial empezó a suplantar algunas tareas en las que Uruguay siempre ofreció personal con alta calidad y confiabilidad. Y como en otras partes del mundo, lo que se vio no es tanto una ola de desempleo, sino un enfriamiento de la demanda por nuevos puestos de trabajo, sobre todo en los primeros escalones de las trayectorias laborales.
“Los que ya tienen empleo no lo están perdiendo masivamente; los que intentan entrar al mercado encuentran menos puertas abiertas. En Uruguay vemos exactamente el mismo patrón: las ocupaciones más automatizables son también las que históricamente funcionaban como punto de entrada para perfiles junior. Ese es el problema estructural que más nos preocupa, y que requiere una respuesta coordinada entre el sistema educativo, el sector privado y el Estado”, dice Federico Muttoni, director de Advice.
Algunos de estos fenómenos ya empezaban a identificarse en el Monitor Laboral de esta consultora a fines de 2025, y los datos de un nuevo informe que se divulgará este lunes —a cuyos datos accedió El País para este informe— confirman la tendencia. “Tras multiplicar seis veces su demanda laboral entre 2020 y 2022, desde 2023 el sector de servicios globales se estancó, y en el último año móvil a febrero de 2026 la tendencia es ligeramente negativa”, advierte Advice.
Y mientras que algunos puestos han aumentado considerablemente su demanda (“el área de Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial fue la de mayor crecimiento, con un 70,1% de aumento en la demanda de especialistas” en 2025), otros han experimentado un enfriamiento notorio: la demanda de empleo en call centers cayó un 27,1%, en diseño de software (UX/UI) un 25%, y en testing y aseguramiento de calidad un 13,3%. El factor común:la alta exposición a la automatización por IA.
“Lo que los datos revelan no es una tendencia lineal sino una polarización: crece la demanda en los extremos. Por un lado, alta calificación. Por el otro, puestos no calificados vinculados a sectores muy dinámicos como el comercio electrónico. Lo que pierde dinamismo es el tramo del medio: tareas cognitivas pero repetitivas y relativamente automatizables”, exponen desde la consultora.
Software: entre servicios, producto y valor
En agosto de 2025, unos 200 CEOs y líderes de empresas del software uruguayo se “encerraron” un día entero para hablar del torbellino que ya vivía esa industria a nivel mundial por la irrupción de la inteligencia artificial.
—La palabra miedo no se escuchó. Sí preocupación —resume Amílcar Perea, presidente de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI), que organizó aquel encuentro.
Los movimientos en el sector estrella empezaron un par de años atrás, pero recién en los últimos meses se volvió un temblor fuerte. La pandemia había generado un boom en la demanda de empresas en busca de apoyo para adaptarse a la virtualidad, y también se había disparado el consumo de servicios de software, especialmente desde Estados Unidos, el principal cliente del ecosistema uruguayo. Todo esto había conllevado a un incremento de la solicitud de empleos incluso en Uruguay, que para completar sus plantillas les abrió las puertas de par en par a los perfiles más junior.
Ese ritmo se frenó hacia fines de 2022. Las empresas que habían engordado velozmente enfrentaron un período en el que debieron reajustar sus estructuras a la nueva demanda. Muchas, coincide gran parte de los analistas y los propios involucrados, habían sobrecontratado personal, en una apuesta a futuro. “Eran momentos en que te venían a buscar y te duplicaban el sueldo, o en algunas empresas podías estar un tiempo sin un proyecto específico, pero te retenían”, explica un emprendedor del sector.
En los años siguientes el sector siguió creciendo, la demanda del exterior se mantuvo, pero poco a poco los trabajadores notaron un cambio en la cantidad de ofertas y en el proceso a la hora de buscar empleo. Empezó a volverse cada vez más complicado conseguir un buen puesto de trabajo, incluso para los mejor calificados. Los mensajes de reclutadores, antes tan comunes, empezaron a mermar. Perdían la competencia con los económicos colegas de India y Bangladesh. Los procesos de selección se extendieron. Los requisitos se volvieron más y más exigentes en conocimientos de IA.
