Las derrotas que encadena Rusia en su política exterior

El fracaso del candidato afín a Putin en Armenia se suma a otros reveses.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, llega a una reunión con el primer ministro de Laos al margen de la cumbre Rusia-ASEAN, que conmemora 35 años de colaboración entre Rusia y los países de la ASEAN, en la ciudad de Kazán, en el centro de Rusia, a unos 700 kilómetros (435 millas) al este de la capital, Moscú, el 18 de junio de 2026.
Putin. El presidente ruso libró una guerra que marcará su legado.
Foto: AFP fotos

Algunos antiguos empleados del cuerpo diplomático ruso aún recuerdan cómo su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, “era el mejor”, el espejo en el que se miraban todos. El jefe de la diplomacia rusa desde 2004 era considerado el arquitecto de una red de coaliciones que había devuelto a Moscú a la primera línea internacional, aunque realmente siempre fue la diplomacia la que se adaptaba a las acciones de Vladímir Putin. Y todo se derrumbó el 24 de febrero de 2022, el día en el que el presidente ruso ordenó la ofensiva total sobre Ucrania.

La invasión del país vecino y la paralela estrategia de las amenazas con otros territorios de su zona tradicional de influencia -cortar el gas si no gobierna quien quiere Moscú- han impulsado el rechazo hacia Rusia en el interior de países que fueron socios históricos. El último ejemplo es el de Armenia, exrepública soviética en la que acaba de ganar las elecciones el candidato europeísta, derrotando al prorruso.

Y Putin, atrapado en la guerra que marcará su legado, ve cómo Estados Unidos y China explotan su debilidad. Donald Trump derroca (al venezolano Nicolás Maduro) o mata (al líder supremo iraní Ali Jameneí) a mandatarios apoyados por el Kremlin; y el líder chino, Xi Jinping, logra cada día nuevas concesiones a cambio de sostener la maltrecha economía rusa. Hoy son un petróleo y gas baratos, mañana pueden ser la explotación del Ártico o que Rusia se vea obligada a abandonar a antiguos socios para satisfacer a Pekín.

Rusia encadena un golpe tras otro en su política exterior. El primer ministro armenio, Nikol Pashinián, ganó claramente las elecciones del pasado 7 de junio y confirmó la apertura a Estados Unidos y Europa del país que supone la puerta rusa al Cáucaso sur. Dentro de la Unión Europea el Kremlin perdió en abril a su aliado histórico, el húngaro Viktor Orbán, y con ello una baza clave para dividir al bloque y enredar en la ayuda a Ucrania.

Y, en lo que Putin considera parte de su patio trasero, Moldavia, la población dio un rotundo respaldo al partido proeuropeo frente a las amenazas rusas en los comicios de septiembre de 2025.

La única buena noticia diplomática de los últimos tiempos la tuvo Moscú en Bulgaria, donde cuenta con la complicidad de un euroescéptico, el excomandante Rumen Radev, ganador de las elecciones del 19 de abril.

Pero la mayor decepción para Putin es que tras más de un año de negociaciones con Donald Trump no ha logrado convencerle para que EE.UU. y Rusia se dividan el mundo en esferas de influencia. Washington no le ha entregado Ucrania en bandeja, y además se ha metido de lleno en territorio de sus aliados: además de los golpes en Venezuela e Irán, en Siria, histórica base rusa en Medio Oriente, gobierna ahora un yihadista apoyado por Washington, Ahmed al-Charaa. Mientras, el exdictador sirio Bashar el Asad y el expresidente ucranio Victor Yanukóvich permanecen en el exilio en Moscú.

Y China, la gran socia estratégica de Rusia -que no aliada-, observa cómo la balanza de poder dentro de su binomio se inclina aceleradamente a su favor, al tiempo que Moscú se debilita.

Según un estudio del Instituto Gaidar, Rusia le ha hecho a China en la compra de petróleo un descuento de unos 12.000 millones de dólares en estos cuatro años de guerra en Ucrania. Mientras, Pekín suministra a Moscú el 62% de los bienes bajo sanciones que adquiere del exterior y un 44% del resto de importaciones, según los datos recabados por el Instituto de Economía Mundial de Kiel (IfW).

Drones

Ucrania ataca la península de Crimea

Al menos cuatro personas murieron ayer domingo y cerca de una treintena resultaron heridas en un ataque ucraniano con drones contra la anexionada península de Crimea, informaron las autoridades locales. “Lamentablemente, hay víctimas entre la población civil. Según la información de la que disponemos en estos momentos, cuatro personas han muerto y 28 han resultado heridas”, escribió Serguéi Axiónov, líder crimeo, en las redes sociales. El ataque obligó a las autoridades a suspender el transporte marítimo en el estrecho de Kerch y también la circulación de coches y trenes por el puente de Crimea.

