"Madre, estoy nominada a siete Grammys”. Liniker lloró mientras grababa el video que después compartiría en sus redes, con la voz temblando entre la incredulidad y la alegría. Su madre también contestó emocionada. Ese llanto compartido tenía más de una causa: era la emoción de quien vio a su hija crecer en Araraquara, una ciudad del interior de São Paulo, enfrentando prejuicios, buscando un lugar en el mundo, y ahora la veía convertirse en una de las artistas más importantes de Brasil. Era también la emoción de saber que esa voz —negra, travesti y brasileña— había llegado una vez más al premio más importante de la música internacional.
En 2022, se convirtió en la primera mujer trans en ganar un Grammy Latino, por su disco Indigo Borboleta Anil, en la categoría Mejor Álbum de Música Popular Brasileña, disputando con artistas consagrados como Caetano Veloso, Ney Matogrosso y Marisa Monte. En el escenario de Las Vegas, con el premio en la mano, dijo: “Hoy algo histórico acontece en la historia de mi país. Es la primera vez que una artista transgénero gana un Grammy”. Fue un momento único para la música brasileña y latinoamericana. Pero detrás de ese triunfo había años de búsqueda, resistencia y creación.
Afirmarse artista
Liniker Barros nació en 1995 y fue criada por su madre en una familia humilde donde la música era el idioma cotidiano. A los 17 años se mudó a São Paulo para estudiar teatro. Y, ha contado, esa ciudad inmensa la puso frente a nuevas preguntas. Allí comenzó a construir su identidad artística y de género, a experimentar con el cuerpo y con la voz, a escribir canciones que hablaban de lo que muchas veces se calla. Pasó también por situaciones de escasez y violencia que la marcaron y le dieron un sentido aún más grandioso a las conquistas del presente.
“Fue la música que me hizo soñar, que me hizo resistir. Y es muy poderoso saber que cuando no se tiene qué comer, la esperanza nos pone en un lugar en el que puedo mirar mi historia y saber que eso quedó en el pasado y que hoy muevo sueños en otras personas”, contó con la voz quebrada en el programa Roda Viva.
El salto a la fama llegó en 2015 con el grupo Liniker e os Caramelows, un proyecto colectivo que mezclaba soul, MPB y una puesta escénica vibrante. El video de “Zero” —una canción íntima, sobre el amor y el deseo— se volvió viral y marcó el inicio de una nueva generación de artistas brasileños que hablaban abiertamente de identidad, amor y negritud.
En los shows, Liniker aparecía con vestidos largos, labios pintados y una energía magnética. Su presencia en el escenario desafiaba los moldes de género tradicionales. “No era solo una cuestión estética, era política: mostrarse como se es, cantar desde ese lugar”, diría más tarde.
Con los Caramelows lanzó dos discos aclamados por la crítica: Remonta (2016) y Goela Abaixo (2019). Ambos la llevaron a giras por Europa y América Latina, incluyendo presentaciones en importantes festivales internacionales, debutar en el Tiny Desk de la NPR y ser nominados al Grammy Latino.
Pero tras años de trabajo colectivo, Liniker sintió la necesidad de una etapa más introspectiva y personal.
Indigo Borboleta Anil, su primer álbum en solitario, nació de ese deseo. En el disco, Liniker explora nuevas sonoridades —del R&B al samba, pasando por la bossa, el reggae y el funk— y letras que hablan del amor, la fe, el cuerpo, la libertad.
“Fue un disco que hice para curarme del dolor, de la ansiedad, de la depresión, de crisis de pánico, de desamor y de culpa”, contó en la entrevista mencionada anteriormente.
La estética visual —vestidos fluidos, joyas, colores brillantes— acompañó esa búsqueda por un lenguaje propio, entre lo ancestral y lo contemporáneo.
Liniker también dirigió parte de sus videoclips, donde explora lo corporal y lo espiritual como formas de emancipación. Las canciones, que van desde la melancolía de “Baby 95” hasta la reivindicativa “Diz Quanto Custa”, revelan a una artista madura, que canta sin miedo de exponer su verdad. Su voz, potente y cálida, se convirtió en símbolo para una generación que busca reconocerse en los escenarios.
El reconocimiento internacional llegó pronto. En 2022, el Grammy Latino la consagró como la primera artista trans premiada. “Cuando subí al escenario, sentí el peso de una historia mucho más grande que la mía. Pensé en las personas trans que vinieron antes y que no pudieron estar ahí”, dijo.
Desde entonces, Liniker ha seguido cosechando elogios. En 2023 fue reconocida por la Academia Brasilera de Cultura, ocupando la silla número 51, que pertenecía a la legendaria Elza Soares. En mayo de este año fue condecorada con la Ordem do Mérito Cultural, una de las más altas distinciones del gobierno brasileño, otorgada a personalidades que contribuyen de forma relevante a la cultura nacional.
Nuevas conquistas
2025 parece ser su año. En setiembre alcanzó una cifra récord de nominaciones en los Grammy por su aclamado disco CAJU —que incluye excelentes canciones como la que da nombre al disco y “Me ajude a salvar os domingos”—, consolidando su lugar en la escena musical global.
En este álbum, que desafía los estándares comerciales con su duración de una hora y nueve minutos, Liniker aporta una textura especial al haberlo grabado íntegramente de forma analógica. Es un trabajo de historias íntimas, repleto de referencias a la música brasileña y con la participación de grandes artistas invitados: Lulu Santos, Pabllo Vittar, BaianaSystem, Amaro Freitas, Anavitória y Melly.
Su voz ya suena en películas, series y colaboraciones con artistas de distintos países. También debutó como actriz en la serie Manhãs de Setembro, de Prime Video, donde interpreta a Cassandra, una mujer trans que debe enfrentar su pasado y la crianza de un niño. El papel le valió una nominación a los GLAAD Media Awards en la categoría de Mejor Serie Dramática y también al Grande Prêmio do Cinema Brasileiro como Mejor Serie Brasilera de Ficción, además del reconocimiento de la crítica por su interpretación sensible y realista.
En Brasil, donde la comunidad trans enfrenta niveles alarmantes de violencia —es el país con más asesinatos de personas trans en el mundo—, su presencia tiene un peso que va más allá del arte. Liniker canta desde un lugar de ternura y dignidad, afirmando que existir también puede ser una forma de celebración.
“Crecí escuchando que ser como yo no era posible. Pero acá estoy. Cantando, viviendo, haciendo música. Eso ya es una victoria”, dijo recientemente en una entrevista televisiva.
Hoy, no solo representa una nueva voz en la música brasileña, sino también una forma distinta de mirar el mundo. Sus canciones invitan a la empatía, a la escucha, a derribar los muros entre lo que somos y lo que nos enseñaron a temer.
Y aunque su historia ha sido leída muchas veces desde lo simbólico —como emblema de una generación y de una lucha—, Liniker insiste en que lo que la define no es su identidad, sino su arte.
“Quiero que me reconozcan por la poesía que hago, por el arte que entrego al mundo. Ser quien soy atraviesa todo eso, pero no lo resume”, afirmó. Y, quizás ahí, en esa distinción, reside la verdadera fuerza de su voz: una artista que canta para existir, pero también para trascender.
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