El problema es global y repercute en Uruguay sin que todavía sea “una crisis o un drama”, apunta Perea, de CUTI. Pero la “reconfiguración, admite, tendrá “reacomodos”. Y esos reacomodos de las plantillas “serán dolorosos”.
Las discusiones, en todo caso, es si lo que vendrá después presenta más o menos oportunidades. Los más optimistas entienden que la automatización permitirá “igualar” las posibilidades para las grandes empresas y las chicas, reduciendo barreras de entrada y permitiendo atacar antiguos problemas hasta ahora imposibles. Los más pesimistas, en cambio, apuntan que el cambio es demasiado vertiginoso y temen que se lleve puesta la estantería sobre la cual se apoyó la industria para crecer y consolidarse.
Ahí es cuando aparecen las discusiones del “cambio de modelo” para países como Uruguay, cuya industria de software está integrada, en su mayoría, por empresas que venden soluciones tecnológicas a medida.
“Ese modelo a nivel mundial hoy está siendo cuestionado. ¿Por qué? Porque los clientes ven que con la llegada de la IA ese modelo no es tan efectivo o no es tan económicamente apetecible para ellos”, dice Aníbal Gonda, figura clave de la empresa Genexus (adquirida por Globant en 2022) e integrante de la directiva de CUTI.
Uno de los consensos bastante extendidos es que las empresas que desarrollan un producto están mejor equipadas para estos nuevos tiempos que aquellas basadas en los servicios, y la CUTI de hecho trabaja desde hace años para impulsar ese cambio en la matriz productiva local.
"En la escuela de negocios siempre nos hablaban de la matriz de Boston Consulting Group (BCG), de la vaca lechera. Algunos tienen la vaca lechera, y te dicen: ¿por qué cambiar ese algo que por ahora me está generando una cantidad de ingresos espectaculares? ¿para qué voy a canibalizar eso? Bueno, en algún momento eso no va a estar más", dice Leonardo Loureiro, expresidente de CUTI y actual presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales. "En mayor o menor medida todos lo venimos haciendo: algunos más rápido otros más lento, pero venimos trabajando todas las empresas en ese cambio de matriz".
Pero tampoco quiere decir que el servicio de software vaya a desaparecer. Al menos eso opina Alan Brande, CEO de Light-It (una empresa mediana que se especializa en software de salud para Estados Unidos), quien ya advierte desde un principio que está entre los “más optimistas que el mercado”, aunque haya un impacto “gigante”.
“Creo que las que más van a sufrir son las que no tienen servicios especializados o diferenciables. Pero las que sí puedan lograr esa especialización, creo que la IA incluso puede maximizar sus márgenes: el valor seguirá ahí, y la automatización permitirá mejorar la productividad”, dice Brande.
En su visión, la industria se está moviendo hacia un modelo que no se base en “las horas que lleva” dar con una solución, sino en “el valor” de esa solución. “Las discusiones de cómo armar un negocio o un presupuesto van a sofisticarse”, pronostica.
Eso sí: todos ya están viendo, en el día a día de sus empresas, una tendencia a concentrar sus contrataciones en personas con experiencia laboral y perfiles más especializados, dejando menos espacios para los “junior”.
“Esto no significa que empiecen a haber despidos masivos y cosas como las que se leen a nivel global, pero sí estamos en un momento de retracción y es muy baja la contratación que se está haciendo hoy. Y la contratación que se está haciendo, a diferencia de otros años que se contrataban por ejemplo perfiles muy juniors, hoy estamos más enfocados en perfiles más especialistas”, coincide Gonda.
El trabajo conjunto con el Estado
Las bases para salir adelante reconvertidos están, dicen desde la CUTI. Está la formación de los profesionales, la industria activa, alineada y está la preocupación —y ocupación— del gobierno.
El sector pretende ampliar su generación de productos basados en propiedad intelectual, que suele quedar relegado frente a la proliferación del mercado de los servicios.
Dar el paso es complejo. Requiere que una empresa destine a un equipo durante meses para trabajar en un proyecto. Cuando esté pronto, para que empiece a generar ingresos, tendrá que invertir en marketing, ir a eventos a ofrecerlo, convencer a los clientes. Cuando se encuentren los clientes, vendrán las ganancias por su uso, que serán paulatinas. “Eso lleva a que vos tenés un desfasaje financiero entre que vos producís y generás”, plantea Perea. Esta es una necesidad a atender si se quiere potenciar ese camino.
