El debut de Boston River en la Copa Sudamericana 2026 difícilmente pueda ser contado solo desde lo futbolístico. Lo que se vivió en el Estadio Centenario fue mucho más que un partido: fue una noche atípica, marcada por un temporal que convirtió el espectáculo en una verdadera anecdota para los allí presentes.
Bajo una alerta naranja en Montevideo, lo que en un principio parecía una típica noche de otoño, con lluvia y algo de viento, fue mutando con el correr de las horas en un escenario cada vez más hostil. A medida que se acercaba el inicio del encuentro ante San Pablo, el clima se volvía protagonista.
El Centenario lucía prácticamente vacío. Apenas un grupo de hinchas y allegados del “Sastre” y unos 150 brasileños que llegaron con ilusión, sin imaginar que serían testigos de una noche fuera de todo parámetro habitual.
Las primeras señales de que no sería un partido normal aparecieron incluso antes del arranque. A falta de media hora, no había jugadores en el campo de juego realizando la entrada en calor. Tanto Boston River como San Pablo hicieron los movimientos precompetitivos bajo techo, resguardándose de la lluvia y, sobre todo, del viento. Ni siquiera el equipo arbitral argentino pisó el césped en la previa para evitar deteriorarlo aún más.
Devido à chuva em Montevidéu, o aquecimento das equipes foi realizado na parte interna do estádio Centenário.#VamosSãoPaulo 🇾🇪
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Desde el ingreso de los equipos, el clima ya condicionaba todo: no se pudo sostener el tradicional cartel de la Copa Sudamericana, ni tampoco colocar la insignia del torneo para la foto oficial. El responsable era uno solo: el viento, que soplaba con una intensidad poco habitual y que no daría tregua en toda la noche.
Ya con la pelota en movimiento, quedó claro que el partido no se iba a desarrollar en condiciones normales. El balón cambiaba de dirección constantemente y los futbolistas debían adaptarse a un rival invisible pero determinante. Más que los propios equipos, era el viento el que marcaba cómo se jugaba.
Las situaciones insólitas comenzaron a acumularse. En el primer tiempo, las pelotas ubicadas en conos alrededor del campo, según el reglamento de Conmebol, se desprendían y se metían en la cancha. Allí apareció la figura del cuarto árbitro, Nazareno Arasa, que pasó gran parte de la noche corriendo detrás de los balones para retirarlos.
HASTA EL VIENTO JUEGA SU PARTIDO EN EL CENTENARIO 😅
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TREMENDO momento se vivió en el duelo entre Boston River y Sao Paulo por la CONMEBOL #SudamericanaEnDSPORTS pic.twitter.com/Rv41vrrEFO
Pero lo más impactante llegaría en el entretiempo. En los pasillos del Centenario comenzó a circular la posibilidad de una suspensión. No era para menos: la cabina del VAR se cayó producto del viento. Intentaron levantarla, pero volvió a caer, por lo que optaron por dejarla recostada en el piso y utilizarla solo en caso de ser necesario, levantándola a pulso entre varios colaboradores.
Como si fuera poco, los protectores de la cámara a ras del campo también salieron volando, obligando a transmitir el segundo tiempo sin esa cobertura. El banco de suplentes de San Pablo directamente se dio vuelta por la fuerza de una ráfaga y necesitó de varias personas para ser colocado nuevamente en su posición.
La situación también generó preocupación en las tribunas: partes de las estructuras en los taludes de las Ámsterdam y Colombes cedieron ante el viento, sumando un elemento más a una noche ya cargada de episodios fuera de lo común.
Durante el transcurso del encuentro, debido a las grandes rachas de viento, también se cayó una letra que forma la palabra "Estadio", un elemento de chapa contundente que de manera fortuita fue solo un susto para los presentes en la zona de prensa en la Tribuna América.
El clima nunca aflojó. Ni el viento ni la lluvia dieron respiro en ningún momento. La sensación general era clara: si no se trataba de un torneo Conmebol, difícilmente el partido hubiese continuado. Las condiciones eran, directamente, inhóspitas.
En ese contexto, lo que ocurrió dentro del campo de juego pasó a un segundo plano. El resultado, las jugadas y el desarrollo quedaron eclipsados por un entorno que transformó el encuentro en una experiencia única.
Y en medio de todo ese caos, hubo un detalle que también definió la noche: los cerca de 150 hinchas de San Pablo que, pese a la tormenta, no dejaron de cantar ni un segundo. Bajo la lluvia y el viento, sostuvieron su único estandarte durante todo el partido y acompañaron con bombos y canciones, como si nada de lo que ocurría alrededor pudiera detenerlos.
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