En el amplio abanico de posibilidades que tiene hoy Diego Aguirre para armar el 11 de Peñarol, parece haber encontrado una fórmula táctica poco convencional, pero capaz de ofrecerle varias de las respuestas que buscó desde el comienzo de la temporada. Un sistema que mantiene una de las principales características de los equipos de la Fiera —la solidez defensiva, esta vez con una línea de tres zagueros y dos carrileros—, pero que encuentra su diferencial en dos futbolistas que le aportan dinámica y fluidez al equipo: Leonel Jaime y Leandro Umpiérrez.
El doble enganche que conforman se convirtió en una de las claves del funcionamiento aurinegro. Ambos tienen participación en la presión, colaboran en la recuperación, se desmarcan para recibir entre líneas y además tienen la capacidad para finalizar las jugadas que muchas veces ellos mismos generan, sea asistiendo o definiendo. Una combinación de sacrificio para marcar, movilidad para ofrecerse como opción de pase y calidad para acelerar los ataques del Carbonero.
El primer gol a Cerro lo gesta el doble enganche
El primer gol de Peñarol ante Cerro, el sábado en el Estadio Luis Tróccoli, resume a la perfección ese trabajo multifacético y explica por qué ambos se volvieron piezas importantes para que el Manya pueda imponer condiciones ante sus rivales, una faceta que le costó durante todo el año. Al menos en los tres partidos posteriores al clásico, cuando jugaron juntos para desplazar a un doble-nueve que no resultó tan letal como el entrenador pretendía.
Iban 14 minutos de juego en la Villa del Cerro cuando el jugador albiceleste Emiliano Rodríguez roba una pelota en el círculo central, tras un mal pase de Umpiérrez que queda corto, y arranca en conducción hacia el área de Peñarol. Detrás suyo apareció rápidamente un jugador aurinegro, pisándole los talones y empecinando a correrlo hasta recuperar la pelota. Era Jaime, que en otra muestra de su compromiso con la marca lo alcanzó sobre el vértice del área de Peñarol y logró robarle la pelota.
El argentino tocó rápido para Umpiérrez, que inmediatamente se desmarcó para volver a recibir y metió un pase soberbio de tres dedos para que Javier Cabrera picara en velocidad por la banda derecha. De primera, el Cangrejo cambió de frente y encontró a Matías Arezo, que controló con calidad y definió de zurda para el 1-0 parcial.
Los flashes quedaron con el goleador y el asistidor, pero la jugada se gestó varios metros antes, en los pies del mencionado doble enganche. En un terreno hostil como es siempre el estadio de Cerro —sin hinchas visitantes, con el pasto alto y seco, y baches de arena desperdigados por toda la cancha—, Jaime y Umpiérrez combinaron potrero y campito para transformar con tres toques una situación desfavorable en un contragolpe vertiginoso, que desarmó todas las líneas de presión del equipo villero y que luego terminó en gol por la jerarquía de sus compañeros de ofensiva.
Cuándo apareció el doble enganche por primera vez
El doble enganche apareció por primera vez en el partido contra Danubio, que terminó en goleada 4-0 a domicilio en Jardines del Hipódromo. La Fiera detectó que en el clásico —único partido que perdió en lo que va del semestre— el mediocampo quedó muy lejos de los delanteros y, con Jaime rodeado por varios hombres, nunca le llegó la pelota limpia al doble nueve que formaron Arezo y Abel Hernández. El equipo fue superado numéricamente en la zona de volantes, no generó peligro y, pese a la solidez que podía garantizar la línea de tres defensas centrales en el fondo, terminó perdiendo por un gol de taco de pelota quieta.
Aguirre se vio obligado a meter mano en el equipo y encontró en Umpiérrez la alternativa que solucionaba un montón de falencias. El mediapunta de 22 años le aportó más sacrificio y dinámica que Abel, y demostró entenderse a la perfección con Jaime para alternarse y cubrir entre ambos todos los espacios del frente de ataque mirasol.
Los números no mienten, si bien los tres rivales que enfrentó Peñarol luego del clásico quizás no son la mejor vara para medir a un equipo que pretende salir campeón uruguayo. Pero con ese sistema 3-4-2-1, los carboneros golearon 4-0 a Danubio, le ganaron sin despeinarse a Albion por 3-1, y derrotaron a Cerro (2-1) en la siempre difícil visita al Tróccoli.
Las estadísticas de Jaime y Umpiérrez
En el plano individual, Umpiérrez lleva dos goles y una asistencia en esos tres partidos y Leonel Jaime lo mismo: dos goles y una asistencia. Pero más allá de su incidencia directa en el arco de enfrente, donde hay otros jugadores capaces de marcar, su más valioso aporte es en las transiciones del equipo. Y esa puede reflejarlo también en una estadística un poco más rebuscada: según datos de Sofascore, el joven argentino recupera en promedio 6,6 pelotas por partido en la Liga AUF Uruguaya. Por otro lado, Umpiérrez recupera 4,4, pero tiene muchos más partidos en la liga local que los 10 que lleva Jaime.
Más allá de los números y de la producción ofensiva, Jaime y Umpiérrez parecen haber encontrado en ese doble enganche un lugar desde el que pueden explotar mejor sus virtudes y, al mismo tiempo, potenciar el funcionamiento colectivo.
Aguirre encontró una fórmula que le permite sostener la solidez defensiva que pretende sin resignar presencia ni dinámica en ataque, y que además le da a Peñarol dos futbolistas capaces de recorrer el campo, presionar, recuperar, asociarse y acelerar las transiciones. Si los dos mantienen este nivel, aquella variante que surgió como una respuesta después del clásico puede terminar consolidándose como una de las principales soluciones del equipo para lo que viene.