Cada día, talleres de confección, fábricas y empresas de todo Uruguay generan retazos de tela que nunca llegarán a convertirse en nuevas prendas. Durante años, parte de ese material siguió un destino silencioso: permanecer guardado hasta que alguien decidiera descartarlo o enviarlo a un vertedero. No porque careciera de valor, sino porque nadie había encontrado la forma de ponerlo nuevamente en circulación.
¿Cómo accede un diseñador independiente, una cooperativa de costura o un estudiante de moda a esos excedentes? ¿Dónde se encuentran? Fue intentando responder esas preguntas que comenzó esta historia. Y quizás hizo falta la curiosidad de quien todavía no daba ciertas cosas por sentadas para advertir una ausencia que el propio sector había naturalizado.
Yuniet Morrel Quintero había dedicado buena parte de su vida al turismo. Llegó a Uruguay en 2023 con una licenciatura bajo el brazo, años de experiencia en hotelería y atención al cliente, y la certeza de que empezar de nuevo significaba dejar de mirar el currículum para concentrarse en lo que tenía delante.
Cuando decidió emigrar junto a su esposo, estudiaron distintos destinos de América Latina. Buscaban un país donde su hijo, que entonces tenía poco más de un año, pudiera crecer con acceso a salud, educación y cierta estabilidad. Brasil aparecía como una posibilidad, aunque el idioma terminó inclinando la balanza hacia el Sur.
La realidad, sin embargo, resultó más compleja que cualquier plan. Habían pensado cómo conseguir empleo. Habían calculado gastos, oportunidades y tiempos. Lo que no imaginaron fue la ausencia absoluta de una red de apoyo. No había abuelos, tíos ni amigos que pudieran quedarse unas horas con el niño mientras ellos trabajaban. Había, en cambio, una distancia de siete mil kilómetros con la familia que hasta entonces nunca había dejado de formar parte de la vida cotidiana. “Esa fue la parte más difícil”, recuerda en charla con Domingo.
Con el tiempo, ambos consiguieron trabajo. Su esposo, médico veterinario en Cuba, comenzó una nueva etapa profesional mientras iniciaba la carrera de psicología. Ella encontró una oportunidad en un taller de costura. No sabía entonces que aquel empleo terminaría cambiando el rumbo de su vida.
Entre las máquinas, las mesas de corte y los moldes había algo que llamaba poderosamente su atención: cada jornada dejaba detrás montones de retazos, pretinas, recortes y telas correspondientes a colecciones que ya no volverían a producirse. Eran materiales de buena calidad, perfectamente utilizables, pero que habían perdido valor dentro de la lógica de la fábrica.
Por entonces, Yuniet no imaginaba ningún proyecto. Su preocupación era otra, más urgente. La adaptación de su hijo al país exigió dar un paso al costado en el trabajo y con la liquidación compró una máquina de coser industrial usada.
No era la primera vez que ese objeto marcaba un cambio de rumbo en su vida. En Cuba, siendo adolescente, aprendió a coser. En una familia donde los recursos eran escasos, las telas nunca fueron un descarte, se confeccionaban acolchados con retazos de distintas prendas y se aprovechaba cada pedazo de tela. Mucho antes de que existiera el concepto de economía circular, aquella lógica ya formaba parte de su vida cotidiana
Estando en Uruguay, aprovechó aquel recorrido. Su antiguo lugar de trabajo comenzó a guardarle el excedente textil. Ella se lo llevaba a su casa y empezó a experimentar. Al principio confeccionó almohadones, delantales, manteles y pequeños objetos para el hogar. Cosía para su familia, para algunos vecinos y para amigos.
Cuando apareció una convocatoria para participar en la Expo Uruguay Sostenible, se inscribió casi por impulso. No quedó seleccionada, pero pocos días antes del evento recibió un llamado inesperado. “Se bajaron otros emprendedores y ahí me convocaron. Como no tenía muchos artículos, me pasé tres días casi sin dormir, tomando café y cosiendo”, rescata.
Aquella improvisación terminó convirtiéndose en un punto de inflexión. No tanto por las ventas —aunque vendió todo lo que llevó—, sino porque descubrió que existía un ecosistema entero pensando la sostenibilidad desde lugares muy distintos.
Conoció emprendimientos que reutilizaban materiales, organizaciones sociales que trabajaban con recuperación textil y referentes de la economía circular que llevaban años impulsando proyectos similares desde otros sectores. Empezó a asistir a capacitaciones, foros, encuentros y programas para emprendedores.