De la mano de la creación de productos se busca afianzar una sincronización con el Estado. “Ahora lo que necesitamos es empezar a ver en qué sectores podemos utilizar de plataforma de desarrollo de despegue para trabajar en IA”, dice Perea.
Hay un precedente que por estos días se cita con frecuencia: cuando 15 años atrás el sector aplicó conocimiento a la trazabilidad ganadera y eso permitió que se accediera a nuevos mercados. Ahora la mira está puesta en la salud, área en la que varias empresas del sector están desarrollando productos y brindan servicios especializados para clientes extranjeros. También en la eficiencia del Estado, sobre el que se está trabajando “fuertemente” con el Poder Ejecutivo.
El 30% de las ventas del sector son para el mercado local, y de ese porcentaje el 12% tiene como destinatario al Estado. ““Podríamos estar aportando mucho más y lo maravilloso que hacemos para el mundo podría estar impactando acá. Podríamos mejorar muchos procesos que son lastimosamente costosos o lentos dentro de lo que es el Estado”, dice Perea.
La articulación con el gobierno está ahora enfocada a las iniciativas bajo la órbita de Uruguay Innova, programa bajo la órbita de Presidencia y liderado por Bruno Gili. Algunos de los anuncios recientes incluyen la creación de un Centro Nacional de Inteligencia Artificial, para potenciar el desarrollo de la investigación en torno a la temática, así como un parque tecnológico binacional en Rivera.
En el sector de tecnologías de la información, otro reclamo particular tiene que ver con las barreras a la exportación hacia mercados atractivos como Brasil, que según afirman impone aranceles de hasta 40% para la exportación de servicios.
Desafíos para seguir siendo globales
A los dolores de cabeza en la industria del software se suma también la situación de otras empresas que trabajan en la cadena de servicios globales, ya sea con tareas de soporte, servicios comerciales, backoffice, o administración.
Allí también el dólar bajo y los costos uruguayos pegaron en la competitividad —BASF, por ejemplo, alegó que los costos estaban en niveles similares a los de su casa matriz en Alemania—, al tiempo que la automatización también ha quitado incentivos a la localización en Uruguay.
“La competencia con India, en precio, es imposible”, resume Enrique Buero, presidente de la Cámara de Zonas Francas, donde operan muchas de estas empresas. “Los servicios representan el 50% de las exportaciones y el 60% del empleo en nuestras empresas”, explica. “Los servicios son más fáciles de crecer, pero también más fáciles de deslocalizar”.
Buero dice que, en definitiva, las reestructuras tienen factores locales y otros globales, pero que Uruguay tiene que concentrarse en resolver “los que dependen de sí mismo”. “Todos sabemos cuáles son”, remarca.
Pero el factor global traerá consecuencias. Hace unas semanas, desde la cámara concurrieron a la comisión del Parlamento que estudiaba el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Y allí uno de sus directores, Martín Dovat, se refirió al impacto de la IA en el sector, y dejó una clave para pensar en la transformación. “¿Cómo nos posicionamos como Uruguay? Hoy se está valorando más el conocimiento del negocio específico que el conocimiento tecnológico-técnico”, afirmó. Eso implica “poder entender cuáles son los parámetros del negocio que yo le quiero pedir a la IA que haga por mí. Hay que tener gente tremendamente calificada y que esté lo más cerca posible del negocio principal de esas tareas globales, de tareas sustanciales. Si son tareas accesorias del negocio, es probable que corran riesgo”.
Según Dovat, en las zonas francas uruguayas hay “varias empresas” que tienen allí “centros sofisticados de toma de decisión” y que eso será “lo más difícil de deslocalizar”, a diferencia de otros “centros de servicios compartidos” que realizan tareas como contabilización, liquidaciones de sueldos o soporte.
Esa visión, afirman los empresarios, es compartida por el gobierno. Pero el tiempo, coincide la mayoría, apremia.