El peligro de creer todo lo que dicen las redes sobre alimentación: culpa al comer y desconexión del cuerpo

Lo que vemos, seguimos y elegimos nos condiciona profundamente, pero no nos damos cuenta; esta es la razón por la que ya no lográs escuchar a tu cuerpo frente a las pantallas.

Mujer mira el celular mientras cocina
Mujer mira el celular mientras cocina.
Foto: Freepik.

La tecnología, las redes sociales y los algoritmos moldean nuestras creencias sobre qué comer, cómo debe verse nuestro cuerpo y qué “hacemos mal”. Pero todo eso que nos “engancha” y nos mantiene durante horas en la pantalla no necesariamente es lo más saludable ni lo más realista.

Sin darnos cuenta, construimos creencias a partir de lo que vemos todos los días. Cuando nuestro feed está lleno de mensajes sobre dietas extremas, cuerpos irreales o alimentos catalogados como “buenos” y “malos”, nuestro cerebro empieza a tomar esa información como real y a crear reglas de acuerdo con eso, sin importar si es verdadero. Un dato: nuestro cerebro aprende por repetición y exposición.

Todo eso que miramos repetidamente se convierte en algo “familiar” y lo incorporamos a nuestras creencias como una referencia, con el riesgo de convertirlo en hábito. Esto responde a los circuitos de recompensa y a los procesos de aprendizaje automático del cerebro: no hace falta que alguien nos diga explícitamente qué hacer; muchas veces, alcanza con observar.

Persona saca fotos de su comida
Una persona saca fotos de su comida.
Foto: Freepik.

Es entonces cuando la tecnología empieza a moldear nuestras decisiones alimentarias. Personas que no tenían conflictos con su alimentación empiezan a sentir culpa al comer porque, en su feed, aparece constantemente que ciertos alimentos o hábitos son “malos”. En otros casos, comienzan a desconfiar de sus señales corporales porque creen que deberían tener hambre solo en ciertos horarios o que deberían sentir saciedad con una determinada cantidad que se indica en las redes.

El problema no es la tecnología en sí misma, sino la capacidad que tiene sobre nosotros si no ponemos un freno a los mensajes universales que se presentan como verdad absoluta. Cada cuerpo tiene necesidades distintas porque somos todos diferentes. El hambre y la saciedad son señales biológicas complejas que dependen del gasto energético, el descanso, el estrés, el ciclo hormonal, el movimiento y hasta el contexto emocional.

Sin embargo, cuando estamos expuestos constantemente a estímulos que nos dicen cuánto deberíamos comer, qué alimentos deberíamos evitar o qué cuerpo deberíamos tener, empezamos a desconectarnos de esas señales internas. Esto puede generar algo que se ve con frecuencia en el consultorio: personas que ya no saben si tienen hambre real o si están comiendo por ansiedad, porque tampoco diferencian si la conducta responde a una restricción previa o una serie de reglas aprendidas.

Cómo reconectar con nuestra hambre y saciedad real

La buena noticia es que la desconexión no es definitiva. Así como el cerebro aprende ciertos patrones, también puede reaprender otros. Y muchas veces no hace falta hacer cambios radicales, sino incorporar pequeñas prácticas cotidianas como revisar el contenido que consumimos o preguntarnos si lo que vemos nos genera información, comparación o culpa. No todo contenido sobre alimentación es dañino, pero sí es importante registrar cómo nos hace sentir. Y, si algo nos hace sentir mal, lo mejor es bloquearlo o indicar “no me interesa” para que el algoritmo no lo muestre.

Otra estrategia es volver a registrar señales corporales básicas. Por ejemplo, frenar unos segundos antes de comer y preguntarnos cómo está nuestro nivel de hambre; no para controlar la comida, sino para volver a escuchar al cuerpo. También es útil reducir la velocidad con la que comemos: la saciedad es una señal que tarda en aparecer porque involucra procesos hormonales y neurológicos. Comer muy rápido muchas veces hace que esa señal llegue cuando ya terminamos el plato.

Comer rápido
Hombre comiendo rápido.
Foto: Freepik.

Otro punto importante es que la flexibilidad alimentaria no es falta de disciplina. Por el contrario, es un indicador de adaptación saludable. Poder elegir alimentos nutritivos junto a los alimentos placenteros sin culpa (aunque no sean tan saludables) forma parte de una relación equilibrada con la comida, porque ésta también nos identifica con el placer, los recuerdos y la necesidad de compartir con otros.

Por último, es clave recordar que las redes muestran fragmentos editados de la realidad y se olvidan de indicar la historia completa de las personas, sus contextos y sus necesidades individuales. Compararnos con ellas suele generar mucha frustración al intentar perseguir estándares que son imposibles de sostener.

Volver a conectar con el hambre y la saciedad no significa comer “perfecto”. Significa recuperar la confianza en el propio cuerpo. Y eso, en un mundo lleno de estímulos externos que opinan sobre cómo deberíamos vernos y alimentarnos, es fundamental. La tecnología puede influir en nuestras decisiones, pero no tiene por qué dirigirlas. Aprender a consumir contenido con criterio y volver a escuchar al cuerpo son herramientas simples que pueden marcar una gran diferencia en la manera en que nos relacionamos con la comida y con nosotros mismos.

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