En ese recorrido empezó también a dimensionar la magnitud del problema: cada año, Uruguay genera un volumen de residuos textiles equivalente al de cuatro edificios de la Biblioteca Nacional. Gran parte de ese material termina incinerado o almacenado sin un destino claro, aun cuando una parte importante podría volver a incorporarse a circuitos productivos.
La pregunta es: ¿qué les estamos dejando a nuestras familias, a nuestros hijos, a quienes vienen después? La economía ya no puede seguir siendo lineal: tiene que ser circular.
Conectar para reciclar
Hasta entonces, Looper Life, su marca, era un emprendimiento de productos confeccionados a partir de descarte textil. Pero la pregunta que empezaba a ocuparle la cabeza iba en otra dirección. Si las casas de telas acumulaban rollos que ya no iban a comercializar, si las empresas renovaban uniformes periódicamente y si los talleres generaban excedentes todos los días, ¿por qué no existía un lugar donde toda esa información pudiera encontrarse?
Así nació la idea del primer Banco de Excedentes Textiles del Uruguay. Una red capaz de conectar a quienes generan esos materiales con quienes pueden convertirlos en nuevos productos. Empresas, diseñadores, cooperativas, estudiantes, organizaciones sociales y emprendimientos circulares formando parte de un mismo circuito.
“Ser sostenible es pensar en los recursos que ya tenemos. No en los que se están fabricando ni en los que llegan ahora mismo de China por el puerto. Necesitamos darles un buen uso para evitar que terminen en un vertedero. Porque la pregunta es: ¿qué les estamos dejando a nuestras familias, a nuestros hijos, a quienes vienen después? La economía ya no puede seguir siendo lineal: tiene que ser circular”, afirma y profundiza: “Cuando voy a presentarle el proyecto a una empresa, lo que les ofrezco es que, por el mismo costo que hoy destinan a enviar ese excedente a un vertedero, puedan transformarlo en nuevas oportunidades: para mujeres, para personas migrantes, para familias. Más que vender excedentes textiles, lo que vendo es conciencia sobre una realidad que tenemos encima y sobre una sensibilidad que hoy es necesaria”.
En la práctica, el funcionamiento comienza cuando la empresa entrega el excedente textil. Según lo acordado previamente en el contrato, se retiran los logos o elementos identificatorios y, a partir de ahí, el material se deriva. “Puede ir a una organización como UruVene, que acompaña a personas migrantes que llegan con muchas necesidades, o también puede destinarse a emprendedores para que lo reutilicen”, detalla.
En ese recorrido, Yuniet recibió uno de los reconocimientos que más la emocionan: el sello Uruguay Natural, que la distingue como embajadora de la marca país. Para alguien que llegó desde Cuba hace apenas tres años, con una valija, un hijo pequeño y la incertidumbre propia de cualquier migración, el reconocimiento tiene un significado que trasciende lo profesional, también habla del vínculo construido con el país que eligió para empezar de nuevo.
Cuando comenzó a desarrollar el primer Banco de Excedentes Textiles del Uruguay, Yuniet anotó una idea que, en ese momento, parecía tan ambiciosa como lejana: crear una semana de la moda sostenible en Uruguay. Ese proyecto terminó materializándose en junio pasado con la primera edición de la Montevideo Sustainable Fashion Week, un encuentro que reunió durante cuatro días a diseñadores, instituciones públicas, empresas, organizaciones y referentes nacionales e internacionales para reflexionar sobre el presente y el futuro de la industria.
La programación incluyó instancias de intercambio, espacios de networking, conferencias especializadas —los llamados Fashion Talks— y un desfile de cierre. Más que una sucesión de pasarelas, la propuesta buscó instalar una conversación sobre los desafíos ambientales y sociales que enfrenta una de las industrias con mayor impacto ambiental del mundo.
La iniciativa fue impulsada por Yuniet junto al diseñador Steven Vázquez, con quien trabajó durante meses en la articulación de apoyos públicos y privados. El evento obtuvo las declaraciones de interés del Ministerio de Educación y Cultura, el Ministerio de Ambiente y el Ministerio de Turismo, y contó con la participación de instituciones educativas, organizaciones sociales, diseñadores, modelos y decenas de voluntarios.
Aunque la moda fue el punto de partida, el objetivo fue demostrar que la economía circular no depende únicamente de reutilizar materiales, sino también de generar redes de colaboración entre quienes diseñan, producen, investigan y emprenden.
La primera edición dejó instalada una plataforma que aspira a repetirse en los próximos años y que busca posicionar a Uruguay como un referente regional en diseño responsable, innovación y economía circular.
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