Andrea conoce de cerca las dietas. Hizo muchas a lo largo de su vida, desde que era adolescente hasta después de ser madre. Y, dice, probó prácticamente todas las que fue encontrando. El año pasado vio videos sobre la berberina. La presentaban como el “Ozempic natural”. Detrás de ese título aparecían promesas todavía más tentadoras: “Reducí el hambre sin perder la energía”, “regula el intestino” y “acelerá el metabolismo”.
Le empezaron a aparecer videos generados con inteligencia artificial que prometían que esta cápsula “natural” permitía bajar de peso rápido y sin esfuerzo. Con animaciones de mujeres jóvenes, flacas y sonrientes, los anuncios aseguraban que la berberina quemaba grasa, reducía las ganas de comer dulces y equilibraba el metabolismo casi de inmediato.
Para entonces, Andrea ya había averiguado cuánto costaba comprar Ozempic -unos 15.000 pesos por inyectable-, pero el precio no era el único obstáculo. Su médica le había explicado que, para indicárselo, primero debía realizarse varios estudios y acompañar el tratamiento con cambios en la alimentación.
Cuando entendió que el Ozempic no era una solución tan sencilla como había imaginado, recordó aquellos videos de TikTok e Instagram. Poco después, el algoritmo volvió a ponerle la berberina delante: le apareció una publicidad en el celular. Al día siguiente la buscó en Mercado Libre y la encontró en cápsulas a un precio mucho más accesible que el del medicamento que había descartado: 1.600 pesos por 120 cápsulas, una cantidad que, según la dosis, podía alcanzarle para entre dos y cuatro meses.
Desde noviembre del año pasado la cápsula ocupa un lugar fijo en su rutina. La toma dos veces al día, con el almuerzo y la merienda. No la toma en ayunas: dice que así evita las náuseas y que, además, puede “tomar mate tranquila”; si no le da reflujo. Andrea cuenta que notó cambios desde que comenzó a tomar berberina. No puede precisar cuántos kilos bajó, pero asegura que la ropa le queda más floja y que le hace bien. Sobre todo, explica, siente que le ayuda a controlar los antojos de cosas dulces. “Como, pero de forma más moderada”, dice. “Tampoco pienso que una pastilla te va a cambiar el peso por sí sola, más si es algo natural”.
La decisión, dice, no fue completamente ajena a sus médicos. Como toma medicación por otros motivos, consultó con su endocrinóloga, a quien considera casi su médica de cabecera. La respuesta no fue la que esperaba: “Me dijo que ella no me lo recomendaría tomar”, relata. También lo habló con su psicóloga.
Como Andrea, cada vez más personas llegan a la berberina y a otras pastillas “naturales” en busca de una salida rápida y casi mágica para bajar de peso. Se venden por internet. Y, en algunos casos, la publicidad va un paso más allá y las presenta directamente como una “alternativa” al Ozempic, aunque se trata de productos y sustancias muy diferentes.
Muchas de las cápsulas que llegan al mercado uruguayo provienen de Brasil. Pero detrás de esa etiqueta de producto “natural” hay una pregunta bastante más sencilla -y mucho más importante-: ¿qué es realmente la berberina y cuánto de todo lo que promete está respaldado por la ciencia?
El doctor Leonardo Sande, especialista en Medicina Intensiva, diplomado en Obesidad y con formación en trastornos de la alimentación, explica que la berberina es un compuesto de origen vegetal que se encuentra en las raíces y la corteza de distintas especies. Entre ellas, menciona el agracejo, el sello de oro, la mahonia y el felodendro, plantas que no son nativas de Uruguay ni de la región: algunas son originarias de Eurasia y el norte de África, otras de Norteamérica y del este de Asia.
La comparación con Ozempic aparece una y otra vez, pero para Sande la similitud termina prácticamente en el objetivo que persiguen quienes los consumen: bajar de peso. “No tiene nada que ver” con los medicamentos aprobados para tratar la obesidad, sostiene.
Ozempic fue desarrollado para tratar la diabetes tipo 2, pero su efecto sobre el peso hizo que rápidamente se convirtiera también en un fenómeno para quienes buscan adelgazar. La semaglutida, su principio activo, fue luego aprobada específicamente para el tratamiento de la obesidad bajo la marca Wegovy.
Donde sí encuentra una posible -aunque muy indirecta- similitud es con la metformina, un medicamento utilizado, entre otras cosas, para tratar la diabetes tipo 2. Sande explica que la berberina puede actuar sobre la sensibilidad a la insulina y favorecer que las células absorban glucosa, lo que contribuye a reducir la glucemia y la resistencia a la insulina. A partir de esos efectos sobre el metabolismo, plantea, podría existir algún impacto sobre el peso.
