Uno de los primeros beneficiarios del ataque a gran escala de Estados Unidos e Israel contra Irán ha sido el presidente ruso, Vladimir Putin. Su gobierno se beneficia del aumento de los precios del petróleo y el gas, lo que podría aliviar los problemas económicos de Rusia. Está haciendo alarde del peso geopolítico del país como proveedor de energía alternativa. Y podría salir ganando en su propio campo de batalla si el conflicto en Medio Oriente afecta el suministro de defensas aéreas de fabricación estadounidense a Ucrania.
Pero Putin también está lidiando con la llegada de un nuevo mundo de poder estadounidense desenfrenado bajo el presidente Donald Trump, que está poniendo a prueba la influencia global de Rusia y destrozando el manual de estrategias de Moscú para establecer alianzas en el exterior.
Durante años, Putin apoyó a los gobiernos autoritarios antiestadounidenses de Irán, Venezuela y Cuba, sin preocuparse demasiado de que Washington usara su abrumador poder militar para matar, capturar o expulsar a sus líderes. Esto ha cambiado ahora, ya que Trump ha demostrado su disposición a ignorar las normas internacionales y a embarcarse en aventuras internacionales, explotando al máximo el poderío de Washington.
Aunque Irán acudió en ayuda de Rusia con drones cruciales al inicio de la invasión de Ucrania por parte de Putin hace cuatro años, Rusia se ha mantenido al margen mientras Estados Unidos e Israel han atacado duramente a los líderes y al ejército iraní. Moscú ha emitido poco más que declaraciones condenatorias que, en gran medida, evitan mencionar a Trump.
“Esto muestra los límites de la pregunta: ‘¿Qué significa ser socio de Rusia?’”, dijo Angela Stent, experta en Rusia y profesora emérita de la Universidad de Georgetown. Stent añadió que el caso de Irán era particularmente grave dado el papel crucial de Teherán en la ayuda a Moscú en Ucrania.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, se negó el viernes a revelar cómo Moscú estaba ayudando a Irán en su momento de necesidad. Un día antes, declaró: “La guerra que está en marcha no es nuestra guerra”.
Las acciones de Washington contra líderes amigos de Rusia han ocurrido a un ritmo vertiginoso. Los últimos dos meses han traído consigo el asesinato por parte de Estados Unidos e Israel del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei; la captura por parte de Estados Unidos del venezolano Nicolás Maduro; y un bloqueo económico estadounidense destinado a derrocar al cubano, Miguel Díaz-Canel. En todos los casos, Rusia ha ofrecido poca ayuda visible.
Un presidente estadounidense que persigue a jefes de Estado extranjeros en sus casas y oficinas, sin control del Congreso, también ha cambiado el guión de Putin, quien ha hecho de su apetito por el riesgo, su disposición a usar la fuerza y su imprevisibilidad elementos centrales de su poder coercitivo en el mundo.
“Ahora ya no es el tipo más malo de la ciudad”, dijo Bobo Lo, analista ruso y ex diplomático australiano en Moscú. “Ya no puede infundir miedo como esperaba. Trump ha asumido esa responsabilidad”, dijo Lo. “Y por eso Putin parece, en cierto modo, un poco patético”.
La realidad es que no hay mucho que Rusia, ya atada en Ucrania, podría haber hecho para proteger a Irán, salvo declarar la guerra a Estados Unidos o Israel, dijo Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie Rusia Eurasia, un instituto de investigación en Berlín.
Gas ruso a mercados fuera de Europa
Rusia redirigirá parte de su gas natural licuado (GNL) que ahora va a Europa a otros mercados alternativos, anunció ayer viernes el viceprimer ministro ruso, Alexandr Nóvak. “Se decidió que una parte de los volúmenes de GNL que actualmente se suministran a Europa se redirigirán a otros mercados, que están construyendo relaciones constructivas y pragmáticas con nuestro país”, dijo Nóvak, citado por la agencia Interfax. Mencionó a la India, Tailandia, Filipinas y China. Nóvak afirmó que las compañías rusas no esperarán a la imposición de “más restricciones de parte de Europa” y procederán a firmar contratos a largo plazo con otros destinos. El presidente ruso, Vladímir Putin, declaró hace dos días que Rusia se plantea cesar los suministros de gas a Europa antes de que la UE renuncie definitivamente a los hidrocarburos rusos. EFE
Irán ya estaba debilitado por una crisis económica y política, telón de fondo de los fracasos que permitieron a Estados Unidos e Israel matar a Jamenei en las primeras horas del conflicto. “Dada la penetración de inteligencia en Irán que fue revelada, había muy poco que Rusia, incluso en conjunto con China, pudiera haber hecho para deshacerlo”.
Pero aunque Putin se esté conteniendo ahora, puede jugar a largo plazo. Trump ha dejado claro que no pretende necesariamente derrocar a las élites prorrusas en los países donde ha intervenido ni dedicarse a la “construcción de la democracia”. Esto deja abierta la posibilidad de que Putin mantenga vínculos con ellas.
Rusia también ha visto que los impulsos de Trump en materia de política exterior pueden tener consecuencias recíprocas.
Trump ha reafirmado el poder estadounidense en naciones que Putin considera su patio trasero, incluso al recibir a líderes de Asia Central y negociar un acuerdo de paz entre Azerbaiyán y Armenia. Pero en otros casos, las acciones de Trump han beneficiado al Kremlin más allá de sus expectativas.
El enfrentamiento público de Trump en la Oficina Oval con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski el año pasado entusiasmó a Moscú. También lo hizo el desmantelamiento de USAID por parte de Trump, a la que el Kremlin consideró durante mucho tiempo una herramienta estadounidense para la intromisión extranjera, y los ataques del presidente estadounidense contra Radio Free Europe/Radio Liberty. Y las amenazas de Trump este año de arrebatarle Groenlandia a Dinamarca amenazaron con romper la OTAN desde dentro, impulsando el objetivo de larga data de Putin de destruir la alianza militar occidental.
Putin ha estado absteniéndose de hacer críticas públicas a Trump mientras el líder ruso intenta asegurar lo que para él es más importante: el resultado que desea en Ucrania.
En una entrevista con Politico el jueves, Trump volvió a señalar a Zelenski, no a Putin, como el obstáculo para la paz.
Paul Sonne / The New York Times