En tanto, fuentes ucranianas también informaron de ataques contra el puerto ruso de Kavkaz, situado al otro del estrecho, y también una guarnición militar. La prensa local apunta que Ucrania está consiguiendo torpedear la temporada de veraneo en Crimea, que, por ese motivo, podría perder varios millones de turistas. EFE

El problema para Moscú es que Pekín se ha situado en una posición en la que puede explotar cuando quiera esta debilidad rusa. Ni siquiera la crisis energética desatada por Estados Unidos e Israel al bombardear Irán empujó a Xi Jinping a aprobar la construcción del gasoducto Poder de Siberia 2 que tanto desea Rusia. Pekín tiene más socios poderosos a su disposición; Moscú, enfrentada con Occidente, no.

Mientras Putin piensa en su guerra de hoy, Xi observa el tablero a largo plazo. Una casilla es el conflicto desatado el año pasado entre India y Pakistán por el control de Cachemira, donde Rusia era el principal proveedor de armas de Nueva Delhi mientras que Pekín y Pakistán son “socios estratégicos bajo cualquier circunstancia”.

Con un Kremlin vasallo, Pekín podría debilitar a su gran rival en Asia: la India. Otra casilla es el deshielo del Ártico, un territorio al que China quiere acceder a través de Rusia a nuevas rutas y recursos naturales.

O más inquietante para Rusia: el Ministerio de Recursos Naturales chino actualizó sus mapas en 2023 reescribiendo la entrega al Imperio Ruso de parte de su territorio en el siglo XIX.

El Consejo de Estado chino ordenó que los nuevos mapas deben trazar “las fronteras históricas”, y varias ciudades rusas volvieron a ser renombradas en esos mapas con sus antiguos nombres chinos.

Así, Vladivostok pasaba a ser Haishenwai, y Jabárovsk era Boli. Dos años después, en 2025, un supuesto informe del Servicio de Seguridad Federal ruso (FSB) filtrado a The New York Times confirmaba las sospechas de los servicios secretos sobre el renovado interés de Pekín por sus territorios. Los espías rusos llaman a los chinos “el enemigo”.

Armenia

Declive de la “OTAN rusa” post soviética

Rusia presiona a Armenia después de haber mirado a otro lado en el conflicto de Nagorno Karabaj, el enclave históricamente reclamado por Armenia y por Azerbaiyán que finalmente la primera entregó a la segunda en 2025. Aquella debacle cambió el equilibrio geopolítico del Cáucaso irreversiblemente.

El conflicto por Nagorno Karabaj demostró la debilidad de la alianza militar entre los países de la antigua URSS. “Una Rusia que no puede impedir la limpieza étnica de Nagorno-Karabaj no le sirve de nada a Armenia como socio de seguridad”, añade Hacopian.

“La OTSC (una especie de OTAN del espacio postsoviético, liderada por Rusia) está evolucionando, pero a un ritmo lento, porque Rusia y Bielorrusia también dirigen recursos al teatro europeo.

Un abandono oficial de Armenia dañaría su imagen, pero Rusia se está preparando para un escenario de ese tipo”, apunta por su parte Cenusa.

El régimen bielorruso, salvado por Putin de las protestas masivas de 2020, es ahora el principal aliado de Rusia en Europa, pero su presidente, el veterano Alexandr Lukashenko, también sabe jugar a este juego. Por un lado acoge las armas nucleares de Putin, y por otro aprovecha el regreso de Trump al poder en Estados Unidos para fortalecer sus lazos con Washington a cambio de hacer negocios y liberar a presos políticos.

El debilitamiento ruso también alcanza al corazón de Asia Central. Tras tomar nota de lo que le pasó en 2022 a Ucrania, su gran socia en la región, Kazajistán firmó en 2025 sendos tratados de asociación y cooperación mejorada con la UE, y de asociación estratégica integral permanente con China. Pekín se ha convertido de hecho en el mayor inversor del país, según el Banco de Desarrollo Euroasiático.

La gran incógnita ahora es qué pasará con Irán y Trump tras la firma del acuerdo para poner fin a la guerra. Moscú no ha logrado imponerse como mediador en el conflicto.

Javier G. Cuesta / El País de Madrid

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