Pero el propio médico pone un límite a esa comparación. “Es muy agarrado de los pelos”, admite. Y, sobre todo, advierte que no existen estudios suficientes que permitan asegurar que la berberina produzca un efecto concreto sobre el descenso de peso.
La diferencia, para Sande, vuelve a estar en la evidencia: una cosa es conocer un mecanismo por el que una sustancia podría actuar sobre el organismo y otra muy distinta es demostrar, mediante estudios clínicos, que ese mecanismo se traduce efectivamente en una pérdida de peso significativa y segura.
Hay, además, otra cuestión: los efectos adversos. Los principales en el caso de la berbelina son gastrointestinales: diarrea, estreñimiento, náuseas y dolor abdominal. También puede aparecer pérdida del apetito. Y el médico plantea especial cautela en personas con enfermedades hepáticas o renales, porque en el caso de estos productos no siempre se conoce con precisión qué concentración de sustancia está consumiendo la persona ni cómo será metabolizada.
Pero la berberina no es la única pastilla “mágica” que se vende en el mercado.
Del efecto en laboratorio a las pruebas en humanos
La berberina cuenta con algunos estudios en seres humanos, pero la evidencia disponible todavía no alcanza para demostrar que sea eficaz para adelgazar.
Los estudios de laboratorio pueden mostrar posibles efectos sobre determinadas células o procesos, pero no permiten trasladar automáticamente esos resultados a las personas. Aunque existen ensayos clínicos, no tienen el tamaño ni la solidez suficientes para respaldar un efecto significativo sobre la pérdida de peso.
La berberina puede actuar sobre la glucemia y la sensibilidad a la insulina, mecanismos que podrían influir en el peso. Pero afirmar, a partir de eso, que sirve para adelgazar es un salto que la evidencia todavía no permite dar.
Una caja de pandora
En las consultas de los psiquiatras es cada vez más habitual que una persona llegue con una lista de medicamentos, pero también con productos que compró por su cuenta para dormir, bajar la ansiedad, adelgazar o sentirse mejor. Gotas, cápsulas, suplementos y otras sustancias que suelen presentarse como “naturales” pueden formar parte de la vida cotidiana del paciente sin que el médico conozca exactamente qué contienen.
Con todas las pastillas y gotas “naturales”, los médicos se cuestionan siempre lo mismo: ¿cómo saber realmente que ese remedio casero tiene lo que su etiqueta dice que tiene? Para Sande, una de las principales dificultades está en la enorme cantidad de productos que circulan por internet y las redes sociales por fuera de los mecanismos habituales de control. “Comprar medicamentos que no están regulados por el Ministerio de Salud Pública es un acto de confianza”, resume. “Es decir, le creo al señor que me vendió por Instagram”.
No significa, aclara, que todo producto natural sea inútil o peligroso. Su planteo es otro: que el hecho de que algo sea natural no garantiza ni su eficacia ni su seguridad. Sande sostiene que, en el caso de la mayoría de los suplementos naturales, el problema no es que sean dañinos, sino que muchas veces no existe evidencia suficiente para afirmar que aporten algún beneficio. “La inmensa mayoría de los suplementos naturales, a dosis bastante bajas, no hace ni bien ni mal”, afirma. Pero enseguida señala otro problema: “Nadie te puede asegurar ni las concentraciones que tiene”.
En esos casos, además, puede aparecer el efecto placebo: la persona empieza a tomar una pastilla y, al mismo tiempo, cambia sus hábitos, mejora su alimentación y comienza a hacer ejercicio. Si luego pierde peso o se siente mejor, resulta difícil saber cuánto de ese cambio puede atribuirse al suplemento natural.
Para el médico, esa falta de información puede convertir el consumo de algunos productos en una suerte de “caja de Pandora”. El consumidor puede conocer lo que aparece en la etiqueta o en la publicidad, pero no necesariamente lo que efectivamente contiene el producto.
Sande menciona como ejemplo las llamadas “BariCaps”, unas pastillas que, según explica, se comercializan por redes sociales e internet y que no cuentan con autorización del Ministerio de Salud Pública. “Ahora empezás a buscar y alguien te las vende por Instagram”, afirma. Según describe, suelen presentarse como preparados de compuestos naturales, con ingredientes como té verde y otras sustancias. El problema, sostiene, es que detrás de esa presentación pueden existir componentes que no aparecen declarados. “Estamos seguros de que lo que tienen muchas de ellas son anfetaminas, por los efectos”, afirma. Según relata, ha visto pacientes que llegan a las emergencias con taquicardia y también personas internadas por arritmias después de consumirlas. La psiquiatra Ximena Ribas coincide en señalar ese como uno de los principales problemas: cuando no se conoce con precisión qué contiene un producto, tampoco es posible saber cómo puede interactuar con otros medicamentos que toma el paciente.
“Yo me manejo con la evidencia científica”, sostiene Ribas. Explica que para que un medicamento sea aprobado para uso humano atraviesa un proceso de investigación que comienza en el laboratorio, continúa con estudios en animales y luego pasa por diferentes fases de investigación en personas. Por eso, cuando un paciente le consulta por un producto que no cuenta con evidencia suficiente, su respuesta no parte de la idea de que necesariamente sea inútil, sino de una limitación concreta: no puede garantizar su seguridad ni su eficacia.
Una “fórmula magistral” para adelgazar con anfetaminas
Una paciente tomaba una cápsula para adelgazar preparada como fórmula magistral. Cuando comenzó a sentirse acelerada y a tener dificultades para dormir, consultó a una psiquiatra, que le indicó averiguar qué contenía.
El análisis reveló una combinación de un antidepresivo, otro fármaco del mismo grupo, anfetaminas, hormona tiroidea y un diurético. La mezcla podía explicar el estado de la paciente: estaba sobreestimulada y recibía, además, hormona tiroidea sin una necesidad médica conocida.
Tratar los ataques de pánico
Valeria empezó a tomar gotas para la ansiedad en 2018, cuando se preparaba para su primer viaje en avión. Se trata de Pasiflora, una flor que se supone relaja la tensión muscular y calma los momentos de alta angustia o pánico. “Las compré por internet, me pareció mejor algo natural que un medicamento”, cuenta.
Pero cuando llegó el momento de enfrentarse al viaje, las gotas no le hicieron nada. Tuvo ataques de pánico durante el vuelo y también después. Fue entonces cuando su psicóloga le recomendó consultar con un psiquiatra, con quien comenzó un tratamiento para la ansiedad.
Ribas entiende que detrás de muchas de estas decisiones existe una suerte de “pensamiento mágico”: la expectativa de encontrar una sustancia que resuelva un problema complejo sin necesidad de atravesar un tratamiento. Pero hay una intervención no farmacológica cuya eficacia, señala, sí está claramente demostrada: la actividad física. “De manera natural, un tratamiento antidepresivo y también para el trastorno de ansiedad es la actividad física”, afirma.
El problema es que muchas veces las personas buscan una solución inmediata. “Hay una presión por la receta mágica”, sostiene. Una de las preocupaciones centrales es que un producto no declarado por el paciente puede interferir con la medicación indicada por el psiquiatra. Las interacciones pueden modificar la cantidad de un medicamento que permanece en el organismo o potenciar determinados efectos.
Existen interacciones farmacocinéticas, relacionadas con lo que el organismo hace con una droga: cómo la absorbe, la metaboliza y la elimina. Si dos sustancias utilizan las mismas vías de metabolización, una puede interferir con la otra. “Puede generarse una dosis en sangre que no es la habitual, sino mucho más alta, porque el hígado está ocupado metabolizando otras cosas”, señala.
También puede ocurrir lo contrario: que una sustancia disminuya el efecto esperado de un medicamento. Y hay otro escenario más sencillo de comprender: dos productos pueden producir efectos similares y, al combinarse, generar una sedación excesiva, mareos o incluso desmayos. La discusión sobre lo “natural” también se cruza con otro problema que Ribas identifica en la consulta psiquiátrica: el estigma que todavía existe alrededor de los psicofármacos.
En los cuadros depresivos o de ansiedad leves, explica, la psicoterapia, la actividad física y los antidepresivos pueden tener una eficacia comparable. Pero eso no significa que la medicación carezca de utilidad cuando está indicada.
“El problema es que hay un miedo a veces extremo a los psicofármacos”, plantea. Ese miedo, sostiene, puede terminar perjudicando a personas que sí necesitan tratamiento. Ribas compara el estigma con lo que sucede frente a otras enfermedades crónicas. “Cuando se trata de una enfermedad psiquiátrica, todavía aparece mucho el ‘poné voluntad’”, señala.
Y como para todo, no hay “soluciones mágicas que calmen síntomas, hay tratamientos que llevan un proceso”.